Pregón de San Ginés 1963

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 POR AGUSTÍN DE LA HOZ

 agustin hoz

Quisiera expresar en pocas palabras cómo se debe visitar Lanzarote porque la Isla de los Volcanes, lector, es un país sobremanera atractivo y, por ende, eminentemente turístico. Su geología es única. Su clima, incomparable. Su belleza brutal, escuela de nuevas formas artísticas. Quiero decir que Lanzarote tiene interés universal y que contiene, además, la íntima levadura que da origen a la paz.

Evidente paz e interés universal, he aquí el clima propicio para no defraudar al turismo más exigente.

A Lanzarote, lector, hay que ir con alertado espíritu, con expectante entrega y, en particular, con indefensión y ensueño: sin negar nada tampoco prodigando afirmaciones. Hay que llegar a Lanzarote sin tópicos ni supuestos. No se puede ir a Lanzarote con normas ni cánones previos porque la Isla de los Volcanes es el terminal de la Retórica. Ante su dantesco paisaje no es posible sino la hermosa virtud del silencio. La sobre-cogedora visión nos paraliza en el acto. Notamos que se nos hacen presentes las advertencias del Apocalipsis. Todo es cataclismo alrededor. Miramos en torno como por ver a nuestro lado al divino Dante o al profeta Malaquías. Todas las exclamaciones prefabricadas se quedan cortas, porque harto difícil nos será definir el soma físico de la isla con las frases traídas desde París, Londres o Chicago. Cierto que falta en Lanzarote todo lo que ha sido color, policromía; pero, en cambio, hay en su suelo atormentado, por millares de millones, las formas más originales que se hayan visto. ¿Abstractas, figurativas? La naturaleza no admite catalogaciones. Crea y recrea incansablemente, sin que jamás repita el modelo. Como la variopinta Capri, estupendo artificio turístico, hay cientos de islas al alcance de la mano, pero la Isla de los Volcanes es única, realmente única, lector, y de ello a nadie podemos culpar, ni nadie, por muy insensato, puede plantear al Creador pleitos de originalidad.

A Lanzarote hay que ir pensando como Carlos Maurras, cuando citaba a Renan: «Hay un lugar del mundo donde la perfección existe. Uno nada más. Y se llama la Acrópolis». A Lanzarote hay que ir pensando que vamos a un lugar del mundo donde el paisaje lunar existe. Uno nada más. Y se llama Lanzarote.

Desde el avión, ya sobre la isla, se distingue la majestuosa procesión de los cráteres. Son cien, exactamente: acerados, violetas o con extraños reverberos de color bermellón.

Es alucinante y abrumador ver surgir del océano semejante cortejo. Es un auténtico mundo de encanto, y de espanto: cimas hundidas, pueblos sepultados, bosques desaparecidos y verdaderos mares de lavas que, como los de la Luna, cubren las tres cuartas partes de la isla. Si al sobrevolar este atractivo aerolito nos hiciéramos la difícil pregunta: ¿Qué es Lanzarote?, podríamos contestarnos de muy diversas maneras. Pero, Lanzarote es, sobre todo síntesis terrenal del todavía ignoto rostro de Selene.

Si llegamos a Lanzarote por la fiel pradera del mar, hay que pensar que, en tiempos remotos, hicieron igual camino los fenicios para pescar el atún. Y pensar también que sobre este mar Colón hizo posible el más grande acontecimiento humano. Luego, las aventuras y piraterías de los siglos XV, XVI y XVII, cuyos vestigios todavía pueden verse en las calas preciosas, conservando cada uno sus perfiles propios. La Arqueología, por, ejemplo, no se atreve a definir cual función desempeñaron las famosas «queseras», monumentos aborígenes del bronce atlántico. ¿Es que se sabe algo concreto respecto al dios Maoh, ancestral e implacable espíritu de la isla? Los científicos tampoco han osado desvelar la Esfinge de Timanfaya, cuyo fuego perenne, a flor de tierra, asombra al más ecuánime. ¿Cuáles serán los anhelos, las ideas, los sentimientos del visitante, que, aún con las brumas y el «spleen» sobre los hombros, penetra en Lanzarote bajo un airón luminoso?

Arrecife, capital: quietud azul y blanca. Un mar lleno de rumbos —Euroamérica— para el comercio y la amistad, Un puerto atiborrado de barcos de velas, traiñas y arrastreros, que viven de la pesca. Por eso el «guincho» heráldico pandea en su escudo de nobleza. Ave de altura, cae como un bólido sobre la presa, que se lleva si puede, o, si no, con ella se ahoga. Es el símbolo de los pescadores, y del tributo que siempre exige el mar a cambio de su riqueza.

Pero Arrecife no es solamente vocación marinera, porque, además, tiene Historia: un puente preisabelino y dos castillos, ciclópeo alarde de poderío y, a la par, sobrehumana expresión de temor. Sobre estas piedras, repudiando el harén y abrazadas a la Cruz, escribieron las isleñas purísimas páginas de castidad y entereza.

Arrecife, bajo un sol enorme. Un sol con cabellera de rayos, como las que se pintan con lápiz amarillo en los cuentos infantiles.

Arrecife es urbe limpia, bien pensada y de risueño aspecto. ¿Qué encuentra, qué le atrae de Arrecife, de la isla entera, al creciente turismo? Sin duda, unos llegan en busca de sol; otros, los más curiosos, del espectáculo de los volcanes; pero la mayoría viene a gozar de la paz lanzaroteña, cuyo origen está perfectamente localizado en la amabilidad y la cortesía de sus habitantes. Los hijos de Lanzarote se sienten hidalgos anfitriones cuando se trata de recibir a huéspedes de fuera. La política de puerta abierta al forastero —de acoger y obsequiar al extraño por el sólo hecho de serlo—, es una de las notas distintivas del alma insular. Es lógico que el visitante tome buena nota, y allá, bajo su cielo gris, habrá de propagar este nuevo descubrimiento: la cortesía, que tiene más quilates en esta hora cuando el materialismo egoísta —el negocio por el negocio—eclipsa la cordialidad de antaño.

En agosto, cuando las uvas van pasando a los lagares, celebra Arrecife las fiestas de San Ginés. En ninguna parte del mundo se toca el timple como en tales diversiones. El «camellito», especie de «ukelele» canario, suena por San Ginés con inusitada alegría, y que el forastero comparte, sintiéndose uno más, en medio de la alada gracia del festival. Las fiestas de San Ginés son serenas, fraternas, populares y nunca llegan a tomar, en pro de su pureza, ni la negra melaza ni el ritmo americano. Quiero decir que Arrecife no ha caído en esnobismos, con lo cual resaltan mucho más sus seculares costumbres. Y como una secuencia cinematográfica, de efecto sencillo y noble, tras las luminarias del ferial, revemos el sueño de los barcos recién llegados de la zafra, o el remanso de las olas que lamen el litoral.

Arrecife, donde el barómetro jamás bajó de 16º, amanece cada día estremecida de luz, de paz y de silencio. Su anochecer es ambarino, con su sangrante luna alzándose pagana, plena y hermosa, sobre los mástiles enjambrados y los pescadores de caña. Todo huele a algas y a meliflua soledad…

Hay una leyenda, según la cual Lanzarote brotó de aguas hirvientes por la acción de poderosos volcanes submarinos y quedó allí, en medio del Atlántico, para asombro permanente de los hombres. Tal vez no tenga la leyenda fundamento científico, pero ciertamente la explicación popular es bonita. De ahí sus desposorios con el mar, y, acaso, por eso mismo, parezcan sus playas doradas llenas de dioses rumorosos. En estas calas soledosas y soleadas hay que creer en los centauros, sirenas y unicornios del barroco universal.

El visitante ha de ir a las playas doradas. No es posible el conocimiento de la isla sin recorrerlas ni meterse en sus espumas llenas de luz y de aire. Disfrutará el forastero de sus arenas finísimas y muy limpias, de sus aguas templadas y tranquilas, y de sus reiterados silencios: receta más que ideal para restablecernos de las fatigas que acarrea el tráfago moderno. Pero no se crea que hablamos de caletones artificiales, porque las de Lanzarote son verdaderas playas naturales que, en formidable ringla, se prolongan kilómetros y kilómetros. Todo a un corto y rápido paseo en automóvil. La Playa Honda está a 4,250 km de Arrecife y la más lejana, la Playa Blanca, a 11 km justamente. En esta última existe una cueva de holganza, mitad natural, mitad obra de los hombres. Hay en estas playas doradas —la adjetivación no es un tópico— una fuerte impresión de extraña quietud, de indolencia, de un desperezarse femenil y ondulante. Sin duda, el viajero descansará así más y mejor, pues ya se sabe el ajetreo y bullicio que son consuetos a las llamadas «playas de moda». El artista, el político y el hombre de negocios comienzan a comprender que el merecido descanso es el goce de la paz, la soledad y el silencio. Esto demuestra el gran interés que despiertan en ellos estas playas suaves y olorosas, salvajemente olorosas a manjares del mar.

No hemos dicho que estamos en la ruta turística del Sur lanzaroteño. Es este un camino de luz, bajo la cual brillan las calas de los pueblecitos costaneros. La vela latina y la caracola nos van revelando el enclave racial. Pero, sigamos…

El Golfo, apoteosis de piedras voladas, al modo de Gaudí, del que famosos pintores han recibido no escasa inspiración. El Salivar de Danubio, símbolo alárabe, que a veces antoja un pequeño Egipto nevado, con sus mil pirámides de sal, y a veces un gigantesco ajedrez, con sus innúmeros escaques coloristas. La Torre de Las Coloradas, que si no tuvo una culminación gloriosa contra las incursiones bereberes, allá en el siglo XVIII, es todavía noble monumento aislado en un paisaje solitario y agreste.

Por fin, el país del Rubicón, con las ruinas históricas de la primera ciudad del Archipiélago Canario. Los arqueólogos han hallado en los cimientos del poblado los restos del que fuera castillo del Conquistador, y no es improbable que en las vaguadas y mamelones parezcan otras estelas de capital interés. Hay pozos de los siglos XV y XVI, con algunos elementos posteriores, pero lo que más apasiona es la búsqueda de la primera Catedral de Canarias, en la que, por lo menos, ejercieron hasta una decena de obispos.

No es novedad la imagen literaria según la cual los castillos son pétreos navíos anclados en las encalmadas olas de la llanura, pero la Ciudad Rubicen-se, que es nave harto pulverizada, se niega a desaparecer bajo el escollo, y lucha contra los siglos por testimoniar que en Lanzarote se hizo posible la cristianización del Archipiélago de la Fortuna.

El visitante se aleja de estas ruinas lleno de rememoraciones, mientras un viento supersticioso susurra con murmurios de antigua conseja.

La ruta central de la isla es el itinerario de los volcanes, o, mejor, el camino que, como a nuevos Edipos, nos conducirá ante la Esfinge de Timanfaya. Pero antes hay que visitar los yacimientos arqueológicos de Zonzamas. Entre el lugar de partida y el punto de llegada media nada menos que el trayecto, y sus posibles bellezas. Así iremos viendo que, sobre la parda tierra, decorativos y sugerentes, los molinos de viento velan la bíblica paz del caserío. La exótica silueta del camello, ya en decú¬bito o en arrogante alzada, nos hará pensar en santos lugares de peregrinación… y la palmera, y la higuera, y la vid.

Se encuentra el visitante en el recinto sagrado de los aborígenes: grandes piedras, algunas de varias toneladas, forman la mole del palacio del Rey Zonzamas. A modo de embudo, magistralmente dispuesta, vemos la puerta que conduce al interior. Comprobamos enseguida que los constructores de la fortaleza no conocían los metales y que sus herramientas eran de piedra. Si el viajero es curioso no se irá defraudado, pues aquí ha de hacer no pocas observaciones, singularmente, ante la monumental Quesera de los Majos, sobre la cual los primitivos isleños vertían la leche tibia de sus reses como ofrenda reparadora al fabuloso espíritu de la isla.

Carretera adelante, deteniéndose, en algún pueblo enjalbegado, podremos oír las canciones y ver los bailes del folklor, cuyos orígenes nadie ha sabido precisar, porque ellos pertenecen a gozos y temores ancestrales. Cataremos, ¿cómo no?, el vinillo de la tierra, supergraduado y purísimo, pues, no en balde, reyes europeos demandábanlo en sus mesas opulentas.

Así, sencillamente, sin tramoyas, carretera adelante… Sin pedir a nadie aderezos prestados. Lanzarote es todavía una vestal que se quema en su propio fuego.

El viajero creerá que esta carretera del Centro se alarga, pero no es así, porque su culebreo le irá mostrando unos paisajes excelsos. Y encima, el sol. Siempre el sol, y el cielo despejado. San Bartolomé, Mozaga, Tao, Tiagua, Tinajo, pueblos blancos como palomas, entre chumberas y palmas.

¡Y Timanfaya, lector! El infierno de Timanfaya sobrecoge, nos enmudece de pura admiración. Todo cuanto alcanza la vista es suelo trágico, extraterrenal, selenita. Es este un paisaje maravillosamente brutal y despiadado. Cráteres y más cráteres, profundas calderas, simas y resquebrajaduras sobre mares de escorias. Pero esto, lector, no es para descrito, sino para visto y sentido. Dejemos, pues, que la Esfinge de Timanfaya descubra a cada cual su secreto. Vale la pena callar.

La carretera sigue desarrollando su cinta: Yaiza, Uga, la Geria de los Vinos… Sólo caminando por esta ruta puede darse a la palabra «magma» todo su alcance. En la historia de la vulcanología no existe cosa parecida. Millones de toneladas de ceniza, sábanas negras que cubren la tierra como mantos funerarios… Diríase que no es posible la vida en semejantes lugares. Pero, hay vida. Hay el sobrehumano tesón de una raza, de una estirpe agrícola, igualmente única en el mundo. En la Geria de los Vinos están los socos semicirculares, de perfecto amurallamiento, que, recostados sobre la negrura del suelo, esconden y protegen a la vid ubérrima. En cada uno de esos miles y miles de simétricos y bellísimos me¬dio brocales hay pámpanos dorados, que cuelgan de la añosa cepa. Esto es cuanto ofrece a los ojos esta marea alta de negruras, sólo comparable al lunático Mar de la Tranquilidad. El viajero se siente náufrago aislado, y piensa naturalmente que en un lugar de la tierra existe lo inaudito.

Hierve el paisaje con los negros mamelones, tachonados invariablemente de fieles higueras o altivas palmeras.

Lanzarote, lector, tiene un no sé qué de misterioso embeleso, tal vez porque su sinfonía pétrea tiende a sonar más allá de nuestros sentidos, sin duda, en algún lugar infinito…

Vamos a recorrer, por último, la ruta Norte de la isla. Los ojos vuelan nuevamente de uno a otro paisaje. En Lanzarote se juega al multipaisaje, como en Capri al multicolor. Entrar en Teguise, la Real, antigua capital de la isla, significa rememorar pasados tiempos.

Coronada por al¬tivo castillo, la Villa de Teguise huele a religión. Sobre el penacho del volcán Guanapay se afirmaron los muros del baluarte medieval que cons¬truyeron los hidalgos. Luego sirvió para que moros y cristianos escribieran épicas escenas de guerra y románticas leyendas de amor.

Teguise, la Real, está sumida siempre en un silencio impresionante. En el cimero castillo no hay más signo de vida que el rumor producido por el lento desmoronarse de los muros heridos de muerte. En los vetustos conventos, el murmullo del viento que cruza por las naves solitarias, o por las espadañas mudas. Sólo pervive la iglesia de San Miguel, alimentada con el recuerdo de su historia y de su propia soledad.

Al salir de Teguise vemos cómo hombres y mujeres laboran sobre bermejos terrones, y allá, a lo último, donde acaba un enorme enarenado, navega una recua de tardos dromedarios. Molinos de viento, molinas de fuego y ermitas con barbacanas y calvarios blancos. El sol es un ascua redonda… Pasamos otros pueblos, cuyas casitas pintorescas parecen sembradas a voleo: Teseguite, el Mojón, Guatiza, Los Valles, Mala y el excepcional oasis de Haría, cuyas palmeras renacen siempre como el Ave Fénix.

Un poco más, hacia el «malpaís», los jameos fantásticos. Hay uno al que los extranjeros llaman «palacio de cristal». Sentado en el luminoso recinto, el visitante habrá de meditar sobre el origen de esta bóveda catedralicia, cuya base no es otra que una mágica laguna. Poco a poco sentiremos que nos invade una extraña emoción. Pensaremos en las fuerzas indescriptibles del fuego y del mar, pues ambos elementos, tras lucha singular, lo crearon. Y para que su atractivo fuese completo, en el fondo de sus aguas viven unos langostinos abisales, sin ojos, que desde hace miles de años se retiraron de los ciegos hondones del mar.

No más allá de un tiro de piedra está la Quesera de Bravo, estola primitiva situada en donde posiblemente tuvieron aldea los aborígenes. El espectáculo va siendo cada vez más impresionante, sobre todo cuando nos acercamos a la entrada de la Cueva de los Verdes.

Se entra por su puerta natural y se sigue por un pasillo entre lastrones de lavas. Se desemboca en un amplio salón, de gran interés arqueológico, por los hallazgos que allí se han hecho, aunque probablemente aparecerán muchos más vestigios prehistóricos cuando los expertos realicen una paciente y sistemática investigación. Nos encontramos ante una angosta garganta, y, al experimentar la emoción del pasaje, descubrimos a nuestros pies una sima profunda, unos diez metros a plomo, que nos muestra en direcciones opuestas las dos grandes galerías de la Cueva. Luego hay más cavernas, algunas de las cuales tienen lagos. No tardará el tiempo en que la Cueva sea abierta de par en par, y como Dios manda, a la curiosidad internacional, pues su trayecto, de casi 3 kilómetros, viene tentando a los espeólogos y curiosos. La andadura de este claustro volcánico ofrece una visión impresionante, porque en él, hace milenios, debió producirse un cataclismo tal vez superior a la bíblica devastación de Sodoma y Gomorra. ¿Cuáles serán las sensaciones, los pensamientos del viajero subterráneo? No saldrá de su asombro al comprobar cómo la catástrofe produjo paredes rectilíneas, y elípticas, y bóvedas ojivales, que se ensanchan y levantan mágicamente, misteriosamente.

Cuando el visitante sale de nuevo a la luz, queda un trayecto por recorrer: la Vista de Guatifay. Esta balconada se convierte en cielo tras la pesadilla de la Cueva. La contemplación del Archipiélago Menor, desde 600 mts. de altura, es una visión realmente extraordinaria, y como abajo las aguas son muy transparentes, las islitas se miran coquetonas en ellas y juegan a esconder y lucir sus encantos. No conozco una sola alma sensible que no quede embargada ante la radiante, luminosa visión de estas islas de ensueño.

El paisaje, en silencio. El sol, en su apogeo. Muy azules el cielo y el mar. Todo en Lanzarote está impregnado de interés y de paz.

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