Pregón de San Ginés 1998

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POR   AGUSTÍN ACOSTA CRUZ

Agustin Acosta Cruz-1998Nació la isla de las manos juguetonas de la naturaleza que le dio forma a la tierra y la colocó en el gran charco del océano. Luego vinieron los vientos, y les ayudó el agua a plantar palmeras que se movieron, como intentando peinar el aire.

Nació la isla y esperó el parto que les trajo a sus hombres y a sus mujeres que abrieron rutas con sus pies en la superficie del gran juego. Llegaron los volcanes, que son signos de vida, y dejaron sus huellas de lava en la epidermis adolescente de la isla que miró al sol, sin pestañear, como retándolo mientras su piel maduraba.

Nació la isla, en aquel milagro prodigioso, y hasta llegaron los alisios que no dejaron humedades de laurisilva pero que sí fueron capaces de mover las aspas de los molinos de gofio que regaron de olores viejos, históricos, el aire en el girar de las piedras que trituraban el grano tostado.

Lanzarote nació así y vivió de esta manera su historia. No le importó a la isla que llegaran piratas y corsarios a sus costas, porque luchó -sabía hacerlo- con quienes atentaban contra su libertad. Y sus hombres se fueron a la Costa a pescar y llevaron la sal de sus salinas y su trabajo y esfuerzo para sobrevivir en una tierra difícil, seca, dura que, no por eso, dejó de ser paraíso para sus habitantes.

Nació la isla de un juego entre la tierra, el agua y el viento y miró con sus ojos llenos de sueños de futuro, en medio de tristes hambrunas, de cataclismos, de dolores. Nació, porque así tenía que ser, y se puso a navegar por el mar y por la historia y aquí está, retando a quien sea, mirando con ilusión hacia la frontera del tercer milenio.

Alguien dijo que «una isla es un trozo rebelde de continente que prefiere vivir solo en el mar». Y eso es Lanzarote, mirando hacia Europa, de donde le vino la cultura, tal vez soñando con Américas doradas pero con los pies asentados en el continente africano.

Pero está en el mar acompañada de otras seis soledades, que también son islas, y hasta de un San Borondón mitológico que sobresale del agua cuando le da la gana para asustar a los ingenuos navegantes que se atreven a perseguir mitos en las inmensidades oceánicas.

Nació Lanzarote de un juego de la naturaleza. Y el barro se hizo isla. Y el mar fue y es marco de azules y espumas. Lanzarote es una porción de realidades rodeada de ilusión por todas partes y, con el devenir del tiempo, nació Arrecife.

Érase una vez… Cuando El Reducto alcanzaba el Parque Islas Canarias y las dunas se escalonaban hacia Argana. Los aguadores vendían agua potable por las calles. Las madres, con cuencos o lecheras en las manos, detenían los rebaños de cabras para que el pastor les vendiese la leche fresca del desayuno o de la merienda. Carretas de burros repartían las mercancías a domicilio. Se olía a bollos caseros, a caldo de cilantro, a sancocho de pescado salpreso. Las vecinas se prestaban el templero. Del campo se acudía al Puerto a lomos de burros o de camellos. Varias veces al día se guindaba de las aljibes, y las abuelas aprovechaban hasta la última gota de agua de las piletas. Los bucinos anunciaban las salidas de los trabajos, y se llamaba a los hijos a pecho libre desde las aceras o desde las azoteas. De cada «baile de gobernador» salía algún apaleado, Cañadulce acudía a pregonar las fiestas, y los deudos o parientes, los curiosos se agolpaban un par de veces por semana en torno al Muelle de la Cebolla para recibir o ver zarpar al «Fuerteventura», «Lanzarote» o «Gomera» … , vaporcillos que regresaban a Gran Canaria o Tenerife, cargados de gallinas ponedoras, exquisitas sandías, inigualables garrafas de vino malvasía, porretos, cebollas, lentejas, garbanzas y pescado salado, que se sobrepreciaban en las demás islas. Habían tantos o más apodos que apellidos. El Charco -antiguamente «La Caldera»- era semillero de todo tipo de peces y de sabrosos mariscos, como la exquisita «santorra», se entablaban duras y continuas polémicas entre los habitantes de sus callejas -que si mi hijo sí, que si tu hija no-, callejas desde la Esquina Matula hasta la Punta de María Félix, sin olvidar el callejón de Manuel el Cagao, la Punta del Señor Policarpo, el Morro la Elvira, el Recodo de Ana la Cangreja y La Puntilla, donde de alguna forma nació el viejo Arrecife y su Ermita de San Ginés … , las regatas de barquillos, la lucha canaria y el juego de las bolas alcanzaban extraordinaria competencia, se criaban buenos gallos de pelea y, en los velorios, los avatares de Cuba ocupaban un papel relevante, con deseos, además, de que los alemanes perdiesen la guerra por haber menospreciado la cochinilla conejera. Los bailes de «La Democracia» y las continuas verbenas fruto de las múltiples celebraciones religiosas anuales, servían de comidilla a las casamenteras, y en los entierros se desprendían, con disimulo, hileras dolientes de la comi¬tiva hacia las cantinas donde les esperaba, ya servido, el vaso de vino o de aguardiente.

Cada quien conocía los entresijos de cada cual. Y cuando se enredaba la hebra, cualquiera sacaba a relucir hasta los nombres y apellidos de la tatarabuela cuyo hijo maridó en Cuba con una hija del nieto de «El Tupío», el de Cuatro Esquinas. Y así, érase una vez aquel Arrecife, pequeño reducto marinero en torno al Charco, Puerto cuyos ambiciosos tentáculos abarcan hoy otras dimensiones, entonces impensadas, extendiéndose en todas las direcciones; incluso, a costa de su más íntimo amigo, el mar, aunque no haya sabido definir se claramente en este sentido.

Érase una vez…mucho, pero que muchísimo antes, allá en las sombras del recuerdo, en aquel otoño de la Edad Media y comienzos del Renacimiento, cuando adquirió valor semántico, por primera vez, el nombre de Arrecife como amplio reducto que serviría de desahogo a la por entonces capital insular, Teguise. Un Puerto, Arrecife, visitado por muchos desde la más remota antigüedad, a juzgar por las ánforas y útiles antiquísimos que han aparecido a lo largo de su costa. Costa que también ambicionarían, más hacia los albores de la conquista, los comerciantes genoveses, o los piratas mallorquines y francos. De ahí que, casi desde aquel entonces, se considere a Arrecife como puerto y enclave poblacional.

Un Puerto, el de Arrecife -durante setenta y cinco años Lanzarote se constituyó en centro de todas las islas, y punto referente para cualquier conquista-, que se revitalizaría indiscutiblemente con el descubrimiento y conquista de América, y con las frecuentes y provechosas correrías piratas. Al punto que el Señorío o Marquesado de Lanzarote encontró en el Puerto de Arrecife una innegable puerta hacia el Atlántico, puerta clave para la defensa del tráfico insular y nacional. Don Agustín de Herrera, Gobernador de la Isla, fue nombrado Conde, por su labor al frente de la flotilla de Lanzarote, flotilla con sede en Arrecife, que no sólo protegía al resto de las islas de los piratas franceses e ingleses, e incluso de las pretensiones portuguesas de anexión o de conquista, sino también todo el tráfico español que procedía o que iba hacia América; don Agustín de Herrera y Rojas que merecería el marquesado por la búsqueda y eliminación del heredero a la corona portuguesa, el abad Juan, heredero que contrariaba los intereses de Felipe II.

De ahí que, y dada la importancia de este Puerto de Arrecife, se le fortifique con el Castillo de San Gabriel en el siglo XVI, y se le dote, en 1630, de manos del administrador del Estado en Lanzarote, capitán Francisco García Santaella, de una ermita consagrada a San Ginés, ermita que, con una nueva nave, sería elevada a Parroquia el veinticinco de mayo de mil setecientos noventa y ocho, siendo su primer párroco, don Francisco Acosta Espinosa. Por esas mismas fechas ya se pensó en fortificar más aún el Puerto, al tiempo que afloraban las primeras disensiones entre los propietarios de las tierras arrecifeñas, así como las primeras discrepancias serias con la capital administrativa insular, Teguise. Pleito, este último, que se incrementaría y cimentaría al proponer Torriani la capitalidad administrativa de la isla para el Puerto de Arrecife, ya con unos lindes más o menos definidos, no del todo coincidentes con los actuales.

Desde mil seiscientos sesenta y ocho tenemos noticias de las fiestas de San Ginés. Y si hasta ahora Arrecife había fluctuado entre la nebulosa de un pasado no perfectamente estructurado ni definido en las crónicas, a partir del siglo XVIII ese cuento real, esos érase y no érase una vez, van adquiriendo indiscutibles caracteres fidedignos. Las erupciones del Timanfaya obligaron a buena parte de la población lanzaroteño a refugiarse en el Puerto que ya, con sus numerosas bodegas y destilas, destacaba como clave canaria y hacia América del comercio vitivinícola y de la barrilla, con una población que oscilaba desde los ciento veintiséis habitantes, en mil setecientos treinta y siete, a los mil trescientos noventa y tres a comienzos del siglo XVIII. La profunda crisis económica de fines de este último siglo obligó la construcción del Castillo de San José, como depósito de mercancías y almacén protegido. En mil setecientos noventa y seis se trasladará, desde Teguise al Puerto, el Juzgado Militar, y el diecisiete de noviembre de mil setecientos noventa y ocho, se creará el Municipio de Arrecife, cuyo primer alcalde, don Lorenzo Cabrera, tomaría posesión de su cargo el veintisiete de diciembre.

En el siglo XIX el pleito insular se decanta a favor de Arrecife. En mil ocho-cientos nueve se inaugura el primer cementerio público de Canarias, ubicado en el actual Instituto «Agustín Espinosa» y, poco después, la primera cárcel pública. En mil ochocientos doce, exactamente el veintiséis de Mayo, se crea el Puerto de Arrecife. De mil ochocientos doce a mil ochocientos veinte el Marquesado de Lanzarote, por sucesivos decretos de las Cortes de Cádiz, pierde sus tierras, que se reparten entre los vecinos de la Isla por orden de antigüedad. El año mil ochocientos veintisiete se traslada, desde Teguise, el Gobernador Militar, Arrecife se convierte en Capital del Partido Judicial de Lanzarote y Fuerteventura (1847), se fundan La Democracia (1850) y El Casino (1857), y se habilitan como refugios los puertos de Arrecife y Naos. En el de Naos, todavía abierto a los temporales del sudeste y a los en ocasiones peligrosos tiempos majoreros, se agolpaban ya desde aquel entonces los airosos veleros que protagonizaron la odisea de la pesca costera en lejanas tierras africanas, tripulados por aquellos heroicos «costeros» que abrieron para Arrecife y la Isla en general, nuevos senderos de prosperidad, creando las bases de nuestro amplio desarrollo fundamentado en la industria pesquera, hoy lamentablemente en vías de desaparición. En aquel Puerto Naos -cuando no era época de zafra- llegaron a fondear hasta lo menos cien veleros, floreciendo una de las estampas marineras más bellas y pintorescas que recordarse pueda. Algunos de estos barcos, hoy ya prácticamente desaparecidos, eran los siguientes: La Rosita, la Carmita, el Temerario, la Dolores, la Añaza, el Saturnino, la Bella Lucía (quizá el único ejemplar superviviente), el Sobrino, la Juana Hernández, el Indio, Arrecife, el Delfín, la Rosa o el Faustino, este último popularmente conocido por «El Volador», porque según la copla popular dicen que «repasó al Correíllo con el foque y la mayor» … Barcos, veleros del pasado, que algunos sirvieron también para transportar a los protagonistas de esa otra gran epopeya de nuestra historia reciente, la emigración masiva hacia América, principalmente a Venezuela, una historia heroica que todavía está por escribir en toda su magnitud y trascendencia.

Y después de este obligado paréntesis dedicado a nuestros veleros, hay que decir, siguiendo este rápido recorrido por la historia arrecifeña, que en mil ochocientos cincuenta y ocho aparece el primer periódico lanzaroteño, denominado «El Crisol», y se establecen en Arrecife, más o menos por esas mismas fechas, una imprenta y una sucursal bancaria. El año ochenta y cuatro la Calle Real, principal arteria arrecifeña, cambia su nombre por el de su hijo adoptivo, Fernando León y Castillo, y cuatro años después se inaugura el Hospital de Los Dolores. Siglo, además, el XIX, de dolorosas epidemias y profunda hambre y sequía, marcado por el ca¬ciquismo de los terratenientes y por la ambición desmesurada de los comerciantes, que según las habladurías traficaban más con las miserias que con las realidades. Terratenientes, comerciantes y administradores que por lo visto no te¬ieron que les pasara lo mismo que al alférez Andrés Antonio Fernández de Castro, quién fue, entre 1733 y 1746, mayordomo de la ermita de San Ginés, ocupando anteriormente diversos cargos políticos en La Villa, entre ellos el de depositario del Pósito Insular, y al que a su muerte en 1746, se le embargarían sus bienes para paliar su mala gestión, un caso prácticamente no repetido de castigo por dilapidar los erarios públicos … y el siglo XIX se verá coronado, en sus últimos coletazos, con un Real Decreto del doce de diciembre del noventa y nueve, por el que al Puerto de Arrecife se le concedía el título de Ciudad.

Y así, ese cuento de hadas convertido secularmente en realidad, o Puerto de Arrecife, adquiriría su configuración actual a comienzos de nuestro siglo, con la creación del Gremio de Cosecheros y del Pósito de Pescados, el establecimiento del telégrafo y de la Cruz Roja, la apertura de la primera escuela de enseñanza, aunque nocturna, regentada por don Francisco Batllori, la inauguración de Las Maretas por el rey Alfonso XIll; se instaló, en 1913, la Escuela de Artes y Oficios, comenzó a funcionar el primer cine-teatro, el «Díaz Pérez» (1914), y el dieciséis de marzo de mil novecientos trece quedó constituido el Cabildo Insular, bajo la presidencia de don Domingo Armas Martinón …

Hoy que tanto se habla de xenofobia, habría que recordar que Arrecife nunca fue xenófobo, que sus gentes -conformadas por el más variopinto mosaico de nacionalidades- fueron siempre tolerantes, hospitalarias, con sus puertas abiertas al visitante, fuere cual fuere su lugar de origen. Prueba de ello es que tuvo varios regidores extranjeros y procedentes de diversas regiones españolas. Valgan como ejemplo demostrativo los nombres de, don Guillermo Topham Walsh (Irlanda), alcalde en 1819 y 1828. Don Manuel José Álvarez Pereira (Portugal), alcalde en 1805. Don Rodriga Rearden Mullens (Inglaterra), alcalde en 1844-450 Don Manuel ColI y Brull (Cataluña), alcalde en 1838 y don Simón Ballester Alorda (Mallorca), alcalde en 1877-1883, entre otros. Y hablando. de fechas y personajes, no podemos por menos que traer a la memoria -a veces olvidadiza y poco agradecida de nuestra historia- la mención de determinadas figuras del Arrecife que rememoramos, siempre se nos da en recordar e inmortalizar figuras -desde luego señeras- como las del gran físico don Blas Cabrera Felipe, entre otros, prohombre de relieve internacional y posiblemente la máxima figura intelectual arrecifeña; pero sin embargo nos olvidamos de otros patricios que dieron lustre a nuestro Puerto. De entre esa galería de hombres y mujeres ilustres, prácticamente desconocidos para el gran público, figuras, eminentemente humanas, que un día hicieron historia en esta tierra ingrata en ocasiones, a modo de breve enumeración nos referiremos a las siguientes: Francisco Aguilar y Leal (S.C. de Tenerife 1776-Montivideo 1840). Fue alcalde de Arrecife en 1808, inició los trabajos de construcción de la primera cárcel pública arrecifeña. Construyó en su casa un gran aljibe con una bomba, del cual surtió a la población porteña en épocas de sequía, sin recibir nada a cambio. Emigró a Uruguay tras vender su casa, en 1812 fundó en aquel país sudamericano una próspera colonia agrícola, comercial e industrial. Luchó por la independencia del Uruguay, llegando a ocupar los puestos de Presidente de la Comisión Permanente, Senador y Ministro de Hacienda. Tomás Clavijo y del Castillo Olivares (Arrecife 1841-1913). Ingeniero militar. Dirigió las obras del actual edificio de Capitanía General en S.C. de Tenerife, fue comandante de ingenieros de dicha ciudad canaria entre 1891 y 1898. Agustín Cabrera del Castillo (Arrecife 1795-1840). Doctor en leyes, de las primeras matrículas de la Universidad de San Fernando de La Laguna. Lorenzo Cabrera Cabrera (Arrecife 1839-1913). Médico, licenciado por la Universidad Central de Madrid, llegó a ser amigo personal de Benito Pérez Galdós y de Fernando León y Castillo. Eduardo Ruiz García de Hita. Natural de Arre¬cife, donde vivió su padre, Eduardo Ruiz de Hita como jurista a mediados del siglo XIX. Siguió los pasos de su padre en la carrera judicial, llegando a ser en 1916 presidente de la Sala Civil del Tribunal Supremo de España. Actualmente su nombre lleva el rótulo de una calle (anteriormente denominada «Disimulo»), pero equivocadamente como «García de Hita». Y para finalizar ésta compendiada relación, una mujer, Concepción Medina Rosales. Natural de Gran Canaria, ejerció entre 1869 y 1916 la docencia en las escuelas femeninas arrecifeñas, siendo maestra de maestras, su hija seguiría su estela en el magisterio docente.

A partir del momento en que nuestros padres y abuelos ya pisaron una ciudad consolidada -la vivieron y sintieron, fueron parte integrante de su auténtica Historia, la testimonial-, se volverá a reencarnar el viejo pleito de caciques innobles y de traficantes sin escrúpulos; pero no ya entre Teguise y el Puerto de Arrecife, o entre el Puerto de Arrecife y los exportadores e importadores o intermediarios, sino quizá ya entre la tradición y el turismo, entre lo autóctono y el mestizaje; entre el viejo y perenne concepto de lo moral, del honor, del respeto a la palabra dada, de la especulación desmedida de la tierra y del mar. Se recuerdan con verdadera nostalgia a los aguadores, a los rebaños de cabras por las calles, a los pregoneros de las fiestas, a los personajes populares del Puerto y a las anécdotas de cada cual. Como cuando el cura se quitó la sotana para darle cuatro tortazos a un imbécil; o el vecino que hizo el viaje a Fuerteventura a lomos de su burra para ahorrarse el pasaje; o el de aquel otro que vació desde la azotea un bidón de agua puerca sobre uno que le había llamado indiano; o aquel que regresó a su casa en calzoncillos por mor de bailar con novia ajena; o aquella autoridad que prohibió las máscaras carnavaleras y pasó la noche en el «cuarto de los ratones» por haberse valido de una … ¡Fulano se hizo el muerto para que lo acarrearan gratis, por estar cansado, y mengano evacuó delante de la puerta de zutano para que éste no diese parte … sino todo, a la Guardia Civil!. O aquel que gustaba de merodear como una «coruja» en las noches oscuras, cuando no había alumbrado público en algunos barrios, aplicando la vista en ajenos ojos de cerradura y rendijas, y se cuenta que perdió un ojo, porque desde dentro de alguna casa le jincaron una aguja … Y así, así, infinidades de érase una vez …

Sí, érase una vez en el que la gente vivía del mar y para el mar, de las fábricas conserveras y para las fábricas conserveras, de sus tradiciones y para sus tradiciones, con sabor y olor a mar limpio y a campo fresco; cuando se hacían rogativas por el agua, desfilaban fervorosas procesiones, y cuando los padres acudían para ver bailar a sus hijos. Érase una vez en que no había pobres de solemnidad en el Puerto, porque un poco todo era de todos, porque se fiaba a los que pasaban por algún aprieto, y porque todos participaban de las siembras, de las cosechas, de las redes, de la construcción de sus viviendas, de los «ajogaos», de las penas y de las sonrisas colectivas. La hospitalidad, la caballerosidad, el ingenio de los porteños superaba la ambición o la especulación de otros mares y tierras. Hasta que llegó el turismo, claro, la década de los setenta, y el Puerto de Arrecife fue remitiendo hasta convertirse en un sueño más de «Las Mil y Una Noches»; las fábricas de pescado fueron desapareciendo, y hasta algunos consejeros y concejales se transformaron, como por arte de magia, en obreros o en expertos de la construcción. Lo que no valía ni una peseta pasó a costar miles y millones, cada cual hizo expedientes de dominio a costa de los confiados o de los ingenuos, cada quien solicitó créditos, surgían ricos y pobres a placer, o a discreción; proliferaron como una epidemia las sucursales bancarias, las inmobiliarias, las salas de juego y de recreo, los «pubs», los «clubs», los «take away», los «snack», los «saloons», las «lots», los «pops» y los «Lives»; los pícaros de aquí y los de más acá o más allá; y si en La Gomera todos eran abogados, en Lanzarote se convirtieron en jueces supremos. Simplemente porque el dinero lo merece, demostrándose sagazmente y en la práctica que entre la honradez y la corrupción, la única balanza es el considerando político.

Y, por último, érase una vez … Y érase una vez en que unos arrecifes, un Arrecife, un Puerto, un Puerto de Arrecife, que nació del mar y para el mar … Este Puerto de Arrecife, se halla ahora, como el viejo romance, suspirando por el mar. Porque desde sus inicios hasta hoy, aunque por diferentes motivos algunos no quieran entenderlo, desde sus comienzos hasta hoy, repetimos, el Puerto de Arrecife ha visto y sólo ve su verdadero progreso social y económico en la apertura hacia todo tipo de dependencias marineras, que conviertan este Puerto en paraíso y fe de los isleños, de los deportistas, de los visionarios, de los aventureros, de los comerciantes y de cuantos sueñan con el disfrute o con el descanso. Porque el Puerto de Arrecife, eso sí, más ampliado y modernizado, casi ahora sin sabor a viejo, a Historia -no por eso más cómodo o limpio-, el Puerto de Arrecife actual continúa, en gran medida, de espaldas a su realidad marina. Una Arrecife que intenta competir, con pocas y defectuosas armas, con el resto de las urbanizaciones turísticas costeras, en lugar de haberlo hecho y de hacerlo contra la falta de escrúpulos y de proyección futura de algunos de sus ambiciosos habitantes. Desgraciadamente el mar, y esa pugna des-concertante entre los porteños, han sido y son los «sinos» históricos de nuestra ciudad. Érase una vez… Érase una vez un Puerto, una playa, un lugar donde desde siempre, y ahora, el corazón, nuestro corazón, desea vararse, como una vieja barca, en busca de sol, de descanso; donde los marineros se volvían y se vuelven locos, y los pilotos perdían y pierden el rumbo cuando veían y ven que la bella «Lola», o mujer de sus sueños, se contorneaba y se contornea por la orilla, luciendo su lindo talle. Un Puerto de Arrecife del recuerdo, del presente, para el que deseamos toda clase de felices venturas, felices venturas ajenas a los vaivenes y avatares de quienes no aspiran al beneficio colectivo. Érase una vez un Puerto; un Puerto de Arrecife…

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