Pregón de La Destila 1997

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 Por JESUS Mª PERERA  

 Con el gran amor que siempre he profesado por el barrio de La Destila, en recuerdo de señor Nicolás Umpiérrez y de maestro Pepe Martín, ya fallecidos; dedico a los señores: Benito Rodríguez. Agustín Martín. Ambrosio Cedrés, Gervasio Hernández, Antonio Márquez, Pedro Méndez, Margarita González, Luis Noda, Félix Rodríguez, Ángel Caraballo, Félix Batista y a todos los habitantes de La Destila.

Para un enclave que se asienta, linda y mira al mar, hay pocas alternativas claras y válidas para la subsistencia de sus pobladores. De ahí que el hombre de La Destila, nuestra «estila», buscara desde antaño su adentramiento en el mar, calabrote en mano, barloventeando siempre con la esperanza de superación, base del sacrificio y la abnegación de luchar por los suyos. Arranca aquí, la permanente actitud emprendedora de que hacen gala las gentes del barrio, como habiéndolo recibido de sus antepasados que supieron legar el profundo espíritu que siempre les mantuvo con el suficiente coraje y máxima gallardía para enfrentarse a las múlti­ples acciones de abatimiento que pasaron por los años de su existencia y, que justifican en sus herederos esa fija idea de hacer y trabajar por su barrio, por su ciudad.

La Destila, como otros barrios de Arrecife, ha sido núcleo receptor de la emigración del interior de la isla. Ha recibido familias de Puerto del Carmen -La Tiñosa-, Papagayo, La Graciosa y Playa Blanca preferentemente. El conglomerado humano, a pesar de las distintas procedencias, sigue unido porque ha habido siempre un algo común: La Destila. Los que han llegado y los que ya estaban, han sabido conjugar todos y cada uno de los problemas que se han ido presentando; todos unidos en el mismo afán, ese afán, ese tesón, continua mostrándose en la actualidad con una valentía tal, que ha hecho merecedor al barrio de ganarse el cariño y la simpatía de todos los lanzaroteños.

De otro lado, La Destila, ha sentido también la mordida del cemento, del progreso, del fenómeno turístico. Lo ha padecido en su propia carne, como consecuencia de la inmejora­ble situación del caserío originario, posado en el ala poniente de la blanca gaviota arreficeña. Empero para lo bueno y lo malo, estos genuinos pobladores, han sabido esperar a que el temporal causado por el progreso y el avance de los tiempos haya amainado, y así está en estos momentos: Presagiando un porvenir esperanzador para todas las generaciones.

Un exponente geográfico, medidor común, es por naturaleza la Playa del Reducto; escenario de la vida cotidiana del barrio, «punton» salpresado con sales atlánticas “calaporta­das» laboriosamente con la pesca chica A la madrugada y con brisa, al amanecer y con arrua­je: pesca de luz crepuscular. Con reboso la seva arriba y hace de muelle en atardeceres y jorna­das dominicales para navegar juvenilmente con artesanales «jolateros». ¡Oh playa del Reducto, tú has sido y serás ventanal perpetuo, en y por las rutas de los siglos! La estampa del recuerdo de los viejos marineros sentados a la orilla, con mirada fija al mar, a ese mar que trabajaron durante décadas y que ahora contemplan con nostalgia, se nos hace tan indeleble como inefa­ble De esa raíz profunda, fuertemente agarrada al pasado, brota la juventud que no quiere se­guir el camino de sus padres o antecesores, que no quiere salir al mar, sino que por contra han buscado otros senderos de mejora, y los que se han lanzado al mar lo izan hecho bajo el prisma de la especialización y capacitación náutica. Curioso es. Contraste significativo de definición clara y concreta.

Nace, pues, la fiesta como meta aparejada entre la diversión de sus gentes y el amasado costumbrismo que las mismas reflejan envolviendo al forastero, al paisano de otros lares, para contagiarles de cuerpo y alma con el tipismo de arraigo marinero que ellas brotan en todo momento como claro exponente de no querer, saber ni poder olvidar el pasado aceptando el presente y mirando el horizonte futuro y es que a pesar de los pocos años con que cuenta la fiesta, joven aún, es al mismo tiempo fiesta madura, de organización seria, con un amplio pro­grama confeccionado con entusiasmo por los jóvenes y mayores del barrio; señalando sin va­riaciones una fe ciega de superación y llevando siempre el firme deseo de exaltar, elevar y mostrar agradecimiento a los hombres que hayan merecido su reconocimiento, desde la modes­tia de viejos lobos de mar, al talento que regalarán apreciados profesionales de la enseñanza.

La Destila está en fiesta, jornada pues, de manifestaciones y actividades culturales, deportivas y recreativas engarzadas entre el arranque y la culminación, por la vibrante alegría de sus gentes y por todos los cultores de este singular barrio arrecifeño.

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