Pregón de San Ginés 1965

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 POR  DOMINGO MANFREDI CANO

1965-Domingo Manfredi Cano

Anda tan alto como el recuerdo. Por la memoria está el hombre atado al pasado, y puede volver a estar como y donde estuvo, en un lugar separado de él por el tiempo y por el espacio. Si cierro los ojos y hago un esfuerzo, puedo ahora mismo alejarme de Santa Cruz de Tenerife y situarme en Arrecife, y revivir escenas que si sucedieron hace muchos años están vivísimas en mi memoria.

Puedo recordar una esquina, un balcón, una calle, como si estuviera ahora mismo allí, y puedo también recordar una cara, unos ojos, unos labios, una sonrisa como si la tuviera ahora mismo delante de mí. Durante años y años, aquí y allí, lejos, más lejos, lejísimo, he llevado y llevo y llevaré clavado en mi corazón el recuerdo imborrable de una Isla. Lanzarote y una ciudad, Arrecife, que fueron durante los mejores años de mi vida refugio y regazo para mis calenturas juveniles, en una época en que recién despertada ya mi vocación literaria, escribía mis primeros versos y maduraba mis primeras novelas.

Y así como nada ata tanto como el recuerdo, nada es más bello y más hermoso que hacer realidad ese recuerdo. Es decir, no conformarse con cerrar los ojos y volver a aquellos lugares sólo con la imaginación sino volver de verdad, en carne y hueso, a tocar aquella esquina, a entrar por aquella puerta, a ver de cerca aquella sonrisa si bien, y en esto Dios ha querido ser severísimo, encontraré quizás la esquina cambiada, la puerta cerrada, la sonrisa triste Pero lo que no ha podido cambiar, y estará allí esperándome es lo eterno de Lanzarote, lo que hay en la isla de perenne, de constante, de perdurable. El aire, la luz, los campos de lava, los volcanes, las maravillas, están ahí sin ninguna duda, y están también las cualidades humanas extraordinarias de los lanzaroteño, hijos – nietos – de aquellos amigos lejanos, que un día me recibieron con los brazos abiertos y me dieron el pan y el vino de su amistad sincera, a cambio sólo de todo lo que yo podía dar entonces: unos versos.

No tengo ningún inconveniente en decir que en mi recuerdo las Islas Canarias están identificadas con la isla de Lanzarote y la isla de La Graciosa, y con dos pueblos-ciudades que jamás olvidaré: Arrecife y Haría. Todo lo que Canarias representa en mi vida está en Lanzarote, porque fue Lanzarote y en Lanzarote donde Canarias se entró furiosa y amorosamente hasta el fondo de mi corazón. Conozco todas las islas , he ido por todos los caminos del archipiélago, he meditado junto a todos los litorales insulares y me he maravillado ante todas las maravillas canaria, pero jamás olvidaré que fue Lanzarote donde por primera vez tuve cerca cosas que jamás había ni siquiera imaginado antes de salir de mi tierra andaluza: los campos de lava, los volcanes, los cráteres enormes, los riscos, la isla Graciosa allá abajo, la Montaña del Fuego, los Jameos , la Cueva de los Verdes, las mil cosas de ahora, y con la ayuda de Dios, volveré a ver como en peregrinación, a mirarlas de nuevo con mis ojos de hoy, procurando darle a la mirada toda la ternura y la limpieza que mis ojos le daban entonces, cuando la vida era para mí mucho más fácil, porque mis responsabilidades eran menos, aunque siquiera estos no hayan llegado a ser todo lo fabuloso que mi ilusión de entonces me hacía soñar.

Ahí estas Lanzarote, mirando desde el balcón del Río al horizonte donde desde siglos han aparecido siluetas de los barcos que llegaban del norte, del viejo mundo o del litoral africano, por cuyos caminos de agua arribaban a ti el mercader y el soldado, el fraile y el letrado, el poeta y el comediante, el maestro y el marinero, a traer noticias de lejanísimas tierras y a llevar a ellas las de las maravillas que habían visto en un Paraíso que les había salido al paso en el Océano proceloso y desconocido. A todos cuantos han venido desde arriba de norte a sur, has sido tú. Lanzarote la isla de la bienvenida al archipiélago y si tus campos de lava no fueran de piedra durísima, tendrían señaladas las huellas , de los pasos de las más extrañas gentes, venidas de los más extraños países por los caminos del mar, en busca de la aventura, del comercio, del amor de la fuente de la eterna juventud del árbol que madura frutas de oro del volcán encendido que sirvió de señal a los navegantes fabulosos, del misterio de las cuevas ardidas con luces de extraños e inseparables reflejos. Si, Lanzarote: tú estás asomada al balcón del Río, y tienes abajo, cerca, a la Graciosa, la Alegranza, Lobos como si fueran las flores de tu balcón. Ese balcón impresionante, que un día fue para mí, muchacho casi poeta en ciernes, la revelación de que habían barrancos más hondos que los terribles barrancos de mi pueblo sevillano y de que había un horizonte mucho más lejano que el lejano horizonte de las marismas inmensas del Guadalquivir Porque, Lanzarote, tú fuiste la primera salida del continente, y la primera isla que pisó este hombre de tierra adentro, que desde entonces te lleva clavada en lo más profundo de su corazón.

Ninguna alegría más grande para mí que haber sido elegido pregonero. Tú sabes que los primeros pregoneros, allá en Roma pregonaban impuestos nuevos y noticias oficiales y que desde entonces los pregones han tenido siempre un aire publicitario. Pero yo no soy un pregonero elegido para que haga saber de orden del señor alcalde una nueva disposición municipal, un nuevo impuesto, una pérdida, un negocio o un espectáculo. Yo soy ahora pregonero al estilo de los que pregonan en mi pueblo sevillano jazmines, manzanas, rosas y clavellinas. Es decir, un pregonero que viene a cantar y a ofrecer, a cuantos me hagan el honor de escucharme cosas sutiles que no tienen precio en los mercados, ni sitiasen los archivos y documentos oficiales. Vengo a pregonar y ojalá contarlo de viva voz, como lo hacen los pregoneros andaluces, la rosa y el jazmín y la clavellina de esta isla de Lanzarote, de esta ciudad de arrecife, que teniéndolo todo en abundancia solo quiere pregonar hoy la alegría de su corazón, el cohete multicolor de su fiesta, la honda y sincera y grande pasión por San Ginés.

Ya sé que lo encontraré todo muy cambiado. También yo estaré cambiado. Arrecife amigo. Desde que nos vimos la primera vez han pasado veinticinco años, justo el tiempo para que las muchachas de entonces sean ahora madres de hijas tan jóvenes como eran ellas en aquel tiempo, y para que los hijos de los muchachos sean ya comandantes de Estado Mayor o Notarios.. Sí, Arrecife amigo: veinticinco años son muchos años, y sé que en toda la isla de Lanzarote ha dejado su huella el paso del tiempo, y todo se ha embellecido, y de todo se sabe ahora más que nunca, y miles de extranjeros han pasado por Lanzarote y se han do cargados de luz y de recuerdos bellos y de fotografías de lugares de ensueño, para convencer a otros amigos lejanos de que vengan a Lanzarote, si quieren ver maravillas. Y vendrán cada día más, constantemente, y se subirán a los castillos, al de San José o al de San Gabriel, y los tomarán por moros, por aquello de que los de fuera creen que todos los castillos españoles son de tiempo de la morería. Pero pase lo que pase, aunque tu ama llene al ancho mundo, aunque mañana esa misma fama por milagro de la técnica y el genio, pueda extenderse a otros mundos siderales, y aunque pisen sus arenas las más extrañas gentes llegadas de los más extraños pueblos, Lanzarote amigo, yo te recordaré siempre asociando tu silueta – que tantas veces me hizo dibujar el comandante Escandell, aquel santo varón que me presentaba diciendo: “Este es mi ayudante, que no me ayuda nada” – a tres o cuatro cosas tan elementales como hondamente clavadas en mi corazón: los campos de lava, la redonda arquitectura de los cráteres, el impresionante gañafón del Río y la belleza, la ternura y la elegancia espiritual de tus mujeres, Arrecife, que Dios te bendiga!

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