Pregón de Ntra.Sra. del Carmen (Valterra) 2004

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 POR  Mª DOLORES LUZARDO DE LEÓN

 Dolores Luzardo

Sr. Presidente de la Asociación de Vecinos Los Marinos de Valterra, Vecinos y vecinas del barrio, amigos y amigas….

En primer lugar, quiero agradecer a la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos y a su presidente D. José Cruz por pensar en mí para pregonar las fiestas de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros y patrona también de este barrio de Arrecife, marinero por su historia, y por el trabajo de sus hombres y mujeres en la pesca.

Es para mí un orgullo pregonar los festejos de un barrio como éste, en el que los vecinos y vecinas mantienen una fuerte devoción por la Virgen del Carmen, a la que siguen encomendándose y poniéndose bajo su manto y protección.

Fruto de esa devoción y amor, quiero hoy desde aquí resaltar, la gran labor realizada por todos los vecinos y vecinas del barrio con cuyo esfuerzo se consiguió levantar una iglesia para la Virgen, y mantener en ella el estilo y sabor marinero que impregna Valterra y la sencillez de sus gentes.

Como les decía, es para mí un honor ser la pregonera de las fiestas del barrio en el que pasé mi adolescencia y juventud, años en los que estaba asomándome a la vida, descubriendo y viviendo nuevas experiencias que, estoy segura, han determinado de forma importante la vida que he llevado y llevo hasta ahora, y barrio al que también sigo ligada porque aquí residen mis padres, y que espero, además, que sea por muchos años.

Fue precisamente el trabajo de mi padre el que llevó a nuestra familia a trasladarnos desde Máguez, a Arrecife, al Puerto, como lo llamábamos antes. La misma razón que hizo que muchas familias que vivían en el campo se trasladaran a la capital buscando un futuro mejor. Cambiaron el campo por el mar.

El puerto, Arrecife, se abría ante nuestros ojos como una ciudad de oportunidades para trabajar en el floreciente, por aquel entonces, sector pesquero y ya no sólo enrolándose en un buen barco sino en las fábricas conserveras que se encontraban en pleno apogeo de producción de salazón de pescado: Lloret, Ojeda, Garavilla y la Rocar.

En el caso de mi familia, ese futuro esperanzador vino de manos de la sal, elemento en sí tan importante para la vida e imprescindible en la conservación del pescado antes de la aparición de los frigoríficos. Y así, en 1962, dejamos Máguez y nos instalamos en las Salinas de Los Toledo, en el corazón de Puerto de Naos.

Atrás quedaba el que hasta ese momento había sido mi único horizonte: el pueblo de Máguez, del que también guardo muy gratos recuerdos y en el que hace algunos años tuve el honor de pregonar las fiestas de su santa patrona, Santa Bárbara.

Máguez era por aquel entonces un pueblo tranquilo, entre montañas, dedicado a la agricultura, con un paisaje plagado de cultivos, árboles frutales, frondosas higueras que llamaban al descanso, olorosos duraznos, y coloridos y sabrosos morales. Vigilantes siempre, las altivas palmeras y al socaire las ariscas tuneras. En las orillas de los caminos las aulagas y los bobos.

Además de la escuela, compaginábamos nuestros juegos colaborando en las tareas del campo. Íbamos a lomos del burro y a veces, incluso, dentro de las alforjas a las tierras, tapábamos los surcos con la escardilla, recogíamos las papas en cestas grandes que los mayores nos ayudaban a vaciar en los sacos. Y así, saco a saco se iban levantando las pilas como esculturas redondeadas hasta el cielo. Otras veces tocaba dar vueltas y vueltas detrás de los burros en la era, para hacer la trilla de la sementera, a veces, lentejas, garbanzos, chícharos.

Disfrutábamos de un día de fiesta cuando, cada año, matábamos el cochino de la casa y ayudábamos a hacer morcillas dulces, con pasas, almendras y azúcar; y los chorizos con pimentón, como los famosos de hoy de Chacón; y los chicharros que luego se freían y se comían con la pella de gofio.

Eran días felices. Los asaderos de piñas y papas por San Juan y los baños en Órzola y Punta Mujeres son buenos recuerdos de mi niñez. Esos años en los que las tuneras y los morales eran testigos de nuestro juegos y, a veces, responsables de los pleitos de nuestras madres cuando nos manchábamos de encarnado el traje de los domingos, cuando íbamos a comer moras después de la misa del mediodía. (Y eso que nosotros siempre nos llevábamos para casa moras verdes, por eso de que la mancha de una mora con otra verde se quita).
Todos estos juegos, las comilonas, las correrías por las fincas se quedaron atrás, pero al llegar al Puerto, al llegar a las salinas descubrí el mar, la brisa, el salitre, los molinos de viento, los barcos, las caracolas y un cielo infinito que se fundía con el mar en el horizonte.

Además de Las Salinas de la familia Toledo, estaban las de D. Manuel Betancort, que fueron compradas posteriormente por Lloret, la de Fuentes, la de Santos. Y en ese conjunto de salinas sólo vivíamos dos familias: la de Juan de León y nosotros. El resto de hombres que trabajaban en las salinas se quedaban en cuartos habilitados con literas y en la misma habitación tenían las cocinillas y demás utensilios para hacer la comida. Por supuesto, baño no había y la loza se fregaba en la orilla del mar. Los domingos los cuartitos, como los llamábamos, permanecían cerrados pues era el día de descanso y los hombres e trasladan al campo con sus familias.

Había también una casa que llamábamos La Casa de las Flores por el gran jardín que tenía y que en los meses de verano se llenaba de chiquillería y de muchos familiares de los Fernández. Eran momentos de novelería y diversión. Allí aprendí a jugar a las cartas, a la ronda, la brisca, la escoba, el envite, y de ahí sin duda me viene la que, con el tiempo, se ha convertido en mi gran afición: la canasta. Pero también eran días de descubrimientos porque en La Casa de las Flores comencé mis primeras lecturas, descubrí a Julio Verne en Veinte mil leguas de viaje submarino, y a Los hijos del capitán Grann y La isla del Tesoro, entre otras novelas novelas, gérmen de mi pasión por la lectura.

Aprendí a admirar todos los colores del mar. El azul brillante de los días despejados, el verde azulado de los días tranquilos, el gris plomizo (casi negro) de la marejada con el viento del sur; cuando los barcos se afanaban en regresar a puerto para evitar el temporal.

Aprendí a reconocer el murmullo tranquilo de las olas, de buen tiempo, y a temer el ruido ensordecedor del mar cuando se ponía bravío en las noches de borrasca.

Desde mi casa atisbaba en el horizonte la llegada y salida de los barcos. Los famosos correíllos negros que atracaban en el muelle de Los Mármoles. El León, El Palma y el Viera y Clavijo que iban a África, a Villa Cisneros, y me hacían volar la imaginación hacia mundos exóticos y extraños. También divisaba el Puerto de Naos los barcos que venían de la costa, cargados a reventar de sardinas, chernes y corvinas saladas. La Juana Hernández, La Asturana, La Palomita, La Vicentita, El Gonzalo. El atraque y la posterior descarga del pescado desataban en el muelle un enorme trasiego de familiares, que no podían esperar para saber si sus seres queridos estaban bien, y de curiosos que iban a ver si conseguían que les regalaran un buen cherne o una corvina para el sancocho.

En aquellos años, ver entrar y salir barcos de pesca era algo cotidiano. Salían ligeros y erguidos y llegaban cargados hasta la cerreta.

Después estaban los pequeños barquillos que salían diariamente a poner sus nasas en la bahía, fuera de la barra. De regreso traían morenas, cabrillas, viejas y gallos. Tampoco faltaban los sargos, las brecas y las (consabidas) omnipotentes fulas. En los días de mal tiempo, los pescadores, lejos de descansar, se dedicaban a arreglar sus nasas y guelderas, a remendar los chinchorros con grandes agujas, a raspar y pintar los barcos.

En estos años de adolescente recorrí cientos de veces la costa desde Puerto Naos hasta el Castillo de San José y me hice una experta en el marisqueo. Cogía burgados, lapas, también erizos y cabozos y coleccionaba caracoles, corales y estrellas de mar. En la época de las mareas, mi padre se encargaba de las santorras, los pulpos y las almejas de una sola concha. Al igual que el resto de los chinijos no conseguí salvarme de las picaduras de las aguas vivas y ahí estaba mi madre, con el mejor remedio, siempre con el vinagre preparado para aliviar el picor.

Cuando el calor apretaba me bañaba con mis amigas y más gente de Valterra en la Playa del Calinero, que siempre llamábamos del Veril porque había una parte hundida que si no se conocía, era fácil que perdieras el pié. (Había veces que llegábamos hasta la Playa de la Arena)

Al igual que cuando jugueteaba bajo los morales e íbamos a lomos del burro, era Feliz.

Vivía rodeada de sal y respiraba el aire con aroma a salitre. No dejaba de sorprenderme cómo del agua del mar salían lo que a mí me parecían escamas blancas y quebradizas. Vigilaba cómo llegaba el agua del mar a los cocederos, primero con los molinos de viento, con las aspas girando más o menos rápido en función del aire, como velas desplegadas al sol, y el agua saliendo a borbotones, más tarde se puso con motor.

Cuando el agua adquiría el grado de salinidad conveniente se trasladaba a los tajos a través de caños. Poco a poco se iba cuajando y al evaporarse el agua se iban formando pintorescos dibujos. Muchas tardes las pasaba en las salinas imaginándome las figuras que surgían del manto blanco de la sal igual que, cuando de niñas, nos sentábamos en la era para dar formas a las nubes que pasaban por encima de nuestras cabezas antes de que los alisios las alejaran rápidamente.

Después venían los hombres, primero descalzos y después con unas gruesas botas de goma, y acababan con el lienzo que pintaba mi imaginación. Rastrillo en mano, arrastraban la sal hasta un talud y allí formaban un montoncito blanco que destacaba entre el negro de la piedra y el color rojizo del fondo de los tajos. De nuevo, se volvía a esperar, hasta que finalmente la sal se llevaba al almacén y desde allí, en sacos, a los barcos que esperaban en el puerto. Era un producto muy vendido y requerido desde muchos sitios. Se enviaba para Tenerife, Gran Canaria, e incluso para África. Cada día salía del melle un barco cargado se sal.

Muchos han sido lo que han escrito sobre la sal.
Quiero recordar un poema de Agustín Espinosa dedicado a la Sal:

Salada y blanca.
Desnuda de trapos de colores.
Perfecta de ordenación y de ornamento.
Mil y una.
Alumna de salinas.
Laberinto de espejos

Pero quizás, el recuerdo más emotivo era cuando iba y venía del Instituto. Pasaba al lado de Valterra, con mis libros al hombro, y siempre me encontraba a mujeres, con sus batas floreadas, pendientes de los barcos. A veces estaban sonrientes, alegres y bulliciosas porque el barco llegaba cargado, sus familiares estaban bien. Otras veces estaban apagadas, se oían susurros, se enjuagaban alguna lágrima, las caras eran de preocupación. No se sabía nada del barco. Estaban esperando noticias o el temporal anunciaba malos presagios.

Y en ese ir y venir yo me sentía acompañada por esas mujeres y sin saberlo, y sin darme cuenta, comencé a estar al tanto de los entresijos de la pesca.

Pasados unos años dejamos las salinas. Por aquel entonces la mayoría de la gente de Haría se instalaba en Altavista pero mi madre tomó la decisión de irnos a vivir a Valterra. Yo me alegré porque era el barrio marinero en el que tenía a mis amigas, algunas incluso trabajaban en la Rocar, y yo ya estaba acostumbrada a transitar por las calles de este barrio.

Entonces, Valterra, que había sido mi referente de progreso y civilización en medio del aislamiento de las Salinas se convirtió en mi barrio. Sus calles ya eran las mías y otra vez se abrió un horizonte nuevo.

Fue Valterra, sus calles, su plaza, testigo de mis años de moceo. De Valterra salíamos en grupo, primero sólo los domingos, después los domingos y los sábados, y así fuimos incrementando nuestras salidas a algún día entre semana.

Los chicos nos esperaban en cuatro esquinas, lejos de los ojos de las madres. Poco a poco, en función del afianzamiento de la relación, el lugar de encuentro iba subiendo y acercándose al barrio hasta que al final, cuando el compromiso ya era serio, nos daban permiso para que nos fueran a buscar a casa. Íbamos al cine Holywood, al Díaz Pérez, al Costa. Azul, al Atlántida, y cuando terminaba nos comprábamos un dulce en Luna o un polo de los de Acuña y nos paseábamos por el parque.

Entre las clases y las salidas llegaba la semana grande del barrio: las fiestas en honor a la Virgen del Carmen y el que para mí era el día más bonito de todos. El de la procesión de la virgen por el mar. Valterra se convertía en un hervidero de gente que llegaba de otros barrios y pueblos de la isla. Las calles se adornaban con banderines de colores y se engalanaban los barcos. Poco a poco, rincón a rincón, el barrio se iba impregnando del ambiente festivo y de un profundo fervor religioso. Era el momento más esperado por los vecinos.

Todos mostraban su gratitud a la Virgen y todos se ponían bajo la protección de su manto con una devoción que Valterra ha sabido mantener con el paso de los años. Años en los que sin duda Valterra ha cambiado, como ha cambiado Arrecife y la isla en su conjunto. Del sustento que proporcionaba el mar, la industria de la salazón de pescado y las fábricas conserveras, los hombres y mujeres de este barrio se han sumado a la actividad comercial y turística que ha marcado el desarrollo de Lanzarote las últimas dos décadas.

La transformación sin duda ha sido rápida, los cambios sociales se han precipitado y la fisonomía de nuestra ciudad es completamente distinta a aquella que aún guardo en mi retina cuando pasaba horas y horas sentada en las salinas observando con regocijo la algarabía en el muelle.

Quizás sea por eso, porque todavía somos muchos los que mantenemos vivo ese recuerdo que ahora nos parece tan lejano, por lo que la gente del barrio conservamos con tanto orgullo el haber nacido o vivido en Valterra. Un orgullo que estoy segura sabremos transmitir a nuestros hijos y a nuestros nietos al igual que el respeto por nuestra patrona, la Virgen del Carmen, a la que hoy pregonamos.

Deseo que estos días de fiesta nos traigan alegría y diversión y sirvan de punto de encuentro no sólo para los que conocimos el Valterra del salitre sino también para todos aquellos que han hecho del barrio su casa.

Felices Fiestas a todos.

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