Pregón de San Ginés 1995

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POR   PEDRO CÉSAR QUINTANA CABRERA

Pedro César Quintana Cabrera 1995
Dentro de algo más de tres años, en las postrimerías de esta nueva legislatura que acaba de iniciarse, conmemorará este Puerto del Arrecife su bicentenario como municipio independiente.

El 27 de diciembre de 1798, bajo la presidencia del alcalde ordinario de la Isla, don Luis Cabrera, se reunió todo el vecindario de aquel pequeño pero cada vez más pujante pueblo porteño para elegir a doce comisarios electores, que, a su vez, designaron aquel mismo día al que sería su primer alcalde, don Lorenzo Cabrera, así como a quienes acompañarían a éste en el gobierno y policía del recién creado municipio: los diputados de Abastos, don José Linares y don Cayetano Sánchez; el síndico personero, don Juan de Páiz; y el fiel de hechos, don Miguel Ramírez.

Habían tenido que transcurrir cerca de cuatrocientos años desde la conquista de la isla para que Arrecife, hasta entonces una pedanía de Teguise, iniciara su propia andadura; pero, a partir de aquel momento ya no cesaría de expandirse hasta arrebatarle la hegemonía insular a la Villa centenaria.

Arrecife debió a su santo patrono, el obispo San Ginés, el inicial impulso de su futuro predominio, pues era condición para reclamar la municipalidad ante la Real Audiencia del Archipiélago la previa creación de una parroquia propia, lo cual había sucedido pocos meses antes, concretamente el 25 de junio de aquel mismo año, siendo su primer cura, don Francisco Acosta Espinosa. Al mismo tiempo se habían comenzado las obras de ampliación de la antigua ermita, fundada en 1630 por el capitán de origen francés Francisco García Santaella, quien comerciaba con su nave en el pequeño puerto.

Pero el principal impulsor del vertiginoso auge que experimentó Arrecife entre la segunda mitad del siglo XVIII y la primera mitad del XIX fue sin lugar a dudas el mar, cuyas aguas ciñen el contorno de la isla y la ponen en contacto con el resto del mundo. El mar ha sido tal vez, o sin tal vez, el camino más civilizador de cuantos ha transitado la humanidad, pues a su través se han puesto en contacto, desde el principio de los tiempos, las más dispares culturas para interpenetrarse y enriquecerse recíprocamente. Arrecife comenzó a ser lo que es gracias al mar y al socorro que, cuando éste se enfurecía, le proporcionaban a los barcos que arribaban a su ensenada las barreras minerales de sus islotes dormidos, diseminados frente a la bahía como abrigos protectores.

Aunque, en un primer momento, entre el comienzo del siglo XV y el final del XVI, el mar fue sin embargo un elemento constrictor de la expansión de Arrecife, pues, los pobres recursos militares de aquella época y la escasa población de la isla hacían prácticamente imposible resistir los frecuentes ataques de los piratas a sus costas bajas y accesibles. Por el contrario desde la Villa de Teguise, emplazada en el centro de Lanzarote, sobre una meseta a 360 metros sobre el nivel del mar, y provista de la atalaya incomparable que le proporcionaba el Castillo de Santa Bárbara, erigido sobre el cráter apagado del volcán de Guanapay, se podían avistar las velas de las armadas hostiles y dar la voz de alarma para que la población tuviera tiempo de aprestarse para la defensa o ponerse a salvo, huyendo a esconderse en el laberinto de cuevas del norte de la isla.

Arrecife, que poco a poco se había ido imponiendo por su mejor disposición a otros refugios naturales de la costa, excepto el de Janubio, hasta que éste fue cegado por las coladas volcánicas, pagó así, a lo largo de bastante tiempo, un alto tributo por las cabalgatas que el marqués de Lanzarote emprendía en las vecinas costas de Berbería en busca de esclavos, las cuales eran contestadas por los arráeces berberiscos con asoladoras razzias de represalia. También las incursiones de corsarios franceses, ingleses, portugueses y holandeses, que disputaban a los españoles sus posesiones ultramarinas y el dominio de los mares, dificultaban el establecimiento de asentamientos humanos permanentes en el puerto del Arrecife, desde el que, no obstante, se exportaban, aunque con grave riesgo, cereales y orchilla y, en el que se recibían artículos de primera necesidad que eran los únicos que los pobres habitantes de la isla podían permitirse importar.

Unos pocos almacenes

Durante muchos años, no hubo en Arrecife más que unos pocos almacenes para depósito de efectos navales y mercancías, esparcidos por el extenso islote sobre el que hoy se asienta el casco antiguo de la ciudad, y, a medida que el tráfico marítimo se fue haciendo más frecuente y las estancias más prolongadas, algunas humildes viviendas de tejados de dos aguas hechos con barro y paja, agrupadas en torno a la ermita, en las riberas del Charco de San Ginés, las cuales servían de precario y ocasional cobijo a pescadores, comerciales, armadores y marinos. Más afuera hacia el sur, sobre un islote inmediato al litoral se silueteaban las murallas del Castillo de San Gabriel, el cual, por aquel entonces, ni concitaba temor al enemigo ni lo disuadía de sus aviesos propósitos; aunque, a partir de 1771, con la construcción, más hacia el este, encima de un pequeño morro sobre el mar, del Castillo de San José, la defensa del puerto mejoró notablemente.

Por aquellos tiempos, San Ginés obispo debió de compadecerse tanto de las muchas tribulaciones padecidas por aquellos que se habían puesto tan fervorosamente bajo su advocación protectora que, de seguro gracias a su piadosa intercesión, propició que, en 1780, se introdujera en la isla el cultivo de una hierba llamada barrilla, que, aún hoy, desaparecida por completo su importancia económica, podemos encontrar fácilmente en estado silvestre a lo largo y ancho de las llanuras salitrosas de Lanzarote.

De la barrilla se obtenía por calcinación carbonato sódico, que era exportado en cantidades considerables hacia las naciones europeas, especialmente Inglaterra, para su uso industrial.

El comercio de la barrilla significó, definitivamente, la pérdida de la hegemonía de Teguise, la antigua capital de la isla, en favor de Arrecife, el puerto por donde salían, con destino a Europa, las partidas de barrilla, cosechada en todos los rincones de Lanzarote.

Poco a poco, Arrecife despierta de su letargo y comienza a crecer. A ambos lados del llamado camino real, que llevaba a Teguise, se construyeron en muy poco tiempo grandes casonas de dos plantas, algunas de las cuales, aunque cada vez menos, pueden aún contemplarse en la calle León y Castillo, a la que continuamos llamando Real, por sujeción inconsciente al nombre del viejo camino ya desaparecido.

En 1810 la exportación de barrilla hacia el extranjero llegó a rebasar los ciento cincuenta mil quintales que, al precio que se pagaba por ella, entre sesenta y noventa reales por quintal, suponía una entrada de dinero de cerca de tres millones de pesetas oro. Una verdadera fortuna por aquel entonces.

El recién adquirido esplendor de Arrecife y su cada vez más consolidada riqueza concitaron en los más notables propietarios rurales el deseo de instalarse en la ciudad, por lo que rápidamente se fueron construyendo por la parte del naciente y sobre las aguas del mar, que lamían sus cimientos, numerosas viviendas en la calle que hoy conocemos con el nombre de La Marina. Este movimiento de emigración interior hacia el próspero puerto afectó sobre todo a Teguise que, en torno a 1820 llegó a perder las dos terceras partes de su población.

Además, el comercio de la barrilla atrajo también a una riada de personas procedentes de las islas centrales, Gran Canaria y, sobre todo, Tenerife, y de extranjeros, deseosos todos ellos de mejorar su fortuna. Apellidos como los de King, West, Mcintosh, James o Topham eran muy comunes en aquel Arrecife de principios del siglo pasado. Uno de ellos, como de sobras saben todos ustedes, el de Topham, perdura aún entre nosotros, encarnado, principalmente, en la persona del decano y maestro de todos los periodistas de esta isla, don Guillermo Topham, cuya estirpe, perpetuada a lo largo de varias generaciones de homónimos, procede de William, el primero de la saga, un joven y animoso irlandés que recaló en Lanzarote en 1810.

Con frenético ritmo, se edifican nuevos almacenes y viviendas por todo Arrecife, conformándose desde aquellos momentos de expansión el núcleo de lo que en la actualidad el casco antiguo de la ciudad, en la que, en 1820, vivían ya alrededor de cuatro mil almas.

Así, lenta pero incesantemen¬te, las principales institución públicas insulares comenzaron a trasladarse desde Teguise hacia Arrecife, de tal suerte que, ya en 1827, se habían instalado en el puerto la Administración de Ren¬tas Leales, la Oficina de Contaduría, la Ayudantía de Marina y el Gobierno Militar, permaneciendo en la Villa tan sólo el Juzgado, que se mantuvo allí durante veinte años más, hasta que por Real Orden de 26 de septiembre de 1847 Arrecife fue declarado cabeza del partido judicial, con jurisdicción sobre Lanzarote y Fuerteventura, culminando así, de manera definitiva, su proceso de encumbramiento en detrimento de la antigua capital.

El mar, dinámico y vigoroso vehículo de intercambio de ideas y mercaderías, de modernidad y de progreso, había ganado la batalla a la tierra adentro.

Aparte de esta creciente preponderancia administrativa, Arrecife se había convertido ya en el único puerto donde se llevaban a cabo todas las exportaciones e importaciones de frutos y mercancías, por lo que se erigió en el pueblo adonde más frecuentemente debían acudir los restantes habitantes de la isla para efectuar tanto sus diligencias de carácter oficial como sus gestiones comerciales.

Pero, he aquí, que, entre 1840 y 1850, justo cuando se encontraba en el punto culminante de su engrandecimiento, una serie sucesiva de malas cosechas junto a la caída en picado del comercio de la barrilla, a lo que no resultaron ajenas las tan deshonestas como perniciosas costumbres de adulterarla con sebas o aumentar su peso fraudulentamente, introduciendo piedras ocultas en los cargamentos, Arrecife sufrió un súbito colapso. La emigración hacia las Américas, siempre a través del mar, que ya se había comenzado a experimentar ligeramente durante los años anteriores, aumentó de manera tan considerable por aquella época que, tan sólo en un año, llegaron a expatriarse hasta tres mil personas, quedando en poco tiempo tanto la isla como su puerto reducidos a la mitad de sus habitantes.

Tales adversas circunstancias pusieron un freno repentino a la acelerada expansión que había experimentado Arrecife en el corto espacio temporal de medio siglo. Además, aunque, a partir de 1850, se comenzó a cultivar cochinilla en la isla, lo que repuso bastantes su economía, la mayor parte de los propietarios de fincas rústicas que habían fijado su residencia en el puerto retorna¬ron a los campos del interior, impelidos por el cuidado y vigilancia que exigía esta nueva producción. A partir de entonces y durante muchos de los años siguientes, el vecindario de Arrecife quedó reducido a dos mil ochocientos personas.

No obstante, a lo largo de toda esta segunda mitad del siglo XIX, no quiso el santo obispo patrón de la ciudad que ésta se postrara completamente, de tal modo que, bajo sus auspicios, se acometieron en ella diversas iniciativas encaminadas a mejorar la existencia de sus habitantes. Así, en 1857, se instaló el primer alumbrado público, mediante enormes faroles de petróleo cuyo coste sufragaba todo el vecindario. Al año siguiente, se construye el nuevo cementerio, en las afueras de la ciudad, y comienza a prestar sus servicios a la vasta explanada del muelle de las cebollas, cuya construcción fue asimismo costeada con las aportaciones monetarias de los vecinos más pudientes y las prestaciones de trabajo personal de los menos favorecidos. También los barcos pesqueros contribuyeron al relleno, dejando allí sus lastres tras sus tornaviajes. En 1859, el Jefe de Administración Civil, don Manuel Rafael de Vargas y Mellado, construyó por su cuenta, justo sobre este solar en el que ahora nos encontramos, una plaza de Abastos, Carnicería y Matadero, tras llegar a un acuerdo con el Ayuntamiento, merced al cual podría cobrar ciertos derechos establecidos y fijados en tarifa. Incluso, en 1878, uno de los años más calamitosos que ha sufrido la agricultura de Lanzarote, lo que provocó una nueva oleada emigratoria hacia otras islas del Archipiélago y hacia América, se acometió la construcción de los dos puentes que hasta hace poco constituyeron el único vínculo entre el islote del Francés y la tierra firme, los cuales permitían a las aguas del mar discurrir expeditas a través de sus ojos. Y, finalmente, en 1885, se inauguró la primera comunicación telegráfica de la isla con el exterior.

Durante esta segunda mitad del pasado siglo, eclosionaron también en Lanzarote las ideas liberales emanadas de la Revolución Francesa, como lo demuestra la fundación, en 1858, de la Sociedad Democracia, entre cuyos primeros socios había algunos masones, quienes también, aunque secretamente habían constituido las primeras logias de las isla. Representante también de los modernos principios que preconizaban la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad entre los hombres, difundidos mediante su periódico “El Horizonte”, fue el abogado Leandro Fajardo Cabrera, asesinado por sus adversarios políticos durante la madrugada del 5 al 6 de septiembre de 1896, la víspera de unas elecciones en la que él y sus partidarios contaban con obtener cuatro diputados por Lanzarote y Fuerteventura para defender, en la Diputación Provincial, los derechos de estas dos islas, tantas veces postergados en beneficio de las dos mayores, Gran Canaria y Tenerife, enzarzadas, desde mucho tiempo atrás, en un insolidario pleito por la hegemonía que con-tinúa aún en nuestros días.

En los primeros años de este siglo, el comercio de toda la isla volvió a concentrarse casi por completo en Arrecife. La población del puerto, especialmente su clase artesana y marinera, experimentó de nuevo un espec-tacular crecimiento, por el acrecentamiento de su tradicional flota pesquera, debido a que, a partir de entonces, aparte del pescado salpreso que exportaba, desde antes, a otras islas, se inició un incipiente comercio de salazones al continente africano. De nuevo el mar, como vía de comunicación abierta a todos los puntos cardinales, acudía en auxilio de la ciudad, a lo cual no fueron ajenos, desde luego, los desvelos protectores de San Ginés obispo, su patrón. Palpitaba otra vez en Arrecife una febril actividad, suscitada por un ansia de mejoramiento que impedía a sus autoridades y vecinos principales a emprender cualquier gestión que resultase beneficiosa, sin que las dilaciones o incluso las negativas pudieran amedrentarlos.

Así, en 1901, se acometió el primer intento serio de afrontar el principal obstáculo con el que chocaba el pujante desarrollo del puerto: la escasez de agua potable. Aquel mismo año, se consiguió que el Estado financiase la construcción, al norte de la ciudad, de unas maretas para recoger el agua de lluvia, con capacidad para treinta y dos mil pipas. Las obras concluyeron en 1912, justo el año en que se promulgó la Ley de Cabildos y empezó a funcionar la compañía de vapores interinsulares en nuestro Archipiélago.

En 1906, principia la construcción del actual muelle comercial, con capacidad para operaciones de buques de mediano calado, el cual fue terminado y abierto al tráfico en 1918.

En 1912, el antiguo alumbrado de petróleo fue sustituido por el eléctrico, aunque ésto sólo fun¬cionaba durante unas pocas horas de la noche. Y tres años más tarde comenzó a operar el teléfono interurbano.

Por aquellos tiempos, los trágicos efectos de la I Guerra Mundial se extendieron hasta la isla o, mejor dicho, hacia las aguas que la circundan, dificultando la exportación de cebollas hacia Cuba, pues los submarinos alemanes constituían un severo peligro para la navegación. Una vez más, el destino de Arrecife quedó supeditado al del mar.

Entre los finales de las décadas de los años veinte y cincuenta, y con el trágico paréntesis de la guerra civil por medio, se construyen en el puerto una gran cantidad de centros oficiales, muchos de las cuales continúan aún destinándose al uso para el que fueron inicialmente proyectados, En 1929, siendo presidente del Cabildo don Carlos Sáenz Infante, se levanta la actual sede de la corporación insular. Ocho años después, se edifican el Centro de Higiene, en la calle de La Marina, y el Instituto de Segunda Enseñanza, en la de Coronel Bens. En 1943, por iniciativa de don Francisco García Escámez, por aquel entonces Capitán General de Canarias, se construyeron ambos lados de la carretera que conduce a San Bartolomé, el Cuartel Militar y la barria¬da de viviendas para oficiales y clase de tropa. Algo más tarde, también en 1943, se erige, frente al Puerto de Naos, el actual Hospital Insular, con dependencias para asilar a ancianos y atender a enfermos tuberculosos, el cual sustituyó al que, hasta aquel momento, se hallaba radicado en la calle Manuel Miranda, cuya capacidad se había quedado reducida. El 19 de junio de aquel mismo año hizo su primer aterrizaje en el aeropuerto un Junker 52 de la Compañía de Líneas Aéreas de España. Y, en 1951, se inaugura el Parador Nacional de Turismo, ampliado siete años después, el cual constituyó el primer germen del que, con el paso del tiempo, habría de convertirse en el principal pilar de la econo¬mía lanzaroteña. Transcurridos dos años, culminan finalmente las obras de abastecimiento de agua, procedente del macizo de Famara, comenzadas en 1949, cuando al frente del Cabildo se encontraba don Augusto Lorenzo Quintana. Tras emprender, mediante una importante subvención del Estado, diversos trabajos de perforación en el risco, se construyó un conducto de catorce kilómetros de longitud para conducir las aguas hasta el puerto, sirviendo al abasto público, si no con sobrante, al menos sí con lo suficiente para atender las necesidades más indispensables. Aquellos caudales, en cuyo alumbramiento participó sin duda, con la casulla arremangada y el báculo como piqueta barrenera, nuestro patrono San Ginés, tan bien dispuesto siempre a procurar consuelo a sus protegidos, dieron un nuevo impulso a la expansión de la ciudad, pues facilitaron el asentamiento de nuevas industrias conectadas entre sí, tales como una fábrica de hielo y varias factorías de conservas de pescado. De este modo, se propició también una mayor actividad y aumento de la flota pesquera, aparte del asentamiento de otras empresas complementarias de las anteriores, con la consiguiente creación de un gran número de empleos indirectos. Apoyada, pues, en la pujanza de su producción pesquera y en el comercio de los frutos de la humilde agricultura de la isla, la ciudad porteña experimentó de nuevo un vigoroso auge, de tal manera que el solar que ocupaba se engrandeció notablemente con la construcción de nuevas casas y la conformación de nuevas calles. En 1950, se edificó el cine Atlántida y, en 1953, la Unión Harinera, mientras que, en el corto espacio de tiempo que media entre los años 1957 y 1958, se construyeron también el muelle de Los Mármoles, la Oficina de Correos y Telégrafos y el Parque Municipal, entregándose, además, las ciento veinte primeras viviendas del barrio de Titerroy y las doscientas casas del de Valterra.

Más, demasiado pronto, a medida que las exigencias aumentaron, el agua producida por las galerías perforadas en Famara, comenzó a no ser bastante, amenazando su carencia con colapsar de nuevo el desarrollo de la ciudad. Para atender la demanda, se acudió al camino circunstancial e insuficiente, ya usado en épocas anteriores, aunque a menor escala, de importar agua de otras islas en buques-aljibe.

Atolladero
Nuevamente, Arrecife volvió a encontrarse en un atolladero cuya salida no se vislumbraba por ninguna parte. La precariedad llegó a ser tan extrema que el Delegado del Gobierno, don Santiago Alemán Lorenzo, restringió el uso del agua a cinco litros por habitante y día. Hasta que, otra vez, nuestro patrono, San Ginés obispo, acudió en socorro de su atribulada feligresía, en esta ocasión, insuflando ánimos a dos inteligentes y emprendedores hermanos, don José y don Manuel Díaz Rijo, para que arrastraran la aventura, en aquellos tiempos aparente¬mente descabellada, de instalar y poner en funcionamiento, en 1965, la primera planta desaladora de agua del mar que operó en nuestro Archipiélago. Otra vez el santo, con su celo extremo, y el mar, con su reserva inagotable, unieron sus esfuerzos para salvar a la angustiada ciudad.

El resto de la historia es bastante reciente y conocido. La abundancia de agua potable posibilitó un auge espectacular de la industria turística, que comenzó a contribuir de modo cada vez más fundamental a la economía lanzaroteña. El nuevo esplendor de la ciudad volvió a atraer hacia ella, desde los campos del interior de la isla y desde allende los mares, una nueva riada de habitantes, que comenzaron a autoconstruirse sus viviendas en el extrarradio, dando lugar al nacimiento de nuevos barrios. Tras las continuas modernizaciones del aeropuerto, el tráfico marítimo de pasajeros comenzó a decaer lenta pero imparablemente. Cada vez eran menos las personas que se encaminaban a los muelles en busca de nuevas o de algún ser querido recién regresado o a punto de partir. Casi simultáneamente, la actividad pesquera comenzó a encontrar cada vez más trabas e impedimentos en los tradicionales caladeros de la vecina costa africana. En aras de un progreso mal entendido, se edificaron obras en los principales islotes y se cegaron las entradas y pasadizos que permitían el libre discurrir de las aguas del océano desde Puerto de Naos hasta la playa del Reducto, con lo que la vida submarina de la bahía, antaño rica y palpitante, mermó a los pocos años. Paulatinamente, pues, los habitantes del puerto se dejaron arrastrar por la estulticia, otra vez más en su historia, que es un retal de la historia del mundo, o, cuanto menos del mundo más inmediato, en la encrucijada de Europa, África y América. Le volvieron a dar la espalda al mar y a su patrón, los cuales, aunque sobradamente generosos también se agravian.

Acorralando toninas

Es bien sabido que, en los tiempos inaugurales del puerto, acostumbraban sus vecinos unirse para acorralar las toninas has¬ta las aguas interiores de la ensenada, donde en la bajamar les daban muerte, y que solían repartirse las capturas a partes iguales, reservando siempre para San Ginés, una porción idéntica a la recibida por cualquiera de ellos.

En cierta ocasión, aconteció que la pesca fue escasa, por lo que, dejando a un lado la tradición, cedieron al santo la tonina más pequeña de las siete que capturaron. Durante décadas, y hasta que al obispo se le pasó el enfado, no volvieron a pescar.

Yo espero que a San Ginés se le pase pronto el agravio por la ofensa que entre todos le hemos inferido y que baje otra vez a inspirar tanto a todo el vecindario de este puerto como a cuantos conforman esta corporación para que nuevamente volvamos la vista al mar. Que regrese el obispo, al menos antes de que se cumpla el bicentenario de este municipio, para guiar nuestro destino, con el anillo conciliador en la mano, la cruz pectoral sobrepuesta en la casulla, el báculo en ristre y las ínfulas de su mitraz ondeando al viento marino.

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