Pregón de San Ginés 1983

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 POR  PEDRO GUERRA CABRERA

 1983-Pedro Guerra Cabrera

“El efecto de la Isla es la necesidad de abandonarla forzosamente a la hora en que debemos partir”

Aun a riesgo de provocar la confusión de ustedes, un servidor ha de confesarles que pese a haber tenido en distintas ocasiones y lugares el honor de ser pregonero, todavía no sé con exactitud en qué consiste este asunto de pregonar.

Se me antoja que el anuncio más o menos pomposo de la fiesta, sería volver a la vieja usanza de los pregoneros a caballo, convertida en costumbre de obligado cumplimiento que el pueblo agradecía, al no existir en esa época de capa y espada, los medios de comunicación de masas que han convertido la información en un hecho habitual.

Situado en el trance de ejercer el oficio de pregonero de a pie, se me ocurre argüir, aunque parezca una perogrullada, que considero impertinente referirme al marco lúdico-religioso-profano de la fiesta de San Ginés. ¿Qué puedo decirles yo, que ustedes no sepan con más puntualidad y abundancia?

Permítanme, pues, señoras y señores, la petulancia de una aventura tangencial, mediante la que hablaré durante unos minutos, de una de las fiestas más gratas de mi espíritu… las ensoñaciones y pensamientos nacidos de mis fugaces contactos con Lanzarote, esta isla maravillosa y única, elegida por los milagros para adquirir carta de naturaleza ..

Antes quiero agradecer la invitación y la audiencia que me honran y además me conceden el gozo de soñar y reflexionar en voz alta.

En esta tesitura de confidencias a viva voz, empezaré recitando un tríptico de sonetos, en los que brindo a modo de síntesis, la fascinante experiencia acumulada de Lanzarote por mis sentidos, en el fondo de mi intimidad.

Sonetos de Lanzarote

I

Turgencia de Janubio, sal varada,
esplendidez de mar disminuida,
densidades de espuma detenida,
donaire de gaviota triturada.

Centímetro a centímetro está ornada
de febriles quimeras en crecida.
Es inútil buscarle la cabida
para adornar de sueños su vaguada.

Una rueca de adarce, otra de olas,
hilan en su faldón de caracolas
albores que dan celo a los jazmines.

Ella se sabe insólita entre aguas
y sumerge el candil de sus enaguas
mientras la piropean los delfines.

II

Graciosa por la flor de la utopía
anclada en su costado a barlovento.
El escote un fluir, tímido tiento
de un río que no es río todavía.

Yo la siento mujer, mujer bravía,
una alegranza sola por contento
y las bocas de Hilario a fuego lento
dorándole en el vientre la sequía.

Morena por mil soles en jauría,
novia de los volcanes y del viento,
la más ardiente de la tierra mía,

mujer en plenitud, así la siento
aunque deba pensarla geología
y tenga que enterrarme el pensamiento.

III

Desde Fariones a La Pechiguera
entre ambas puntas sobra el estrambote.
Poco puedo ofrecerte, Lanzarote,
que ya con mi esperanza no te diera.

Poco puedo ofrecerte que no fuera
la voluntad de darte como dote
las redes de mi aliento en cada islote
y el barco de mi amor para ti entera.

Camino las angustias de tus hombres,
las sílabas austeras de tus nombres,
tu febril desafío de titanes,

y por pulir mi temple en esta andanza
me planto en la bravura y la pujanza
que colma el corazón de tus afanes.

Ciertamente, planto en la bravura y la pujanza. Creo con Morales Padrón, que en Canarias es imposible hablar del hombre escamoteando la naturaleza, hasta el punto de que la geografía es resolutoria en la vida del canario.

Nadie pone en duda los desequilibrios y contrastes provocados por las diferencias de suelo y clima…

Mientras el canario de las tierras verdes ha dispuesto de amplias posibilidades de subsistencia, el de los mal países y tierras blancas apenas ha tenido opciones. Cuando el cariz geográfico se le ha puesto difícil, hasta el extremo de que todas las acciones para transformarlo han sido vanas, la única salida a la crisis fue el rechazo del propio paisaje y la búsqueda en otras orillas, de la tierra, de promisión.

Por esta razón el canario es como tierra que anda, la tierra caminando hacia el poniente, con el rastro de América, más tarde de Europa, en cada surco del alma, en cada arruga del sueño. La emigración, una de nuestras constantes históricas, es el proyecto que hemos guardado los canarios en el arcón de nuestras urgencias inaplazables.

Me parece insolente insistir en un tema que ustedes han sufrido en llaga viva. Por otra parte, no iba yo por este camino sino todo lo contrario. Trato de recordar con ternura a los hombres y mujeres de Lanzarote, que viéndose acuciados por la indigencia, y anticipándose a uno de los temas más dramáticos de las pinturas negras de Goya, decidieron enterrarse los pie en sus baldíos y darse palos con la adversidad.

La isla, un espejo

De una lección análoga de dignidad y hombría, dio cuenta a su modo Miguel Hernández cuando dijo que «nunca medraron los bueyes en los páramos de España».

Díganme ustedes si no es de una frivolidad desconcertante, que se nos llame afortunados.

No sé si el adjetivo es producto del espejismo o de la crueldad. Supongo que de las dos cosas. En cualquier caso hay responder a esta lisonja, que aquí la tierra escuece y que el hombre aprende aquí que Dios es duro.

Lanzarote está en las antípodas de los pueblos que conocen los frutos por el tacto. Esta isla es un espejo de agonías donde los pájaros se lavan en los jables y el júbilo de una gota de agua es casi siempre un sueño a contraluz…

Nos empeñamos en buscar a los héroes en los mitos, en las creencias e ideologías, en las epopeyas de los leviathanes, en los catálogos del Hit-Parade, en las medallas de oro de los grandes acontecimientos del deporte, en los paraísos donde los juncos juegan con los arroyos y el hombre se emborracha de riqueza, y olvidamos que la dinámica del progreso se apoya en los héroes anónimos que construyen el presente y el futuro cuesta arriba. Algún día sucederá lo que profetizó Fernando García Ramos

Sin asomo de adulación, yo les digo, hombres y mujeres de Lanzarote, que quien viendo no les mire y quien oiga y no les entienda, mal sabrá nunca lo que son hazañas ni lo que son héroes. Se lo digo a ustedes que tienden y renuevan hectómetros de jables para aplacar la sequía; a ustedes que rastrean los malpaíses buscando donde sembrar una cepa; a ustedes que luchan contra los colmillos del viento multiplicando hoyos y paredes en llanos y laderas; a ustedes, que han de sortear chilabas y turbantes para pescar una sardina.

Los que quieran licenciarse en sociología del coraje, que vengan a La Geria a aprender lo que es sudor petrificado. La Geria es, sin duda, la geometría colosal del tesón puesta al servicio de la supervivencia.

Necrópolis de Zonzamas

EI pregonero continúa pregonando su fiesta particular, y se va con Machado sonando caminos de la tarde, por la isla que fue y que es.

Es cierto. Hay una isla de Lanzarote que dejó de ser por no poder seguir siendo como era. Me refiero al Rubicón normando de Yaiza, a la melancolía de Femés, a la torre del águila recibiendo a plomo los azafranes del crepúsculo.

También a Zonzamas, prehistoria que se desnuda ante la mirada vigilante de lanzaroteños como don Juan Brito, o el propio alcalde de Arrecife, José María Espino, hombres de exquisita sensibilidad para el reencuentro con el pasado.

Uno imagina en Zonzamas al espectro de Ico rondando la necrópolis que yace bajo tierra, no se sabe dónde.

Lanzarote que fue: trajín de molinos que hoy levantan sus aspas para triturar soledades y silencios.

Lanzarote del mojón, alfarera de milanas y porrones, la que recitaba santiguados y forraba los quesos con almagre.

Lanzarote de Mala y Guatiza, cabalgando sus prósperos chumberas.

Lanzarote de Tiagua, donde un obispo, que Dios le perdone aseguró a la gente que el castigo del volcán había sido la consecuencia de no haber pagado los diezmos.

Era otra isla la de Tahiche, con su dulzor de brevas negras en la romería de Santiago, o la de Teguise, con Guanapay cercado de piratas y el tiempo aprisionado entre muros conventuales. De esa isla que paulatinamente ha dejado de ser, sólo quedan jirones y símbolos. Unos de éstos es el dromedario. Gran filósofo y gran poeta este rumiador de ensoñaciones que ha sido capaz de entenderse con el campesino de la mano en la manera que se ilusiona de simientes en los, surcos resecos.

Con el dromedario que tira del arado en los baldíos, vuelve el leitmotiv de los contrastes. Seria insólito toparse en Lanzarote con un rebaño de vacas lustrosas. La vaca, alegoría de la fecundidad, supone la existencia previa del pastizal. Donde está la vaca está la hierba, el verdor ecuménico, el cromatismo gratificante del trébol, la alfalfa y la amapola.

Ya casi no quedan dromedarios en la isla; poco más de los que han pasado del sector agrícola al turístico; para divertimento del visitante, en una reconversión excelente. Pero, por favor, no carguen a estos dromedarios de geranios rojos. Me parece una incongruencia verlos como floridas primaveras bamboleantes. La única flor que rima con esta montaña rusa que se desplaza lenta¬mente por la isla, es la flor del cardo, flor áspera y sin aroma, una herida abierta más que una flor.

Jirones y símbolos del Lanzarote que se fue. El de la cruz de Mancha Blanca; el de la Vegueta de los delirios del tabaco y los sopores señoriales de las tacitas de caldo de gallina; el de los vestigios patriarcales de San Bartolomé: una molina desvencijada, la casona del «Tío Sebastián», último hidalgo de una serie de hidalgos, muerto pobre por ocurrírsele hacer la caridad que no hicieron todos sus antepasados juntos.

Equidistante de este Lanzarote que se fue hay otro que subiste mostrando la identidad de su convulso nacimiento: Tinguatón, condenado a llevar en la cintura un cilicio de cinco cráteres y Timanfaya, gigantesco erizo de piedra quemada, naturaleza muerta, primavera de luto.

Aquí no hay árboles, ni flores, ni trinos. Si acaso, el severo maquillaje de algún euforbio perdido.

La contemplación de Timanfaya borra el pensamiento y hace vibrar la retina como un yunque sonoro, mientras el corazón se queda desnudo y retirado.

En esta herrumbre ennegrecida de volcanes, sólo se respiraron el alma.

También la identidad al norte, en la Corona, pura quijada vacía, la que dio sus huellas a los líquenes para que la vistieran de amarillo.

Tristeza en el adiós

En este juego de soñar y pensar en voz alta, las palabras rebotaban recuerdos entrañables. Por ejemplo, las subidas al Mirador del Río de las que se vuelve con nostalgia de mirar hacia atrás. Hace unos días decía en la octava isla, que estoy convencido del corazón de juglar que ocultaba Juan de Bethencourt debajo de su armadura de conquistador. Ello explica que entrara en estos mares piropeando… : ¡Alegranza!, ¡Graciosa! Eran piropos merecidos. Te asomas al cantil del Río y lo compruebas: están ancladas la gracia y la alegría.

Sucede, señoras y señores, que Lanzarote no tiene más que un defecto: la necesidad de abandonarla a la hora en que forzosamente debemos partir.

Otra cosa sería si uno pudiera llevarse los Jameos sobre los hombros: su genio telúrico, su policromía sorprendente, su lenguaje ¬virgen, su «grito de pureza», expresión feliz de mi amigo Marcial, el hombre que tiene la suerte de cuidar estos santuarios increíbles.

Allí donde está el misterio está también la leyenda.

Los Jameos, cómo no, tienen la suya, expiatoria como casi las leyendas cristianas.

Dicen que una muchacha de Haría, rompiendo todos los cánones de su época se enamoró de un infiel, grave pecado de fondo y forma. Los amantes se escondieron en el Jameo del Agua. El romance, por extemporáneo y valeroso, es digno de figurar en una antología romántica de la libertad.

Es una pena que la leyenda hermosa por su disonancia y rebeldía, acabe con ese acento condenatorio que pone la teología sobre las pasiones humanas: la pecadora desapareció para siempre en las aguas del Jameo y el berberisco pagó su culpa peregrinando descalzo sobre el “Malpei”.

No cabe duda de que los cánones son las antítesis de la poesía.

Vaya por donde, amigo Marcial, pudiera ser el espíritu reencarnado de la muchacha de Haría, ese grito de pureza que florece a media noche, como un sollozo de luz blanca, en los cac¬tus del Jameo.

Nostalgia de mirar hacia atrás; deseo de revivir la identidad que traslucen los nombres de Lanzarote…:

Yé, cumbrero, distante, aquella estrofa de Lope, sobre Famara: «A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan mis pensamientos».

Haría, isla en el aire, surtidor de frescura, palmeras multiplicando pabellones de sombras.

Sobre arenales, Güime oliendo a melón maduro.

Arrieta, gaviota dormida al pie del agua.

Órzola, pórtico de las islas minúsculas.
Uga, berberisca y luchadora, el terrero de Joaquín Rodríguez rodeado de minaretes blancos.

Soo, oasis de sandías entre dos San Juanes.

Tinajo, miniatura bizantina, compendio natural y plástico de focas blancas y entresuelos verdes, como definiera Quevedo a las cebollas.

Caminos de Lanzarote

Y entre otros muchos nombres, metálicos y austeros, el de Máguez. Algún día vendré por Navidad a saborear sus papas tempranas.

Pero tampoco puede uno emborracharse de nostalgias. Es preciso seguir adelante, y heme aquí en el cruce de los cuatro caminos de Mozaga, dudando cuál tomar para llegar a la fiesta de Arrecife. En realidad, todos los caminos conducen al Charco de San Ginés. Pero hay unos que se detienen de pronto, como meditando. Caminos que empezaron a andar y se detuvieron para siempre, aguardando no se sabe qué.

Aquí, en Lanzarote, como en todas partes, hay caminos para caminar y caminos que nos caminan. Caminos que sirven para llegar a un sitio determinado y caminos que no llegan a ninguna parte. Por desgracia, los primeros van sustituyendo cada vez más a los segundos.

El ritmo actual del tiempo entre los hombres no es propicio al pasear. Todos tenemos prisa. Muchas veces ni siquiera sabemos por qué ni para qué; pero tenemos prisa.

Yo, que excepcionalmente no tenía en Mozaga, ninguna, decidí elegir por el viejo sistema del «tin marín de los pingüelos», y se tocó seguir por el camino de Tías.

El agua está a un paso de mis pasos.

Toco la arena todavía tibia de la playa de Los Cuchillos, y me parece palpar el suave cuerpo desnudo de una mujer.

A esa hora de la tarde, cuando las gaviotas ya no son gaviotas sino torpes andariegas del médano, caí en la cuenta de que la tierra adentro de Lanzarote parece de otra galaxia si se compara con la de los polígonos turísticos del litoral.

El bikini y el top-Iess abarrotan los tornasoles rubios de la costa y el azul semáforo de las piscinas.

Lo cierto es que la gente que monta sobre angarillas y se cubre con sombreras, dice que ese mundo costero es otro mundo.

La gente del interior se siente descentrada en esta vorágine de bungalows, discotecas a go-gó, naturismo a medias, y esa manía de cocinarse la piel y pasar en menos de lo que canta un gallo, del blancor de las salinas al rojo de los tomates de Mácher.

El descargo de esta entrañable miopía rural, hay que decir que también hay intelectuales de la urbe que no sienten ningún rubor al denunciar las depredaciones que se están llevando cabo en algunos lugares de Canarias, auténticos atentados contra el paisaje y la naturaleza.

César Manrique: un cantar

Lanzarote es otro cantar. Puede ser por el momento un modelo de desarrollo turístico a seguir. De la mano de ese hombre singular que se llama César Manrique, se han conjugado magistralmente en la isla, las exigencias connaturales a la expansión económica y el respeto insobornable a los valores autóctonos.

César Manrique y Lanzarote: tanto monta, monta tanto. Me atrevo a decir de este artista universal, que pareciera como si hubiese tomado de su nombre lo que encierra de vitalidad, fuerza de expresión y energía creadora, y de su apellido lo que arrastra de lirismo y ternura, para con estos elementos y a través de una dialéctica sui géneris, rematar una síntesis. Esa síntesis es al menos yo lo creo así, la imagen equilibrada y hermosa de la actual Lanzarote.

A título personal hago uso de la representación que ostento como presidente del Parlamento de Canarias, para agradecer al artista su inestimable y precioso legado.

Señoras y señores: digan lo que digan los poetas, las islas son inexorablemente porciones de tierra rodeadas de agua todas partes.

No puedo, pues, terminar mis palabras sin referirme al mar «ese viejo camarada de infancia», como lo definiera Tomás Morales.

En cierta ocasión leí de Luís Álvarez Cruz, que no se había logrado distinguir con claridad, qué es lo más bello en el mar que rodea nuestras islas, si la leyenda o la historia. ¬Yo pienso que lo más bello es, simplemente, el mar.

La leyenda y la historia no existían cuando ya el mar estaba extenuado de tanto guardar para el homo sapiens, fresco, estelas, alimento, más allá.

Si alguna mancha tiene este inmenso azul hermosísimo, esa mancha es obra de la ambición, el egoísmo o la locura de los hombres.

Antes que Rousseau insistiera en la bondad natural del ser humano, Hobbes había puesto sobre el tapete el lobo insaciable que el hombre lleva escondido en su intimidad.

El mar no acaricia ni muerde como dicen los románticos de los plenilunios. El que lo hace es el hombre, siempre el hombre. Ahora mismo, Lanzarote vive momentos muy difíciles de cara al mar.

Ahora mismo, el pueblo de Lanzarote necesita la más firme solidaridad de todos: Gobierno Central y Comunidad Autónoma canaria. Y digo esto, no desde el dolce far niente de un platónico amor de verano, sino desde la fraternidad responsable que tiene que unirnos a todos los que ostentamos la condición política de canarios y de españoles.

Autonomía es respeto incondicional a la Constitución y a la supremacía jurídica del Estado.

Pero autonomía es también igualdad y solidaridad.
En estas horas difíciles, Lanzarote necesita que esa igualdad y esa solidaridad deje de ser una buena intención para pasar a ser hechos palpables y constatados.

Como dijo Pedro García Cabrera … :

«Algo puede fallamos
pero no los embates
en que nos transmitimos
las ondas que nos ponen en las manos
idénticos pedazos de esperanza».

Participación festera

Sin embargo, la vida sigue, tiene que seguir, y el veinticinco de agosto está a la vuelta de la esquina, con su carrusel de secuencias tradicionales y su costumbre de situar brevemente bastidores los problemas cotidianos.

Hay quienes se quedan en la epidermis de la fiesta: Su lado frívolo.

Otros reducen el marco de la fiesta a sus aspectos religiosos. La fiesta es ambas cosas, y necesariamente, mucho más. En primer término, un modo de expresión de cultura, entendiendo por este concepto las representaciones colectivas de la comunidad.

En segundo lugar, la fiesta es un medio de ejercer desde el ocio, el derecho del pueblo soberano a la máxima participa en libertad.

Cultura y participación son, o al menos deben ser, los valores res más representativos de la fiesta, al menos desde su dimensión lúdica y profana.

No sé si el San Ginés cuya fiesta pregono es el que, según el santoral, fue comediante en Roma, antes que santo, o si es el que, antes de subir a los altares, ejerció de notario público en Arlés.

Realmente no he querido desvelar la disyuntiva. De este modo, al tiempo que imagino un San Ginés predispuesto a revivir durante unos días su condición de primer actor, arropado por su gente, acudo al otro San Ginés, el fedatario público, para que se disponga a levantar acta de lo que estoy seguro que será una noble manifestación colectiva del pueblo de Arrecife y de toda Lanzarote.

Para terminar, San Ginés me va a permitir que le copie una frase que el dedicó a Jesús de Nazaret, y que yo quiero dedicar a esta isla, muy querida por mí: “Aunque me matéis mil veces, no podréis arrancármela de los labios, ni del corazón”.

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