Pregón de San Ginés 1978

volverPOR  IGNACIO QUINTANA MARRERO

 Ignacio Quintana Marrero-1978

Grande es el honor como grande es la ocasión que me ha deparado el Excmo. Ayuntamiento de Arrecife al designarme pregonero de vuestras fiestas principales. Distinción que agradezco de singular manera a vuestro alcalde. Un honor que indudablemente me hace figurar en la galería de los ilustres pregoneros que me han precedido con tanta gloria como victoria, y una ocasión indesviable para desde esta alta tribuna sentir, decir y cantar las bellezas y virtudes de esta Isla impresionante e incomparable.

Ciertamente que en la sola enunciación del nombre de Lanzarote está el mejor y mayor pregón de sí misma; de aquí que no necesitemos acudir a la legendaria Tite-Roy-Gatra, ni a las teologías del Fuego y del Viento. Como tampoco nos vamos a parar en la peripecia de Zonzama y los idilios de Ruiz de Avendaño con la reina, Fayna, de quien dicen los cronistas que era esbelta como la palmera, y su piel suave como el durazno y dorada como las támaras y el pelo negro como la noche del novilunio. Ni tampoco vamos a hablar de la bellísima leyenda de la rubia princesa lco, dulce y tierna como un verso de Tagore o de Kipling.

Lanzarote es pregón permanente de sí misma, que se hace larga tuba de oro, entorno a las fiestas de San Ginés, santo patrono que aún se refleja en las aguas antiguas del Charco que lleva su nombre y recuerda a Ginés de Castro entre la oscura hagiografía que nos ha bordado la tradición.

¿Por qué no volver a nuestro viejo canto a Lanzarote? ¿Por qué no reavivarlo aquí hoy como exultante himno de vuestras fiestas de Arrecife, capital esplendorosa de Lanzarote? Fue aquel como un poema en prosa –¡oh manes de Ronsard! – en el que pretendí dejar mi primera impresión de la isla, y que, ahora, se alza con su mensaje vocacional, dinamizado por el fuego de sus entrañas antiguas. Y como entonces cantemos que Lanzarote es la isla que una vez visitada ya constituye como un escarabajeo en los recuerdos, porque desde que se llega a ella, se nos adentra, nos hechiza y domina.

Lanzarote tiene el embrujo natural de sus paisajes singulares con una luz extraordinaria que nimba el ambiente de una claridad inusitada. ¡Cómo alumbra el sol en Lanzarote hasta hacer de toda la isla una tierra coruscante, diáfana, que reverbera! Hasta la misma roca calcinada de los volcanes tiene ese brillo mineral e insólito de la piedra que, al hacerse arena movediza, es cristal molturado, cernido por el cansado tamiz de los siglos. Luz cernida por la propia luz, fascinante; luz irisdiscente que dora el vino hasta casi aurificarlo, y da al higo la pulpa carnosa y fresca y al durazno las carnaciones de las frutas mitológicas. Una luz, la de Lanzarote, que se filtra finísima, iluminándolo todo, no sólo lo exterior, como es natural sino que, prodigiosamente, las moradas interiores se sienten, a su vez, iluminadas, viéndose las cosas no quiero decir con lentes de aumento sino con la visión normal. En Lanzarote se ven mejor las cosas. Yo recomendaría a cuantos tuvieron que estudiar problemas, preparar asuntos delicados, meditar sobre lo temporal o lo eterno, que escojan esta isla como la mejor evasión, como torre de marfil para entendérselas con su yo. Este es el milagro del sol en esta isla que nos da una luz gozosa y amorosa, una luz maternal.

Y lo mismo que el ambiente y la tierra, el agua. El agua del mar casi tibia. Intensamente azul, sosegada. Agua del mar de Lanzarote, cariciosa, blanda, con el leve rizo de una espuma breve jugueteando al capricho del aire. Y no es que busquemos la metáfora adrede para cantar la belleza íntegra de la isla, porque toda ella lleva dentro de sí la sorprendente impresión de la novedad. Es una tierra inédita para los ojos del turista que ve constantemente la hermosura sin par de un paisaje siempre cambiante por obra y gracia de una luz que en Lanzarote dice el papel principal. Aquí se da de un modo admirable la percepturitio que Leibnitz apuntaba ante el paisaje no descubierto y del que tanto gustaba hablar el maestro Ortega. Pero en mucho más, porque cada paisaje lanzaroteño se diversifica y pluraliza por el procedimiento de lo maravilloso, siendo uno y distinto durante el día. El milagro inapreciable de la luz a quien debe Lanzarote esa rara calidad en su transparencia, el centelleante claror de sus horizontes, el destello tembloroso de su cielo.

A distancia ya de nuestra visita primera a la isla, donde la natural impresión de momento ha bajado hasta su fondo justo, estamos exentos de exagerar si afirmamos que Lanzarote es la más turística de las Canarias porque la Naturaleza ha sido aquí muy generosa dándole parajes y paisajes indudablemente dignos de ser admirados una y más veces. Prescindiendo incluso de la referencia a lo que específicamente llamamos turismo: hermosas vistas, parajes encantadores, buen clima, cómodo alojamiento, etc., nos daría interés por Lanzarote la indesdeñable observación de la vida de sus habitantes que han llegado, en su amor al trabajo, a obtener el premio a la fecundidad, logrando nuevas tierras sobre las cenizas de las antiguas que calcinaran los volcanes. Ave Fénix de la Agricultura lanzaroteño, ejemplar escuela de abnegación y perseverancia. ¡ Cuán decorosamente podría llevar Lanzarote en su escudo el verso virgiliano: “O fortunatos nimium sua si bona norint agrícolas”, como leyenda que pregonara el milagro moderno de sus hombres que con el esfuerzo continuado y el renovado afán de cada día, se han vengado del volcán haciendo que surja exuberante vegetación de unas tierras requemadas, lávicas y sin tempero.

Es Lanzarote la isla del reposo donde el espíritu encuentra el anhelo sosiego, amable refugio para curar ese mal del siglo que se llama la prisa, la angustia, la depresión, el tedio, el “surmenage” del hombre moderno, cuyo trabajo es constante y sin pausas. La enfermedad del hombre actual que cree descansar cambiando de trabajo y pasa de un quehacer a otro sin darse cuenta de que se está arruinando, rompiéndose, acabándose y que necesita zafarse de la tenaza que le aprisiona; que le es imprescindible deshacerse unas semanas, unos, días del tráfago que nos ahorma, y marcharse fuera. Y este fuera, si se veras quiere buscar sosiego y beatitud, se llama Lanzarote.

Aquí las montañas de Timanfaya, nombre rico de eufonía, lugar casi sagrado, cuyas ardientes entrañas guardan el alma de la isla; y el venero inexplorado del islote de Hilario que sí espera a su Dante para cantarlo, también aguarda el genio que lo haga fecundo hasta granar el milagro de Lanzarote; y el lago del Janubio, impresionante y placentero, con rocas donde la Naturaleza ha construido algo así como bañe¬ras naturales: y la blanca geometría de los salinares como un repetido ajedrez gigantesco: y los «jameos» y la Cueva de los Verdes -ya en espléndida función turística-, singulares y sorprendentes manifestaciones que la brillante pluma de Agustín de la Hoz y el ingenio fecundo de César Manrique recreador de Lanzarote- han universalizado real y verdade¬ramente; y Órzola rupestre y marinera, desde donde hemos visto aflorar el Roque del Este como una catedral sumergida: y el sorprendente mirador de la Batería con el inmenso «río», plácida bahía capaz para abrigar las flotas más diversas; y La Graciosa sin par, blanca, con su Caleta del Sebo, florecida de sombreritos que la Madre Moda ha impuesto en el universo mundo, y Pedro Barba, extrema y dada a la mar con la teoría de sus embarcaciones de nombres arrancados al santoral o sacados de sus partidas de bautismo .

No puede hablarse de Lanzarote, señores, sin que recordemos a La Graciosa, otra isla, sí, pero complemento maravilloso de Lanzarote, floreciendo mar, blanco y dorada, como una Venus, isla del sosiego, del retiro y de la inmensidad. Porque La Graciosa breve, fuerte de sal y encendida de sol, invita al robinsonismo placentero, buscado y querido.

Entre Teguise y Haría -Teguise administrando, Haría amadrinando- está La Graciosa que se siente segura en su soledad aislada, según las meditaciones unamunianas, y se retira dentro de sí misma, siendo perla y concha a la vez.

Y, así, adquiere inmensidad de mar su presencia en la geografía y el visitante goza de la incomparable y deliciosa posesión de un robinsonismo espiritual.

La Graciosa, entre Teguise paternal y Haría maternal. Es un sanatorio para el espíritu, cosa importante sobre la que debieran pensar los que requieren curas de temporales ausencias.

¡Y para qué nombrar los pueblos y caseríos, todos distintos, en cuyas glebas se alza el elemento heráldico de la isla, el dromedario insigne que Agustín Espinosa entrevió con tan felices metáforas, rey de la labranza, menestral de la esperanza, archivo polvoriento de los trabajos de la isla…!.

Cerca de la capital está San Bartolomé que parece como el penacho de Arrecife, una especie de palomar de la ciudad, con arrullos también, con vuelo y con mensaje. Y aparece Tinajo, la capital de los volcanes, donde está la Virgen que lleva este nombre, en una iglesia blanca, sencilla, de una primitivez encantadora, pero que tiene toda la fuerza basilical y catedralicia al evocar anualmente su fiesta fincada en la historia; y Tías con su pequeña capitalidad portuaria, para quien se recabó el nombre de Puerto del Carmen, que sustituyera el otro de nombre no quiero acordarme: y Yaiza-Femés con el grito histórico de Rubicón episcopal, el penacho castrense de Bethencourt y la catedralicia San Marcial; y Haría, blanca y verde, jerosolimitana, feraz y laboriosa, con la coda de Máguez, la escondida y, al otro lado, la sinfonía azul de Arrieta, veraniega y jocunda: y Teguise, la villa por antonomasia con sus reales conventos en los que pervive la memoria de Sancho Herrera y Argote de Molina y sus calles legendarias, en donde se ve necesariamente por todas partes la sombra de Clavijo y Fajardo con la aventura de Beaumarchais del Madrid de 1764 que inmortalizara Goethe, y la del Dr. Alfonso Espínola, cuya memoria está siempre viva, por su sabiduría y su filantropía en tierras uruguayas; y la Geria, sabana arenácea que han fabricado los volcanes y que el ingenio del agricultor lanzaroteño ha reducido. Aquí, en la Geria, es donde el Sol pasa por sus dorados alambiques la uva hasta hacerla malvasía preciosa, tan rica al paladar, y que ha llenado de fama universal el genio de Shakespeare.

Efectivamente, aludiendo al malvasía lanzaroteño, Ieemos en (segunda parte de Enrique IV, acto II escena IV), que mistress Quickly dice a Doll Tearsheet: «… por mi fe, habéis bebido demasiado «canarias», es vino maravillosamente penetrante y que perfuma la sangre…,»

Y en «Noches de Epifanía, o lo que queráis» (acto I, escena III) aparece el siguiente diálogo:
«Sir Tobías: ¡Oh, caballero! Necesitas una copa de vino de Canarias, ¿Cuándo te he visto tan apabullado?
Sir Andrés: -Nunca en la vida, creo: a no ser que me haya apabullado el «canarias».

Escribíamos hace años: « ¿Verdad que Las Palmas debería mostrar públicamente su agradecimiento? Un monumento cualquiera, un busto, por ejemplo, del autor de «Hamlet», en un lugar adecuado de la ciudad, una calle dirían perennemente nuestra gratitud y hablarían siempre del gran propagandista de Canarias.

Mas Lanzarote no habría de quedarse atrás en el homenaje a quien celebró los deliciosos caldos que da la uva –dulce y fragante- que dicen procede de Quío, la isla que se da por lugar natal de Homero.

Y después de esta fugaz visión fílmica de Lanzarote, nos viene la imagen de gran Ciudad progresiva, turística y hospitalaria, Arrecife, que he dejado gentilmente para el final porque sobre todos los pueblos de la isla está ella, como el último verso de un soneto, que diría el gran poeta de esta isla, Mariano Hernández, Arrecife, la ciudad del sosiego, transpa¬rente, rutilante, millonaria de luz, ciudad que parece nacer cada año y que siempre está como si acabara de estrenarse. Ella misma al mar y el mar la acaricia dulcemente, Arrecife, como Venus, ha nacido del mar, y de ahí su espléndida hermosura.

Arrecife, ante quien, como siempre –y más en sus fiestas patronales- todos los pueblos de las islas se rinden para ofrecerle su homenaje, como humildemente le ofrezco yo, el de mi pluma y mi palabra, para las que deseo la perenne imbatibilidad de las fortalezas históricas de Lanzarote.

Y así queda dicho el pregón de las fiestas de San Ginés de Arrecife, capital de la isla pregonera, pregonada del Archipiélago.

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