Pregón de San Ginés 1982

volverPOR  AGUSTÍN MILLARES CANTERO

 Agustín Millares
Ignoro si estas líneas responden a lo que un pregón es y significa, según venerables usos y abusos matusalénicos. No voy a pronunciar la clásica arenga laudatoria ni a incurrir en la perorata huera del panegirista de turno.

Sencillamente, voy a hablar algo de historia. De una historia que tiene que ver con los cimientos de esta ciudad marítima o, si se prefiere, con la génesis de aquel pueblo temeroso del viento africano, «de casas bajas, aplastadas contra la tierra como un hato ovejil bajo la tempestad», según creyó ver en su día el buen caballero andante Agustín Espinosa. Voy a referirles algunos episodios que acontecieron hace mucho más de un siglo, o más de dos en ocasiones, y por los cuales ustedes residen aquí y yo he venido aquí para estar con ustedes.

Arrecife no fue como Las Palmas, Santa Cruz de La Palma o San Sebastián de La Gomera, un enclave portuario nacido al calor de la conquista y que desde ella crece y asume funciones de capitalidad. Arrecife de Lanzarote fue en parte como Santa Cruz de Tenerife y en casi todo como inmediatamente sería el Puerto de Cabras majorero: una resultancia del tráfico mercan¬til, el corolario de un nuevo producto agrícola que absorbe el mercado exterior, una secuela de la coyuntura económica más bonancible que esta isla llegó a conocer hasta el boom turístico, un fruto, en suma, de la burguesía, de una burguesía comercial, por antonomasia que amplió su campo de actividad a otros sectores. Nuestras tres capitalidades decimonónicas, tuvieron que superar serios obstáculos para que se les recono¬ciera en el aspecto político-administrativo la hegemonía que ya ostentaban en el económico. Nada les fue regalado. Se vieron impelidas a barrer con las resistencias que los viejos núcleos feudales del interior, los centros ya anquilosados del antiguo régimen, interpusieron a su arrollador avance: Santa Cruz contra La Laguna, hasta alzarse con el disputado título de capital provincial frente a ella y Las Palmas, Arrecife contra Teguise y Cabras contra Betancuria y La Antigua.

Los orígenes y el desarrollo inicial del Arrecife, como bastión burgués de nueva planta, constituyen uno de los temas más apasionantes y fecundos de cuantos puede el historiador contemporáneo afrontar, hoy por hoy, en este Archipiélago. A caballo entre el XVIII y el XIX, la conformación definitiva de tal emporio pudo generar una dinámica inédita hasta entonces el suelo conejero. Tras aparecer Arrecife, y por virtud de las mismas condiciones que hicieron posible su irrupción, la fisonomía de Lanzarote dejó de parecerse a la que tuviera desde el siglo XV, cuando se la relegó con Fuerteventura al tradicional papel de granero de las islas centrales. Veamos sucintamente el contexto histórico de esta transformación y algunos de los avatares de semejante proceso.

Al principiar la segunda mitad del XVIII, Arrecife es apenas un lugar adscrito a la parroquia de la villa capitalina. La antaño ínsula de los señores, segundo núcleo de población que fundan los normandos en Canarias, centralizaba las activida¬des económicas y la administración señorial interna. En la Teguise de los conventos y del palacio de los primeros marqueses residían la mayor parte de las clases privilegiadas y el cabildo. Las demoledoras incursiones berberiscas habían requerido por fin, como consideró el cremonés Torriani, fortalecer las defensas de la antigua capital con la construcción o mejora de aquellos baluartes protectores que debían servir para repeler los frecuentes ataques piráticos. El eje de los castillos San Gabriel-Guanapay deriva de esa pretensión (inútil pese a todo), de resistir las razzias con que desde Salé o Argel se devolvían las cabalgadas de los Herreras.

Amén de esta función de glacis defensivo de Teguise, corresponde a los inhóspitos parajes costeros, donde después se alzó su creciente localidad competidora, un pronto rol en sus exportaciones agrícolas. Según nos refiere el malogrado Jorge Glas, en 1764 existían unos pocos almacenes en Naos por donde se embarcaban partidas de millo y otros productos hacia las islas centrales, sin una humilde aldehuela allí donde sólo se levantaban algunas chozas de pescadores. A otros de éstos, y a la guarnición de San Gabriel, albergaba el próximo Arrecife, casi despoblado y sin que ningún signo particular vaticinase en apariencia su venturoso porvenir.

En un Compendio anónimo de 1776 leemos que Arrecife, antes «un lugar muy reduzido y como de quinze o veinte vezinos», conoció un rápido crecimiento hasta superar los 300 habitantes. De cualquier forma, la primitiva población que se reunía en torno a la vieja ermita de San Ginés, representaba en aquel entonces muy poco en el ámbito insular en términos demográficos, apenas a la altura de caseríos como Los Valles y Máguez.

Las exportaciones de granos, sandías, sal, pescado seco, pieles y sebo de cabras, lana, piedra de cal, etc., se verificaban tradicionalmente por distintos fondeaderos (Arrieta, Barranco del Agua, las Coloradas o Naos), según la ubicación del promotor del embarque. Ninguna caleta tuvo por entonces, al decir de Alvarez Rixo, el control del comercio insular con las restantes islas, y los peligros de la vertiente oriental forzaban a que los buques zarpasen al punto una vez carenados. Pero en las postrimerías de la centuria, la construcción del moderno castillo de San José (tras de 1779), más la pacificación relativa de la zona al remitir el corso y sus secuelas, permite una ocupación rentable del litoral y un mejor uso de sus latentes condiciones náuticas, enjundiosas sobre todo en una rada como la de Naos dispuesta para los mayores navíos. Así se revalorizó la zona del Arrecife y su contorno, produciéndose un progresivo goteo de pobladores que construyeron nuevas casas, abrieron ventas y tabernas, multiplicaron la construcción de embarcaciones y diéronse a cultivar los terrenos más aptos para la agricultura. En torno al charco de San Ginés fue consolidándose el primitivo Arrecife de calles estrechas y tortuosas, atrayendo cada vez mayor número de personas del medio rural.

La proclamación del libre comercio con las Indias en 1778, ofertó grandes posibilidades económicas al caserío. Además, la independencia de las Trece Colonias anglosajonas americanas permitió la apertura de un importante mercado para nuestra producción vitícola, contraída por las barreras arancelarias que Inglaterra nos impuso y por su interés preferencial por los vinos maderenses. Los buques norteameri¬canos inaugurarán unas relaciones comerciales que se man-tendrían y acrecentarían muy pronto, integrándose en las importantes rutas que unieron a Canarias con Cuba y Puerto Rico. Los caldos de Lanzarote conquistaron entonces un crédito excelente, extendiéndose la vid por Tinajo, Yaiza y otras zonas. Estos vinos se canalizaron a través del Arrecife, en donde también empezaron a fabricarse aguardientes en varias destilerías.

Pocos años después, entre 1787 y 1791, Lanzarote pasó a contar con un efímero ramo de riqueza en las pieles de conejos que, remitidas al Puerto de la Orotava y desde allí a Londres, llegaron a dejar pingües beneficios antes de que Madrid cortase su entrada en el mercado inglés, orientando la exporta¬ción hacia las fábricas nacionales de sombreros con una sustancial caída de sus cotizaciones. No obstante, pese a los perjuicios que ocasionó la política mercantilista gubernamen¬tal sobre materias primas, este fugaz renglón productivo fue, sin duda, muy benefactor. No por nada, los oriundos de la isla reciben desde esas fechas el apodo de «conejero».

Así pues, es la conjunción de una serie de factores de diversa índole lo que fomenta el despegue del Arrecife. Un trasiego marítimo casi permanente dio al joven núcleo una primacía absoluta como artesanía comercial. Mas nada de esto hubiera sido posible sin la intervención de un recurso revolu¬cionario: el cultivo de la barrilla. Gracias a él, el puerto de los años ochenta «se desenvuelve con rapidez de vértigo» en feliz frase de Agustín de la Hoz. Merced a él, y por esas «piedras preciosas» con la industria de la época obtenía sosas y jabones, el cambio se operó en última instancia.

La barrilla se introdujo en tomo a 1752. Viera y Clavijo atribuye al presbítero José García Durán la propagación en Soo de las primeras semillas de la hierba escarchada, indicán¬donos que fue el patrón veneciano Sanqui quien propuso las compras iniciales a los agricultores, que hasta ahí las extirpa¬ban de sus campos por creerlas nocivas para sus cultivos y sin valor alguno. De inmediato, las poderosas casas comerciales de Tenerife y Gran Canaria la buscaron con denuedo barrilla o cofe-cofe con el mismo denuedo con que la perseguían los agentes de las firmas extranjeras.

El ciclo de la barrilla no fue uniforme y estuvo jalonado de altibajos continuos, con agudas oscilaciones de los precios. Un paréntesis óptimo se detecta, sin embargo, entre 1805 y 1815 en función de la crisis bélica del bloque continental napoleóni¬co, al disminuir las remesas barrilleras de Sicilia, Alicante y Murcia en el mercado británico y librarse las Canarias de sus temibles competidoras. A partir de allí, el panorama tornó a ser inestable, aún cuando la diversificación de la demanda (y en especial, de nuevo, las adquisiciones estadounidenses), posibi¬litaría un relativo margen de maniobra a cosecheros y exporta¬dores.

La prosperidad material de una minoría motivó sustancia¬les mejoras que fortalecieron la preponderancia de la estación burguesa. El muelle de Las Cebollas se inaugura el 29 de junio de 1792, durante la visita del obispo Tavira Almazán. Otro obispo, Verdugo, la erige en parroquia independiente en 1798, año en que la Audiencia le concedería su segregación de Teguise en lo administrativo. Consagrado con estos triunfos, el puerto empezó a concentrar servicios a cuentagotas. Ya en 1796 se había establecido el juzgado militar. Luego, al crearse la administración de correos, se le eligió por sede. Vendrían más tarde la administración de reales rentas, la ayudantía de marina y el gobierno militar. Con la historia, real orden do 26 de septiembre de 1847, convirtiéndole en cabecera del partido judicial que reunía a Lanzarote y Fuerteventura, culminó su victoria definitiva. La capital de facto era ya capital de iure.

Ninguna ciudad canaria nació tan de repente ni se expansionó a un ritmo tan trepidante como Arrecife d Lanzarote. En apenas veinticinco años, de 1776 a 1802, pasó de 318 a 1.393 habitantes: cuadruplicándose la población durante esta primera etapa de su acontecer, al despuntar las exportaciones barrilleras e irrumpir las corrientes migratorias interiores y el flujo de naturales de Tenerife, Gran Canaria y otras islas. Es el período en el que surge la microciudad marinera, sin más agregado que el apéndice rural del caserío de Argana, el cual alcanzó su cénit en el segundo decenio del siglo. Ya en 1830 se llegó a las 2.351 almas y en 1834 a las 2.837, cifra record que no se superará hasta finales del XIX.

Sorprende sobremanera el tono cosmopolita que el Arreci¬fe nos ofrece enseguida. Un enjambre variopinto de extranjeros se instaló en él, convirtiéndose en la espina dorsal de su clase dominante, de su élite política. La primera oleada parece proceder del Mediterráneo. Malta fue la cuna del pionero Francisco Lubary. De Génova llegaron Santiago Barón y Juan Bautista Arata, seguidos de José Maynero y Agustín Ramela. De Livorno lo hizo Antonio Grafiña; de Gibraltar, José Francisco Fayot y de Sicilia, Mariano Stinga. Tras ellos se sitúan los portugueses de la Madera, como el hidalgo de ascendencia malagueña Policarpo de Medinilla y Ordoñez, Antonio Espinosa de la Cámara y vía Tenerife el alcalde Manuel J. Álvarez exponentes de unos vínculos ya centenarios y de gran relieve. Luego, los cualificados inmigrantes del área británica, testimonio de la denominación de ese Reino Unido volcado en plena aventura de la revolución industrial: Ricardo Rowlinson, Jorge Sanders, Carlos Baker, el vicecónsul King, el doctor Tomás J. James y los celebrados irlandeses Rodrigo Rearden y Guillermo Topham. La nómina, por último, acaba con un grupo de franceses de menor entidad.

Claro que este aporte exterior se amplía con peninsulares de distintas procedencias. Así, los catalanes Joaquín Ballester y el gran Manuel Coll y Brull, el gallego Patricio Melles, el hacendado gaditano Pedro Suárez, José Domínguez Aldana, Julián Gómez y una docena de militares y funcionarios entre los que se incluyen el comandante de artillería Nicolás Montes y el administrador de la Real Hacienda Tomás Recio.

Semejante aluvión foráneo se complementa con el movi¬miento migratorio autóctono. El goteo continuo de tinerfeños, grancanarios, majoreros, palmeros y demás, es lógica conse¬cuencia del poder de atracción que ejerce Arrecife y de las conexiones y posibilidades que generó la barrilla. En Garachi¬co nació el capitán Luís Cabrera Rodríguez, progenitor de los munícipes arrecifeños Lorenzo, Luís y Miguel Cabrera López. En este sentido, la participación tinerfeña en este primer Arrecife nos presenta un cariz multicolor. El puerto y la villa de la Orotava, el propio Garachico, Santa Cruz o La Laguna, suministrarían comerciantes como Aguilar y Leal, Bartolomé Arroyo, Agustín González Feo, Fernando Pereyra y Domingo Martinón, socio y concuño de Topham; navieros como Luna Padrón y González Bermúdez; hacendados como el lagunero Lara; patrones navales y multitud de carpinteros, plateros, albañiles, pescadores, etc. Lo mismo sucede en relación con La Palma, pese al predominio de artesanos y hombres de mar. Grancanarios serían los negociantes Francisco Rodríguez Soco, Manuel Quevedo y José Antonio Reyes, entre otros individuos dignos de mención.

Arrecife no es, ciertamente, la única plaza canaria en donde el carácter de crisol étnico y cultural se patentiza con fuerza, pero en ella es quizá más acusado este rasgo que en ninguna otra verificarse en un lapso menor de tiempo y con mayor intensidad. Al fin, la burguesía arrecifeña se conformó sobre todo a partir de estos elementos foráneos que remozarían su urbanismo con la edificación o reedificación de viviendas, almacenes o lonjas; que construirían goletas y bergantines para cubrir la carrera de Cádiz o La Habana; que acabarían por adquirir parcelas en otros municipios hasta convertirse en multifundistas con rentas cuantiosas. A su lado se produjo, obviamente, un fortalecimiento de la burguesía local por puro mimetismo. El Arrecife se convirtió en un hervidero de hombres ilusionados con enriquecerse cuanto antes, siempre dispuestos a invertir, vender, comprar o arrendar, de los que a la postre saldría otro conjunto de patricios que, como Ginés de Castro o Gerardo Morales, participaron también en el control de la flamante villa costera, estimulando la producción y el intercambio de bienes, mientras la lluvia dineraria cayó en sus bolsillos.

La época dorada de la que se llamó (no sin eufemismo) Venecia de Canarias, finiquitó desde mediados de los años, treinta en adelante, al irse agudizando la depreciación de la barrilla en los mercados extranjeros. Ni la construcción naval, ni la destilación de aguardientes, ni la embrionaria industria pesquera y de salazones, fueron capaces de servir de soporte al vecindario, de mantener el alza poblacional. Los capitales acumulados afluían sobre todo del comercio barrillero, y al hundirse éste, el andamiaje económico del Arrecife se desmo¬ronó como un castillo de naipes. Los años calamitosos se sucederán sin paliativo, con el trágico ciclo de sequía, malas cosechas y hambrunas catastróficas. La emigración se dejó sentir con sus fatales secuelas de diverso orden. El bache demográfico es profundo: en 1845 se recogen 1.571 habitan¬tes, con un brutal retroceso hasta los niveles conquistados cuarenta años atrás. El puerto de la barrilla agonizaba sin remedio. Su esplendor había descansado sobre unos pilares de extremada fragilidad que se agrietaron repetidas veces antes de desmoronarse. La burguesía y lo más favorecido de entre las clases medias pudo resistir. Otros sobrevivieron a duras penas. El pueblo llano, como siempre, se vio ante la disyuntiva de irse a América en busca del sustento o nutrir la nube de mendigos que se cernió sobre sus calles y plazas.

Así terminó con los estertores de una espantosa crisis, la infancia arrecifeña. Su juventud vendría ligada a otro cultivo, la cochinilla, pero esa es ya otra historia que deberá contarse en su lugar. Si de extraer una moraleja se trata, es evidente que, tarde o temprano, resulta negativo depender de una sola apoyatura o auparse en demasía sobre ella. El capital comercial promovió una microciudad burguesa fundamentada en una economía exportadora que auspició coyunturalmente sectores complementarios -agrícolas, transportes y comunicaciones, pesca-, sin conseguir, empero, una estructura armónica integrada, más productiva que especulativa. Que extraigan el aquí las lecciones oportunas quienes sólo piensan en términos de rápida y fácil rentabilidad, los que están dispuestos a una hipoteca del mañana por esa torpe y suicida devoción excluyente hacia el escaparete. No es bueno dejarse encandilar por los destellos de una luz que oscila y se apaga muy a menudo. En ese error se incurrió ya una vez y los arrecifeños de hoy sabrán obrar en consecuencia.

El historiador se felicita que algo de la personalidad de ese primitivo Arrecife se intente mantener o rescatar, para legado con el decoro imprescindible a las generaciones futuras. Por estas latitudes estamos hartos de sufrir la implacable voracidad destructora de la especulación urbana, testigos importantes del asesinato de una idiosincrasia sin suficientes defensores. Un mayor conocimiento del pasado nos haría más respetuosos con tantos vestigios dignos de perdurar, por lo que me atrevo a encarecer la pronta ordenación del archivo municipal, por ventura uno de los mejores dotados de la región. Ya que en esta isla es un dogma mantener las tradiciones y el buen gusto, sépase que no se ha de pensar primero en el que visita que en el que habita, recuérdese que no todo lo que hay que conservar y proteger tiene que ser, a priori, pieza de museo o atracción turística puntualmente indicada en el correspon¬diente folleto de agencia. Hay cosas que no pueden tasarse siquiera en petrodólares.

Permítanme ahora que termine con una rápida pincelada de carácter personal, íntimo. No logro sustraerme a los recuerdos ni hacer tabla rasa de las emociones más sentidas.

En 1929 llegó a este puerto un humilde catedrático de literatura de nombre Juan. Era mi abuelo paterno, quien tras brevísimo tránsito retornó a la isla que lo vio nacer. Años más tarde se afincó en Naos un capitán de marina llamado Pedro, a la sazón nieto de un comerciante sevillano que casualmente inició en esta urbe su andadura isleña, antes de establecerse de forma definitiva en Las Palmas. Era mi abuelo materno. Uno y otro coincidiría aquí cuando, a raíz de la trágica contienda de 1936, el padre del que habla fue desterrado a Lanzarote y tras él vinieron solícitos los suyos a compartir su suerte.

Nada extraño resulta, pues, que el hijo de este hombre y el nieto de aquellos otros se haya interesado por la historia de Arrecife, hasta el punto de sentir por ella una atracción irrefrenable, una obsesión casi patológica. Multitud de apelli¬dos tenían para mí un aire de familia desde la infancia, antes de encontrarme con sus antecesores en los amarillentos legajos de un archivo, bien en una relación de contribuyentes, ya en los protocolos notariales, ora en un padrón vecinal. Conocía el escenario por decenas de anécdotas que los míos solían relatarme una y otra vez; y así, participaba con mi madre en sus temerarias correrías por el castillo de San José, o me alineaba junto a mi padre en las filas del celebérrimo Gimnástico, hasta ganar una liga futbolística sui géneris de grata recordación.

Sí, siempre he sentido a Arrecife muy cerca, muy dentro. Desde que tuve ocasión, mi curiosidad me llevó al estudio de su pasado y descubrí con asombro su enorme interés, su ingente riqueza. La investigación histórica de hoy es algo muy complejo y toda cuestión de envergadura exige el concurso de varios historiógrafos que esta ciudad va a tener a buen seguro. Créanme que trabajaré con ilusión porque así sea. De alguna forma yo también soy un arrecifeño.

Hace muy poco, el poeta Millares Sall sintió urgencia de reconocer públicamente que Arrecife había sido para él «un remanso de paz» en las circunstancias terribles de la guerra civil, de las torturas, los encierros y las desapariciones. En medio de aquel mundo macabro, tuvo la fortuna de ir a parar a una población en donde, como norma, se rendía culto a una amistad que estaba por encima de antagonismos políticos, e imperaba por ley (salvo lamentables excepciones de rigor) la tolerancia y el respeto frente a la infernal dialéctica de los puños y las pistolas.

Quiero rendir tributo a ese Arrecife entrañable que abrió sus puertas generoso a bastantes canarios, y no canarios, en momentos difíciles de sus vidas. Quiero expresar mi admira¬ción ante este gesto noble, liberal, caballeroso, solidario. El Arrecife de la amistad, el Arrecife de la concordia, ha de sobrevivir a cualquier precio, contra viento y marea, erguido frente a tanta vileza habida y por haber, como testimonio irrefutable de la nobleza humana en estas islas. Dentro de varios siglos, nuestros historiadores dirán a sus coetáneos que así era Arrecife, que así siguió siendo. Sucederá como les digo. No me equivocaré. Estoy seguro.

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