Pregón S. Fco. Javier 1996

volverPor MARIO PÉREZ

Fuente: LA VOZ – 3 Diciembre 1996)mario perez

Haciendo acopio del viejo refranero castellano, que como viejo es igualmente sabio, he de citar aquel que dice «de bien nacidos es ser agradecidos». Sean, por tanto, estas primeras palabras para manifestar mi gratitud al barrio de San Francisco Javier por haberme invitado a ser partícipe de una manera directa en sus fiestas patronales.

Ofrenda que me llena de orgullo y satisfacción por el cariño y respeto que siento hacia este popular barrio de la ciudad de Arrecife y a la advocación de su patrón, San Francisco Javier. Un humilde navarro que vivió en el s.XVI y que murió con tan solo 46 años de edad, después de dejar unas imborrables huellas de solidaridad en el Extremo Oriente de nuestro planeta, donde hoy todavía se le recuerda como el Santo que gritó: «Basta, basta y basta».

Fruto de su trabajo por los demás y de su entrega hacia el prójimo, en la actualidad, el día de su muerte, el 3 de diciembre, es recordado en todo el mundo como el día de la vocación misionera. Sirva esta pequeña introducción al pregón de las fiestas de San Francisco Javier para recordar desde la distancia el repudiable asesinato este mes de los cuatro hermanos maristas en el Zaire donde desarrollaban su extraordinaria y mal pagada labor humanitaria.

Los tiempos que vivimos son tiempos difíciles y son muy pocas cosas las que consiguen agradarnos del todo, en cada rincón del planeta parece existir un incendio que devora libertades y que somete a los pueblos a la oscuridad; cada vez que encendemos la televisión comprobamos con tristeza esa locura en la que parece nos hemos embarcado. Por esta lacerante realidad, será bueno hacer la reflexión que he mencionado y poner de nuestra parte todo cuanto podamos para restablecer un orden de justicia y de igualdad, que garantice los derechos de todos los seres y salvaguarde el frágil planeta que habitamos. Y no estoy hablando de cosas imposibles: cada uno de nosotros desde nuestras posibilidades tenemos el deber de luchar por el engrandecimiento del sitio en que vivimos. Estoy seguro que si asumimos este compromiso el mundo será mucho mejor y se llenará de oportunidades para el crecimiento de las ciencias y de las humanidades, alejando para siempre el espectro de la incomprensión e inaugurando nuevas fórmulas para la convivencia basadas en factores pacíficos y solidarios.

Sigamos el ejemplo de San Francisco Javier, como buen atleta, como excepcional humanista y como hombre de bien. Francisco de Jasso y Azpilicueta, San Francisco Javier, llevó esperanza donde sólo había desaliento y llevó anhelo donde todo era desilusión. Hoy, un barrio de la capital conejera se siente honrado con llevar su nombre.

La historia de la barriada de San Francisco Javier, está vinculada necesariamente a la masiva emigración rural que empieza a producirse en la isla de Lanzarote a partir de la década de los 50, época en la que nuestra isla empieza a sufrir una lenta y pausada metamorfosis. Convirtiéndose Arrecife en la verdadera capital insular, aspecto que hasta entonces sólo había asumido ante temas y asuntos burocráticos.

Es a partir de estos años cuando Arrecife se consolida como el principal motor económico de la isla. Y un hecho va a marcar definitivamente el futuro de la ciudad con el asentamiento de las industrias conserveras, que revitalizan el sector pesquero insular, proporcionando a la población lanzaroteña un importante número de puestos de trabajo. Esta circunstancia, junto con la llegada de los primeros turistas a la isla, va, a suponer una importante transformación de la sociedad conejera. Ante la posibilidad de un trabajo asalariado en la capital, el agricultor isleño va abandonando progresivamente el campo y se va adaptando a las nuevas formas de vida que marcan los años sesenta. La riada de nuevas familias provenientes del interior de la isla, van encontrando acomodo en Arrecife.

San Francisco Javier es una comunidad que desde sus inicios apostó por un crecimiento de Arrecife, encaramándose aquí, en un territorio que es llano y leve loma, un territorio que tiene el mar a dos pasos y que fue hace tiempo frontera de otro mar: las antiguas salinas, aquellas de las que aún hoy quedan débiles y desdibujados testigos en forma de muros derruidos de los cocederos y de esa especie de geometría de piedras que antes fue riqueza blanca y laberinto de espejos, en el que se reflejaba nuestro cielo siempre azul.

Los primeros pobladores de San Francisco Javier, acaso cuando todavía no era barrio ni tenía nombre, han sido testigos no ya sólo del crecimiento de su barrio sino del desarrollo de la totalidad del municipio. Muchos de los que habitan este suelo vienen de distintas partes de la isla, conformando así una nueva isla en miniatura, haciendo convivir el aroma de las verdes palmeras del norte, habitando valles, las espléndidas viñas del centro-oeste, regadas de volcán y rocío; las doradas playas de la costa del sur, arenas de la memoria de las caracolas y el aire remansado con efluvios de viejos conventos y recoletas callejuelas del centro-norte. Así, este barrio es punto de confluencia de todos los puntos cardinales de la isla, que llegan y se mojan en salitre marino del Arrecife, con su bahía abierta al amplio océano, con sus nacaradas casas.

Eran los tiempos del desarrollo y el caserío que se divisaba tras los cuarteles comenzaba a tener un cierto peso específico en cuanto a la población de Arrecife. No obstante, el impulso de modernidad que vivió Lanzarote en los últimos años de los sesenta y principios de los setenta pareció olvidarse de esta barriada. Sin apenas servicios públicos y con muchísimas precariedades en infraestructura San Francisco Javier se iba consolidando como la parte olvidada de la capital de la isla. Actitud que llevó a los vecinos a reivindicar lo que por derecho les correspondía.

Faltaríamos a la verdad histórica, en este pregón, no reconocer el papel desempeñado en pro del desarrollo de San Francisco Javier por D. Marcos Santana Morales, nombrado alcalde pedáneo.

Como hombre honesto, como trabajador incansable y como defensor de la barriada, la figura de Marcos Santana estará unida para siempre con San Francisco Javier. Aún se recuerda con nostalgia las misas celebradas en un almacén de su propiedad. Y son muchos, los que no olvidan aquellas reivindicaciones permanentes ante el consistorio capitalino.

No quisiera pasar por alto, a otros muchos hombres y mujeres de San Francisco Javier, que desde un modesto anonimato arrimaron el hombro, cuando hizo falta, para levantar este barrio, acogedor y servicial, que mira hoy al futuro con optimismo. Y es que no podría ser de otra forma, la falta de recursos y su profundo amor por la tierra, han hecho de los hombres y mujeres de San Francisco Javier gentes con una fuerte convicción en que el futuro les tiene que sonreír.

Construido con aires campestres, San Francisco Javier, responde al diseño arquitectónico de cualquier pueblo de la geografía insular, sus casas, prácticamente todas de autoconstrucción dan suelo al sueño de los hombres y mujeres que han construido, la mayoría con sus propias manos, la casa en que habita la familia que siempre quisieron tener y proteger entre paredes que costaron sudor, muros fabricados de ilusión, decorados con los recuerdos de sus lugares de origen y las viejas fotos familiares conviviendo con las de los nuevos miembros, los que han nacido al zoco de la nueva casa.

El sueño de esos hombres y mujeres ha sido el que ha trocado el antiguo suelo, y de una superficie pedregosa y polvorienta ha nacido un barrio nuevo, de juegos de chiquillos; de aceras donde sentarse a hablar las tardes de verano y compartir, bajo el olor intenso del café recién hecho, la palabra. Pues son las voces y las palabras las que hacen posible el nacimiento de una vecindad; no bastan calles bien trazadas, viviendas lujosamente equipadas, jardines o terrazas habitadas por verdes plantas y el mejor coche guardado en el garaje, todos esos son bienes que pueden alcanzarse con el dinero y que sin duda establecen el estado de confort de quienes lo poseen, o sea el bienestar material, pero la fortuna, el bien más preciado del ser humano consiste en no sentirse solo, saberse querido y reconocerse como parte de una vecindad. Sólo los barrios que se han convertido en auténticos vecindarios tienen utilidad para el crecimiento humano, los otros son una ristra enojosa de casas habitadas por no se sabe qué familia ni qué gente, que no llegarán a conocerse ni a confiar nunca unos de otros.

Hablar en la actualidad del barrio de San Francisco Javier nos lleva irremediablemente a citar a su Asociación de Vecinos. «La Bufona» es hoy por hoy su principal baluarte cultural y social. Con una dedicación permanente en la solución de los problemas del barrio, esta Asociación de Vecinos ha sentado cátedra en la movilización ciudadana, y a ella se le debe los importantes logros obtenidos en los últimos años en esta barriada. La sinceridad y la gratitud me obligan en este apartado, a mencionar a quien indiscutiblemente ha jugado un papel decisivo en el caminar de «La Bufona», me refiero a doña Antonia Guardia Machín, «Toña», un claro ejemplo de altruismo y de compromiso hacia su barrio.

El presente del barrio de San Francisco Javier, necesita mucha gente como Toña, necesita de la colaboración de todos ustedes, aún existen muchos problemas por resolver y para que estos desaparezcan del magnífico entorno en el que nos encontramos hay que aunar esfuerzos, hay que luchar juntos, porque esta es, en definitiva, la barriada en la que vivirán sus hijos, convivirán futuras generaciones, y de ustedes, de nosotros, depende que el futuro sea mucho más esperanzador que el que se encontraron aquellas familias de toda la isla que un día, en busca de fortuna y nuevas formas de vida se trasladaron hacia la TRASERA DE LOS CUARTELES.

Como pregonero me he permitido también expresar a mi modo de entender cuál podría ser la manera más óptima para la relación entre los seres y las ideas, y espero haberlo conseguido en esta breve alocución. Sólo me resta desearles que tengan unas felices, alegres, divertidas y responsables fiestas y que no cesen nunca en el empeño de la consecución de un Lanzarote fabricado para el futuro con las manos y los sueños de todos y cada uno de nosotros.

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