Pregón de San Ginés 1988

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POR  MANUEL MEDINA ORTEGA

1988-Manuel Medina Ortega Pueblo de Arrecife:

Iniciamos una vez más, las fiestas de San Ginés. A pesar de que nuestra ciudad se ha multiplicado por cinco en el último medio siglo, las fiestas siguen teniendo el carácter íntimo, casi hogareño, que siempre las había caracterizado. Aunque los gestores municipales se han preocupado por adecuarlas a las exigencias de una población mucho más numerosa y con un nivel cultural mucho más alto que el de las generaciones pasadas.

Estas fiestas nos dan la oportunidad de encontramos de nuevo con amigos y parientes y de compartir con ellos unos días de felicidad que probablemente resultarán inolvidables.

Es difícil explicar lo que estas fiestas significan para cada uno de nosotros. A mí personalmente me traen recuerdos de la niñez y de la juventud, de ventorrillos, ruletas de clavo y primitivas casetas de tiro a la cinta. También me traen el recuerdo de personas queridas a las que creo estar viendo todavía como se divertían durante la semana de San Ginés.

Pero las fiestas son algo más que nostalgia para los que las van a vivir este año. Para los jóvenes son una puerta abierta a la esperanza y hacia el futuro, Deben tener para ellos el encanto de lo desconocido. Constituyen uno de los ritos de paso de las nuevas generaciones que se incorporan a la vida de nuestra colectividad.

Para unos y para otros, para los jóvenes y para los no ya tan jóvenes, San Ginés es un símbolo, simboliza la pervivencia de nuestra comunidad a través de las generaciones. Es posible que los habitantes de Arrecife no sepan mucho de la vida y milagros del obispo de Arlés, que se convirtió en nuestro Santo Patrón cuando Arrecife adquirió su primera parroquia, que durante mucho tiempo fue la única que tuvimos, y que todavía está ahí físicamente a pesar de los trabajos de restauración necesarios para mantenerla, Todos nos sentimos identificados con la imagen amable y hasta elegante del obispo francés, unida a la silueta del templo canario de una sola torre en la que tantos arrecifeños hemos recibido el bautismo. Iglesia y santo nos retrotraen así a los orígenes mismos de nuestro pueblo.

Hay otros muchos símbolos de nuestra pequeña ciudad con los que nos sentimos identificados los habitantes de Arrecife y de toda la isla. Ahí están nuestros castillos, nuestros tres puertos, nuestras marinas, nuestras playas y nuestros viejos barrios marineros que probablemente haríamos bien en recuperar para la nueva ciudad.

Arrecife es, ante todo, una ciudad que se mira en el mar como una mujer ante un espejo, pero que, al mismo tiempo se proyecta a través del mar hacia el exterior. Más que el espejo de la madrastra de Blancanieves, puesto que para decirle quien es la más bella es como el espejo de Alicia, la del País de las Maravillas, a través del cual se puede pasar hacia un mundo distinto. El horizonte ligeramente curvado de nuestro mar es como el marco de ese espejo mágico.

Por otro lado, Arrecife es también una ciudad en crecimiento y cambio continuo, difícil de domesticar por arquitectos y urbanistas. Porque desborda de vitalidad interna. Por ello resulta tan difícil hacer un planeamiento urbanístico para esta pequeña capital y darle el marco estético que se merece.

La dificultad para encontrar este molde estético reside en el carácter funcional que siempre ha tenido el Puerto para el resto de nuestra isla. Todos nos servimos del Puerto de Arrecife, pero pocos estaríamos dispuestos a contribuir a la mejora de su aspecto externo. Los habitantes de Arrecife han basado su vida en la prestación de servicios para el resto de la isla. Primero como Puerto. Más tarde como centro de la industria pesquera y en todo momento como centro comercial y profesional y como capital administrativa. Todo ello al menor coste posible para una isla que había sido tradicionalmente muy pobre. Arrecife sigue siendo hoy la capital de la isla en todos los sentidos a pesar de que la actividad económica principal en nuestros días, el turismo, tiene lugar sobre todo fuera de los límites del municipio.

Por otro lado, no hay hoy, ni ha habido nunca, una división tajante entre campo y ciudad. Así como el hombre del campo se ha sentido siempre en casa, en nuestras calles, en nuestros comercios o en nuestros centros de servicios, son pocos los arrecifeños que no enlacen directamente con el campo. Mirando hacia atrás en el tiempo o combinando su trabajo urbano con algún menester agrícola durante las vacaciones y los fines de semana, todos tenemos nuestros orígenes familiares en algún pueblo del interior si procedemos de esta misma isla, y a poco que se nos rasque, sale a relucir nuestro origen rural. En nuestros hábitos, en nuestro lenguaje y en nuestra cultura. No hay sofisticación urbana en Arrecife, ni el arrecifeño presume de urbano, compartiendo su alma entre el mar y el campo. Por ello nuestras fiestas conservan todavía mucho de su primitivo carácter rural y son en gran medida campesinas al igual que marineras.

Las fiestas son así, la expresión o símbolo de nuestra colectividad, pero una colectividad no se integra sólo con símbolos, sino también con mitos. Mientras el símbolo identifica a una colectividad frente al exterior, el mito incorpora en la conciencia colectiva la historia eficaz de la comunidad. El mito no tiene por qué coincidir necesariamente con la historia real. Las civilizaciones tradicionales, como la Griega Clásica, la Hindú, la China, o la Azteca se explican a sí mismas y explican su historia a través de los mitos. Los griegos enlazan a través de sus héroes míticos con los dioses del Olimpo. Los aztecas se incorporan como pueblo en su concepción del universo a través de una interpretación cíclica de la historia y de imágenes como el águila sobre el nopal que come la serpiente, los héroes míticos del occidente medieval. Como Guillermo Tell en Suiza, el Cid Campeador en España o Juana de Arco en Francia, constituyen figuras míticas, y su importancia reside más en lo que representan que en su impacto real sobre los acontecimientos en los tiempos en que vivieron. Los míticos nacionales constituyen un poderoso factor de identificación de los estados y naciones de nuestro tiempo.

No es el pueblo canario muy proclive a la mitología. El carácter insular está mejor dispuesto para la destrucción de prestigios para la exaltación de mitos.

Nuestra mitología es casi exclusivamente guanche y ésta misma mitología guanche nos viene transmitida por los cronistas de la conquista sin que se haya hecho realmente popular. Los cronistas de la conquista, franceses o españoles, suplican la falta de conocimiento del pueblo guanche, del que ignoraban casi todo, hasta su lengua, con los relatos fantásticos que pudieron haber recibido de los guanches o ser inventados por ellos mismos. De este modo, no sabemos todavía si la mitología guanche pertenecía efectivamente al acervo cultural del pueblo guanche. Es posible que los guanches fueran tan descreídos como los canarios actuales. Para Lanzarote, baste recordar las leyendas en torno a Zonzamas, la llegada del marino vasco Martín de Avendaño, el nacimiento de la princesa Ico y su milagrosa salvación de la prueba de humo gracias a la esponja que le suministrara su aya Uga. La historia científica se ha encargado de demoler toda mitología posterior a la conquista.

Nuestro pueblo no ha querido, o no ha podido, exaltar a ninguna figura histórica canaria al rango de mito. Pensemos, en cambio, lo que han supuesto Martí para Cuba, Bolívar para Venezuela o San Martín para la República Argentina. En las últimas décadas, algunas regiones españolas han conseguido incluso mitificar a figuras de su historia reciente: Companys en Cataluña, Castelao en Galicia, Infante en Andalucía, o Tierno en Madrid. Los canarios no hemos creado nunca una figura mítica propia para toda la región, y ha perdido su aureola de gran político grancanario en las últimas décadas como consecuencia del desarrollo del movimiento anticolonialista.

Agustín Espinosa propuso un mito intelectual para Lanzarote, en sustitución de los inexistentes mitos populares. Habría que renunciar para ello a la etimología real de Lanzarote, derivada del nombre del marino genovés Lanzilotto Malocello, y sustituirla por una etimología legendaria. El hombre de la isla se encontraría en el caballero de la tabla redonda, Lancelot o Lanzarote del Lago. Lancelot abandonó, efectivamente, la corte del rey Anuro, Camelot, en Bretaña, para venir a esta isla a enfrentarse con un fiero dragón que ha¬bía aprisionado a la isla y escupía fuego y lava por sus fauces. El caballero Lancelot consiguió aherrojar al dragón y llevarlo encadenado a los infiernos. El calor que alimenta la Montaña del Fuego no es otro que el que desprende el dragón encadenado que muge y resopla pero que ha quedado bien sujeto por el hábil y generoso caballero bretón.

A pesar de su verosimilitud, el mito de Lancelot no ha sido adoptado por los lanzaroteños. Ni el Patronato de Turismo ni 105 historiadores lo han considerado útil para dar a nuestra isla un papel en el mundo, quizás por la poca inclinación de nuestro pueblo, ya apuntada, a la mitología. Aprovechando que estamos en fiestas, lo que me libra de la crítica científica, propongo solemnemente que el mito de Lancelot y Timanfaya sea incorporado a la historia oficial de la isla.

Pero hay otros mitos que podrían ser de utilidad para la vida futura de nuestra colectividad. Se trata de dos mitos europeos, uno procedente de la Grecia Clásica y el otro, más reciente, de la Europa Medieval.

El primero y, probablemente, más conocido de los nuevos mitos que propongo es el del Rey Midas. El rey pide a los dioses que le den la facultad de transformar en oro lo que toca, y esta facultad le es concedida, para desgracia del propio Midas. El rey no puede tocar ninguna cosa, animada o inanimada sin que inmediatamente quede petrificada en oro, no puede amar, no puede comer, ni puede beber. El rey, fabulosamente enriquecido, está condenado a morir de hambre y de sed en la más espantosa de las soledades.

El segundo mito procede de la edad media occidental. Se trata del mito del doctor Fausto, que recogen magnificas piezas literarias, de las que las más famosas es el drama de Goethe. El viejo y sabio doctor Fausto decide vender su alma al diablo para conseguir la riqueza, la juventud y el amor, pero el diablo, pasado un cierto tiempo, volverá a pedirle al doctor Fausto su alma empeñada con los poderes infernales.

Podríamos también hoy incorporar ambos mitos a la historia oficial de Lanzarote. El rey Midas ha sido entronizado como señor de la isla. Todo lo que toca se convierte en cemento, el más preciado de los materiales de nuestro tiempo. Nuestras playas, nuestros campos, nuestras montañas, nuestros paisajes, van desapareciendo bajo una capa de cemento y hormigón armado. Cada vez somos más ricos, pero todo lo que tocamos se nos convierte en construcción.

Como el doctor Fausto, hemos vendido nuestra alma al diablo, hemos vendido nuestras tierras y nuestras pequeñas casas campesinas. Hemos abandonado nuestros modos de vida tradicionales, y a cambio sólo nos quedan números en las cuentas corrientes. Los lanzaroteños nos estamos convirtiendo en turistas en nuestra propia isla, que ya no es nuestra, y el diablo cobra en especie, en delincuencia, en drogadicción, en pérdida de vidas humanas. A cambio de un poco de dinero estamos hipotecando el futuro de las generaciones venideras.

A mí me gustaría quitar el mal sabor de boca de estos dos mitos pesimistas con un cuarto mito, esta vez optimista, tomado prestado del primer mito de Lancelot.

El dragón de Timanfaya hace siglos que permanece tranquilo, aparentemente dormido después de la erupción de Tinguatón. Pero el buen caballero Lancelot no se olvida de su isla topónima y decide regresar a ella para luchar contra el nuevo dragón de la especulación inmobiliaria. En lugar de fuego y lava, el dragón de nuestros días escupe billetes de banco que corrompen las conciencias, y sus garras están formadas por palas mecánicas que destruyen los paisajes para instalar edificios. Cables y carreteras asfaltadas. De hecho, el dragón inmobiliario destruye hoy nuestra isla más deprisa de lo que lo hiciera el volcán de Timanfaya entre 1730 y 1736. Cuando se haya ido, dejará una estela de cemento que se extenderá desde la arena de las playas hasta los cráteres volcánicos, y los habitantes de Lanzarote. Como nuevo rey Midas, quedarán condenados a morir de hambre y de sed entre tanta opulencia. Será entonces cuando venga el diablo a reclamar el alma de Lanzarote vendida por los especuladores inmobiliarios.

Pero el buen Patrono San Ginés, francés, llamará al caballero bretón Lancelot. No nos olvidará en este trance. Intercederá para que vuelva Lancelot recubierto de reluciente armadura y montado en corcel blanco. Con su adarga alanceará al dragón y este será arrastrado a los infiernos antes de que complete su labor de destrucción.

Podremos divertimos en estas fiestas, en la confianza de que los caballeros del Rey Arturo no nos olvidarán en este trance.

Como siempre, una vez más, nativos y foráneos se divertirán durante nuestras fiestas. Ya sabemos que son unas fiestas tradicionales. En ellas nos encontraremos de nuevo con nosotros mismos y con nuestros amigos y parientes. En este ambiente entrañable que crea el pueblo de Arrecife, esperamos disfrutar todavía y probable-mente para siempre, de la paz y tranquilidad de esta isla que, a pesar de todo, siempre sabe salir adelante de pruebas difíciles.

Ha llegado el momento de poner fin a mi pregón con un sincero voto de felicidad para todos. Isleños y forasteros, niños y mayores, trabajadores, empresarios, artistas, profesionales y estudiantes, sin olvidar a la gente de la iglesia, de la milicia y a los servidores públicos en general. Deben disfrutar de unos días de asueto y diversión bien merecidos. Entre todos haremos de estos días ocasión de recuerdos felices. Nada malo hacemos con ello y mucho de bueno puede resultar de esta atmósfera colectiva de felicidad.

Así, en el umbral de cambios importantes que auguro felices, en un Arrecife que conserva toda la vitalidad y alegría del viejo Lanzarote. Espero que con estas fiestas nos aprestemos a iniciar un nuevo periodo utópico para nuestra isla. San Ginés protegerá nuestros sueños y Lancelot derrotará a los dragones.

¡Que la fiesta llegue a todos y que todos disfruten de ella! ¡Que el San Ginés de 1988 se vea seguido de otras muchas ocasiones felices como la que ahora nos reúne!

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