Pregón de Ntra.Sra. del Carmen (Valterra) 2001

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 POR  BENIGNA FAJARDO ECHEVARRÍA

benigna

Envuelta en salitre y brea, mecida por la brisa, perfumada por el Atlántico, nació mi entrañable Valterra. Pregonar a este barrio es ensalzar al marino. Rostros curtidos y surcados de sol, trabajo, sinsabores y, en el fondo del corazón,.. añoranza.

En un ayer no muy lejano, las costas de Arrecife resplandecían por sus inmaculadas salinas y los estilizados molinos, que alzando sus brazos al viento danzaban sin cesar. Poco a poco, nuestro Patrimonio fue desapareciendo y hoy solo son espectros fantasmagóricos, que recuerdan un ayer glorioso.

El costero, como cariñosamente llamábamos al hombre del mar, era el verdadero protagonista de esta gran Historia de mi pueblo. Portonao, con un colorido indescriptible, azul de mar y cielo, blanco de velas, verde de ilusiones y esperanzas, allí los barcos fondeaban y aguarecían, remendaban redes, faenaban… un lugar de encuentro donde se comentaba de la zafra, del Pontón, de los temporales, de la familia, de los amores ¡Cuántos sueños encierran sus murallas!

El propio entorno, a veces mísero y cruel, otras dulce y mágico, propiciaba todo un conjunto de situaciones más propias del mundo de la ficción que de la dura realidad que a veces se padecía.

Nos hemos embarcado, a lo largo de estos últimos años, en un viaje frenético, cuyo único destino parece ser nuestra propia desaparición como pueblo marinero, mientras contemplamos perplejos la joya que tuvimos a nuestros pies. Y como dice uno de los sabios pescadores del Puerto: «no entendemos lo que está pasando y, lo que es peor; no nos entendemos ni a nosotros mismos».

Quiero reivindicar, desde mi humilde posición, los aspectos positivos de este pasado reciente y hacer ver sus bondades y virtudes, y por qué no, denunciar sus desdichas. Quiero rendir un homenaje a todos los hombres y mujeres de la mar que supieron convivir con su entorno, para que ese buen espíritu que les invadía perdure por encima de todas las cosas.

La mujer, una red: laberinto de espera y llanto. Nudos de una vida con sabor a sal, con sabor a lágrima.

Largas noches, largas tardes, mirando al horizonte, adivinando el regreso más anhelado. La mujer costera, que siempre supo esperar.

Quiero brindarle un tributo de agradecimiento al patrón de su hogar, dirigiendo su nave aferrada al timón contra vientos y tempestades.

Mi infancia transcurrió cara al mar entre solajeros y mareas, entre marejadas y bonanzas. Recuerdo la esfinge del marino en el timón del velero a la hora en que el lucero resplandecía en el Oriente, y en las noches que la luna besaba, con rayos de plata, nuestra querida Bahía. Tengo grabada en el alma la música de llanto con que gemía el vendaval, cuando una desgracia ocurría en la mar. La alegría de voces, acompañadas con los sonidos del forito y del timple interpretando una alegre isa, una nostálgica folía o una cadenciosa habanera ¿Quién no escuchó «La Bella Lola», «El paseito de don Tomás», «Mi primo el de Basilisa»? Un pedazo de mi corazón infantil está impregnado de esas queridas imágenes, con auténtico sabor a mar y cebas.
La Boca del Muelle, Cuatro Esquinas, El Bar de Idelfonso Lasso, El Parral, En la esquina te espero ¿Quién puede olvidarse de estos nombres que estaban ligados a la vida del marino y a la nuestra?

Una niña me decía: -mi padre está en la Costa, en el Moro… cinco meses, nueve meses… qué difícil se me antojaba nueve meses en el mar… –El mío fue a casa del armador a hacer el despacho, me decía otra amiga con voz triste y mirada noble.
-Con el «adelanto» mi madre comprará el colchón y la paja para el relleno en casa de Lolita y Juan Curbelo (hoy casa de Luciano), llevará galletones, mantequilla El Castillo y cigarros Flor de Fuente amarillos con filtro y Krüger.

Racionamiento de agua a bordo del barco. Sólo se usaría para cocinar y para beber usando el «pote». No se podían lavar las pertenencias hasta que llegaran a tierra, así los pantalones al mes se ponían de pie; entre salitre, escamas, sangre de pescado, quedaban acartonados, almidonados…

A veces, amarraban la ropa y la ponían de remojo por la borda para que se ablandara y no en pocas ocasiones cuando las subían estaban mordisqueadas de «pescados», como si de un cabo se tratara.

El patrón, con ojo de sabio, observaba desde el palo mayor el «revuelto» de corvina, el «negror», burros y chuchos, mantadas, las Guajadas, ese remolino de peces en el fondo…

Los barcos, en la mar, se comunicaban por telefonía y cualquier acontecimiento, que rompiera la vida cotidiana a bordo, se convertía en una gran noticia y era transmitida de barco en barco. Relataré algunas: Manuel «El Millero» era un gran cocinero, hacía unos fideos con corvina, fideos costeros, que eran una maravilla. Aquel día hacía mal tiempo y el barco era un poco «culión», «El Millero» no pudo sacar el caldero a cubierta porque las olas saltaban de babor a estribor inundándolo todo. Sirvió a cada uno su plato, para así aguarecer la comida. Gabino, un roncote de verdad, le dijo: -“Saca el caldero «pa’» fuera, los costeros de antes comían con el caldero en cubierta”-. Al terminar, el cocinero echa por la borda el resto de comida, para así poder lavar el caldero. Al rato, Gabino sintió hambre y le dijo al cocinero: -«Dame de comer»-, a lo que responde «El Millero»: -«Los costeros de antes comían todos juntos» – .

Gregorio Medina era muy buen patrón y día tras día subía al palo mayor para detectar la pesca y nada… ni un caboso. El hombre estaba preocupado y reflexionaba: -¿Qué podrá ser? – ¡Ya sé!-, pensó. La culpa la tiene la Virgen que me gané en la tómbola. Tenía a la Virgen en su camarote con una lámpara de aceite. La coge y la lleva a cubierta. La tripulación, de broma, le gritaba: -¡mátala!, ¡mátala!-. Cogió un palo para partir la imagen de escayola pero su fé se lo impidió y la tiró al agua. A partir de este incidente al querido y gran patrón le bautizaron Gregorio «Matalavirgen». Otra vez le comunicaron a la flota que dieran el día libre a la tripulación porque llegaba un ministro del Estado y quería tener contacto con ellos en un puerto africano. Los marinos, contentos, saltaron a tierra y se dirigieron a un almacén donde salaban pescado, allí era la reunión. El ministro les hablaba del digno trabajo que realizaban, del sacrificio de estar separado de su tierra, de sus familias… Al final, muy protocolario, pregunta: ¿Alguien tiene algo que objetar?

Entre silencio y confusión, un marino se pone de pie con un manojo de pasote en la mano: -Yo tengo algo que alegar. ¿Usted cree que con esto, señalando al pasote y gofio, pueda uno trabajar?

Era Pepe Farra el que se atrevió a denunciar las penurias de aquellos héroes. A partir de ahí, mejoraron los servicios de los barcos.

¡Ah!, aquel día no lo olvidarían por mucho tiempo, comieron medio pollo acompañado de vino.

La vida seguía a bordo con penurias y añoranzas, pero, llegando febrero, a los marinos les entraban unas «jirimillas» en el cuerpo,… «Los Carnavales estaban en la puerta»… Ya habían salado y secado los buches de arlequín y marrajos, sólo faltaba, cuando pisaran la tierra, lavarlos e inflar- los. ¡A correr los Carnavales! Traerían un velillo con pescado salado, cachetes, ventrechas y espinas, ganados con el «caraportá».

Un estallido de alegría… las calles solitarias se llenarían de vida… mi pueblo vivía cara a la mar.

Julio, risueño, cantarino, noches mágicas, acariciadoras. La luna con un riego de luz quietecita, remansando al mar y a las barquillas en la orilla. De lejos llegan brisas de amor y de poesía.

Julio; «El Carmen», «La Estrella de los Mares», devoción, consuelo, madre….
Estalla un volador anunciando las fiestas, el silbido que producía al elevarse y el «pun» de la explosión, se me antojaba música de querubines, mientras los perros aullaban sin consuelo y las bandadas de palomas se esparcían despavoridas. El Carmen, la fiesta mayor de los marineros, recuerdo la fe que tenían a su Virgen: los escapularios, las imágenes, las promesas, las medallas, las lámparas de aceite…

Una explosión de fiesta invade a Valterra, banderas multicolores juegan al viento, fuegos artificiales, alegrías, pero por encima de todo el amor y respeto a la Virgen del Carmen.

Pido a la Virgen que el buen espíritu que invadía a los hombres y mujeres de la mar, perdure por encima de todas las cosas.

¡Viva Nuestra Señora del Carmen!

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