Pregón de San Ginés 1986

volverPOR  ANTONIO TEJERA GASPAR

Antonio Tejera Gaspar Ilmo. Sr. Alcalde.
Dignísimas autoridades.
Señoras y Señores.

Mi persona ha sido nominada por expreso deseo del Sr. Alcalde, mi buen amigo D. José María Espino, para ser pregonero de estas fiestas de San Ginés 1986. Yo quisiera ser en ellas un pregonero en el preciso y antiguo sentido de la palabra, para comunicar a todos los habitantes de Arrecife y de la isla entera una serie de hechos relacionados con su historia, con su pasado y, en definitiva, con su identidad como lanzaroteños y como canarios.

Y ser pregonero además a la manera tradicional, como lo hacían aquellos viejos voceros de las ciudades españolas, para transmitir esas nuevas a todos y cada uno de los vecinos de la ciudad y de la isla, para que entre todos podamos conocer y amar nuestro pasado.

En estos días en los que por razones de trabajo, en San Marcial del Rubicón, me encuentro en un constante diálogo con esas viejas piedras de la historia, de la más vieja y la más moderna historia de esta isla, quisiera revivirlo también con Ustedes, para que entre todos, ese diálogo sirva no sólo como forma de culto respetuoso al pasado muerto, sino como una forma viva para la compresión del presente y, asimismo, como esperanza de futuro. Esas piedras de Rubicón en el Sur de la isla, enmudecidas hoy por el tiempo, son el testimonio perenne del encuentro de dos historias diferentes, de dos modos de ser distintos; en definitiva de dos maneras de comportarse ante la vida. Son el testimonio fiel de un encuentro difícil, complejo, traumatizante incluso para todos los que en él intervinieron, pero si desde nuestra perspectiva actual somos capaces de hacer un esfuerzo de compresión de ese difícil diálogo entre dos historias diferentes del pasado, como lo hacemos con nuestro interlocutor, es posible incluso que aquél recuerdo, nos sirva como punto de referencia constante para entender la necesidad del diálogo y del encuentro como norma para el futuro devenir de nuestra historia.

Cuando en fechas también veraniegas del año 1402, los normandos llegan a la isla de Lanzarote, la Titerogakaet o Titeroygatra, según las diferentes versiones, la vida con que se encontraron era muy diferente a la suya y a la que conocieron en su país de origen. Y desde el momento en que se produce ese encuentro, la vida ya no será igual para ninguno porque irá lentamente transformándose y la isla irá sintiendo en su paisaje las improntas de otra gente, de otras formas de ser, pensar, vivir, organizarse, defenderse, creer….

Y la primera historia de la isla, tanto la de los majos como la de los recién llegados fue una historia por la supervivencia. Por la búsqueda del agua y del alimento primario. Es la historia de una lucha continua contra un medio y contra un paisaje, muchas veces hostil; pero el pregonero no pretende pregonar, porque no la sabe, ni es el caso, toda la historia de Lanzarote, sino algunos aspectos de ella que ha ido espigando de aquí y allá. En el devenir de esa historia, esta isla ha creado formas peculiares de cultura. Formas de cultura originales, no sólo respecto de otras islas del Archipiélago, sino distintas a otros contextos culturales; porque la creación de cultura no es solamente la construcción de las grandes obras de arte que ya tienen el marchamo de tal. No. Una forma de cultura es siempre la adaptación, de cómo la naturaleza es humanizada por el hombre. “El hombre en todas partes es el mismo, ha dicho un célebre poeta. La naturaleza sensible tiene siempre los mismos instintos, ya se trate de un montón de piedras en las desiertas playas de Rubicón”, según reflexiones del ilustre notario lanzaroteño D. Antonio María Manrique para quien el pregonero quiere tener en esta ocasión un especial recuerdo. Y el hombre de Lanzarote sabe de muchos actos de cultura porque ha tenido que luchar contra la escasez de agua, contra la escasa lluvia, con el abundante viento y…. lo que es peor, contra la barbarie de otros hombres, e inevitablemente cada una de esas cosas ha ido manifestándose en el paisaje, como recuerdo y testimonio imperecedero en ese constante diálogo del hombre con la naturaleza y cuya síntesis son las maretas, cisternas , aljibes, pozos, molinos, molinas, salinas, castillos… que van mostrando sus huellas por toda la isla.

Cuando los normandos llegaron aquí, comprendieron de inmediato que se encontraban en un territorio completamente ajeno a lo que era aquel brumoso, verde y de orografía difícil de su Normandía. Y esos viejos personajes de comienzos del S. XV hubieron de acostumbrarse a un paisaje extraño en otro Finis Terrae del Sur, ocupado principalmente por el Sol, las tabaibas, y por mucha arena -el jable – (El Sable, la arena, en su lengua originaria que ha pervivido en el habla de las islas de Lanzarote y Fuerteventura). Y en el comienzo de ese diálogo, aprendieron a sobrevivir en la búsqueda inmediata del agua, y es posible que ella sea la causa de la primera manifestación de la otra cultura de la isla. Los pozos de San Marcial de Rubicón son, seguramente, el primer símbolo, el testimonio perenne de su presencia. Debieron de aprender de los majos cómo se conseguía el agua en aquellos desiertos del sur, ya que esta isla es falta en ella” que no hay otra sino la que llueve, la cual recogen en maretas o charcos grandes hechos a mano, de piedras”, como bien testimonió Fray Juan Abreu Galindo allá por los inicios del s. XVII. La suave orografía de la isla no favoreció la formación de grandes barrancos para contener agua en su cauce, por lo que las maretas o cisternas era uno de los pocos sistemas utilizados para su recogida. Los aborígenes – los majos- habían aprendido mucho antes a recogerla, puesto que eran expertos conocedores de un territorio en el que habían de sobrevivir cada día. Aprendieron que la escasez de agua de la isla tenía que ser sustituida por la de la lluvia, y aprendieron que aquélla habría de aprovecharse de la escorrentía de las montañas. Y este conocimiento aprendido durante cientos de años ha pervivido en la historia y en el paisaje de la isla, como una característica peculiar del medio, especialmente para conseguir el agua, sean las que expliquen, junto a otros factores, el escaso número de población que había cuando llegaron Juan de Bethencourt, Gadifer de la Salle y su gente. La crónica Betancuriana habla de 300 hombres, sin especificar si se trataba de hombres de pelea o del número de varones que la habitaban o del total de la población. Sabemos, asimismo, que aquélla fue diezmada en diversas ocasiones, como consecuencia de razzias para la captura de esclavos y según relatan los propios cronistas Boutier, Le Verrier”… solía estar bien poblada, pero los españoles y otros corsarios del mar los han cautivado varias veces y llevado en esclavitud hasta que quedó poca gente, porque cuando llegó Mons. De Bethencourt, sólo habían unas 300 personas.

La presencia de los normandos sería otro factor distorsionante porque al aumentar la población y, al no ser muy abundantes los recursos de la isla, en un momento determinado Gadifer resolvió dar muerte a la población adulta masculina.

Es posible que estos desequilibrios poblacionales causados en distintas coyunturas llevara a la eliminación de parte de la población femenina infantil, como conocemos en Gran Canaria en tiempos de penuria, y que a lo largo del tiempo condujese a uno de los aspectos singulares de las formas sociales de los antiguos majos: La poliandria. Del contacto de las dos culturas y del difícil entendimiento entre ambas, posiblemente la institución de la poliandria fue de las que, de inmediato, chocó con su mentalidad de hombres del S.XV, aunque seguramente hoy para la de un ciudadano del S.XX sería igualmente inaceptable y, de igual forma nos extrañaría y, probablemente con la misma presteza lucharíamos contra ella hasta abolirla, porque los comportamientos culturales y tabúes siguen actuando fuertemente sobre las normas sociales. “Las mujeres tienen tres maridos y les sirven por mes, y el que debe tenerlas después, les sirve todo el mes que el otro la tiene, y siempre hacen así, cada uno a su turno”. Este comportamiento social conocido como matrimonio poliándrico o simplemente poliandria se halla documentado también en Gran Canaria, que de igual forma fue considerada como costumbre aberrante y propia de salvajes por el clérigo Juan Abreu Galindo cuando dice que “los canarios no casaban más que con una mujer y esa sola sustentaban hasta la muerte, ni ella más que más que con un hombre. La cual es contrario de lo que Pedro de Luján dice en dos diálogos matrimoniales, que una mujer casada con cinco canarios y no con menos”. Esta institución matrimonial no es un fenómeno muy frecuente entre las sociedades primitivas, al ser contadas las culturas que la practican en la actualidad.

Esta norma social se ha mantenido en las Islas Marquesas, entre los tibetanos, los pahari del Himalaya, los Toda de la India, etc. En cada uno de estos sitios aparecen con muchas variantes que no es esta la ocasión para analizar, pero sí para reflexionar en voz alta ante todos Ustedes sobre un hecho del pasado que, aunque nos resulte extraño, debe ser asumido como parte de nuestra historia. Los monjes normandos adoctrinaron a los aborígenes para que desapareciese esta costumbre, relatándoles una nueva doctrina, un nuevo orden moral, tal y como se conocía en la nueva civilización en la que se explicaba que había “un dios que formó y ordenó todas las cosas que están debajo del cielo. E hizo un lugar muy agradable llamado paraíso terrenal, donde colocó al hombre y a la mujer. Y allí hubo al principio una sola mujer reunida con un solo hombre, y quien cree de otra manera peca”. Decía que aquélla institución que hoy nos resulta extraña a nosotros, lo fue tanto y más para la sociedad e la época, pero hemos de tener la suficiente amplitud de miras para respetar y conocer esos hechos, así como las razones que los hicieron cambiar. Y en ese nuevo orden moral la gente de la isla hubo de cambiar sus ritos propiciatorios de la lluvia, el ofrecimiento de leche a sus dioses, sus ídolos, etc, por otros ritos y por otros destinos a una nueva divinidad; ya no sería el sol, la luna o la montaña, sino la Catedral de Rubicón que “en tan reducidas dimensiones encerró toda la filosofía que en aquella época regía en todo el Archipiélago canario todas las oraciones, “todo al decir de A. Mª Manrique”.

Cambió el orden moral y cambió también el orden social. Existía en la isla un “rey” – jefe de tribu – que la gobernaba, el rey Guadafrá o Guadarfía. Uno sólo había también cuando a fines del S. XIV llegó a la isla Martín Ruiz de Avendaño y que su lugar de vivienda recuerda perennemente su nombre: Zonzamas. El jefe de tribu, el jefe redistribuidor de la comunidad, se hallaba diferenciado en su dignidad, tanto por el lugar de residencia, la vestimenta o las reverencias de que era objeto. El “rey” de la isla vivía en el conocido poblado de Zonzamas o Palacio de Zonzamas. Junto al jefe de la tribu existían una serie de personas ligadas a él, personas de su confianza, aunque no sabemos cuáles eran sus funciones, ni cuáles las relaciones de linaje o parentesco que les unían, ni en qué medida colaboraban en los problemas relativos a la vida comunitaria. Formaban parte también de su organización los denominados hombres de pelea, como cuenta Le Canarien”… si no encontramos otro remedio, que matemos a los hombres de defensa del país”.

Había también personajes nobles diferenciados de otros de rango inferior. En el episodio de Avendaño se alude a mujeres que en su condición de “villanas” servían al “rey” de la isla. Había pues, un grupo social noble y otro dependiente, diferencia que vendría marcada por la posesión o no de los medios de la riqueza, es decir, de la ganadería y de la agricultura.

Pero en todo orden social existen una serie de medidas coercitivas con la finalidad de hacer cumplir las normas sociales. Poseemos alguna referencia única de ellos por la crónica Betancuriana, al relatar que el “rey” hizo matar a pedradas y luego mandó quemar al traidor Asche. La lapidación es una práctica documentada en otras islas; en ésta, desconocemos los actos que infringen la ley y quiénes imparten la justicia. Parece ser el propio jefe de la tribu el encargado de dar las órdenes para ello.

Pero esta historia cambió y hubo otro Señor de la isla que se llamó Mon. Juan de Bethencourt y su antiguo “rey” hubo de expresar acatamiento y sumisión, aunque le reconociesen que por su dignidad “tuviese mayor casa y hacienda que cualquier otro canario de aquella isla y bastante cantidad de Tierras”. Y así empezó, como decía, otra parte de la historia de esta isla. Pero la historia es un todo que ha de asumir lo que, desde nuestra perspectiva, consideramos bueno y malo en un maniqueísmo ciertamente difícil de compaginar, porque no estamos en condiciones de juzgar lo que sucedió hace 584 años. No tenemos ningún derecho desde nuestra visión tendenciosamente lejana en el tiempo para realizar un juicio, en muchos casos despiadado, a la historia. Por eso yo quisiera transmitir un mensaje de esperanza para el futuro, partiendo de la superación del pasado y, como decía, si el diálogo sirve como forma de entendimiento, yo quisiera hacer una invitación a todos los lanzaroteños para levantar conmigo una copa imaginaria y brindar por ese futuro de la historia en el que Guadarfía y Bethencourt puedan darse la mano de la reconciliación. Lo pido en los prolegómenos de estas fiestas de San Ginés 1986, porque creo que los dos forman parte de la historia, de la historia de este pueblo, porque la identidad de este pueblo no pude entenderse prescindiendo de ninguna de las dos figuras y de lo que representan. La preservación y el conocimiento de todas y cada una de las manifestaciones de ese pasado merecen el mismo respeto y consideración, porque todas forman parte de nuestra cultura, porque ésta, como escribe Danielle Bell, es un proceso continuo de sustentación de una identidad. Los bienes culturales de un pueblo contribuyen a encontrar esa identidad a través de un ritmo histórico que permiten enlazar el presente con el pasado y, a la vez, ir pensando el futuro. Se trata de una labor colectiva en la que es necesario luchar contra el consumismo cultural de cierta sociedad en declive y contra el concepto exclusivo de diversión que en ocasiones se pretende ofrecer a los ciudadanos. La solución reside en participar activamente en la recuperación de nuestro acervo cultural de nuestro patrimonio artístico y monumental y, en definitiva en todos los bienes culturales y, simultáneamente ser capaces de disfrutarlo. Quizá así podamos tener a nuestro alcance la cultura para vivir o diciéndolo con palabras de un decreto promulgado en Francia en los días de su revolución “los bárbaros y los esclavos detestan las ciencias y destruyen los monumentos del arte; los hombre libres los aman y los conservan”

En San Marcial del Rubicón la que fuera primera ciudad Histórica de Canaria a 13 Agosto de 1986.

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