Pregón de San Ginés 1973

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 POR  FEDERICO MUELAS

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PRÓPOSITO DE PREGÓN PARA UNAS TIERRAS INSÓLITAS

Puesto en trance de pregonar, autorizo a quienes me honraron con el encargo, proscribir mi voz llevada a las cuartillas con la parquedad exigida. Digo esto porque yo no pido para Lanzarote para ese hermoso joyel que España le pone en su descarado escote al Océano, la afluencia masiva de turistas al uso -¡líbrenos el Señor!-, sino, muy al contrario, el cortejo devoto, fiel, que su excepcionalidad pide.

Sí, amigos. Para estas tierras singulares, gentes singulares también, sin temor al exceso en la demanda de la calidad. Acaso fuera buena criba, la del cedazo que aún con tolerancias piden los Simposios, las Bienales, los Congresos. En la Península se benefician de éllos hogares que bajo ningún concepto reúnen las condiciones idóneas de Lanzarote, este viril de custodia arbolado en el extremo último de España y donde la Hermosura – no la Belleza, su delicada hermana menor – está anclada entre los 28º de latitud Norte y los 7º de longitud Oeste del meridiano de San Fernando. Lanzarote o Lancelot, fin geográfico e histórico del caballero bretón maestro de Amadís y Don Quijote según lo quiso Agustín Espinosa autor del Libro del Buen Andar más feliz que de cualquier lugar se haya escrito.

Llamo, pues, pido, a las gentes que saben y sienten. Convoco al geólogo, al etnógrafo, al filólogo, al arqueólogo, al naturalista. A los que saben de tierras, aguas, fuegos, vientos, seres… y a los que llevan sueños al lienzo, a la madera, al metal, a las piedras, al papel, en manchas, líneas, volúmenes, sonidos… y a los que dicen y cantan sin meter sus razones artísticas en excesivo son. Bien me entendéis. Y también al que siente, goza y sufre, embobándose, hasta que se le escapa frente arriba la gaviota negra de las cejas, decorando con su tejaroz sombrío la sorpresa, acentuándola con su vuelo circunflejo. No pedimos, pues, al mostrenco con dinero o divisas, que tanto da, ni al sabihondo de baedecker. Pretendemos conciencias para la siembra de los vilanos específicos de Lanzarote: quien sabe si arenas doradas, altas; quien sabe si verdes innumerables, hondos; quien sabe si ciegas vírgulas vivas, de cristal frágil; quien sabe si trazos en roca protegiendo cepas ubérrimas, frondas fecundas; quien sabe si alfabetos o crestas de lava, fría desde milenios; quien sabe si arenales anchos o tramo negro, blanco, rojo, gris; quien sabe si espuma en flor, flotante, volandera; quien sabe si rúbricas amplias en el prieto libro de la cortada roca; quien sabe si misteriosos monosílabos, bisílabos -Ye, Tao, Soo, Yaiza; Uga-; o un pellizco leve de tirijala; o un sorbo de vino denso; quien sabe si el garabato noble del camello o el silbo de la rapaz implacable sobre la jungla aguda, fría, del Malpaís.

Llamo, convoco, a todos aquellos insatisfechos con lo visto, lo entrevisto, lo leído, lo aprendido, ungidos por este mundo viejo, milenario y a la vez novísimo, inminente; los que preguntan a la roca, al liquen, al resto o la huella en el Mahio o en las Casas del Régulo, en la expresión o en la página. A los que murmuran viejos nombres indagando, auscultando el término: Zonzamas, lco, Faina. A los que se apoyan en el hombre, lazarillo del infeliz, de la leyenda y dicen de Herrera o Argote, de Molina. A quienes se aperciben de folios para escribir ampliamente de Clavijo Fajardo. Miro, nuevamente sobre Naos, -aprendiz de puerto como el Manzanares lo sigue siendo de río-, el solitario de navíos desplegado “en la pizarra circular de su mar de plata, dando al bárbaro Atlántico lecciones de virtuosidad”; al que vacila pensando si el hombre de Lanzarote es el que sigue al camello -general retirado, con sable de madera-, o al que siente la llamada del mar; al que medita frente a la partida de dados Mozaga-Nazaret, que juega el gran personaje tinerfeño viento, y al que medita ante el pastoreo de las chimeneas con ínfulas de Tinajo por la cúpula auténtica de la terraza de Juan Cabrera. Y aún a la mano femenina que quisiera enjoyarse mientras interpreta el misterio en vidrio vivo de las salinas de Janubio sin que la distraiga el “claxon” sobre los crepúsculos -Espinosa—-, de los patos a la hora de comer.

Finalmente, poeta porque lo quiso Dios, convoco a los que miden sílabas con sextante y enhebran metáforas con hilos de fuego devanado en los husos -más de cien- que la isla tiene. Y ellos habrán de recitar el salterio fiel donde el misterio se hizo versículo:

“El gallo rojo escarba las semillas del fuego”
“Es su lengua la aguja de tatuar del incendio”
“Sorprendido en el pulso capricante del magma
oh grana que precede a las noches sin término”.
“Es el narguile mágico que fuman los volcanes”
“Ensarto un estallido de salamandra en celo
que solo incuba montes”…
“Nos catapulta el último barreno
tras un silbante nublo de piedra carbonada”
“Marcha atrás el planeta
rumbo a la soledad virgen del año cero”

Esto escribió Pedro Perdomo al que dejé cinco lustros atrás en las páginas de “HAZ”, cuando soñábamos cosas que ahora están por los desvanes. Los aún queridos desvanes…

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