Pregón de San Ginés 2002

volver POR    JOSÉ ANTONIO GARCÍA DÉNIZ

Jose Antonio Garcia Deniz
ARRECIFE AYER, HOY ¿Y MAÑANA?

Cuando los responsables de las Fiestas de San Ginés me pidieron que hiciera el Pregón, mi respuesta inmediata fue negativa, porque disponía de muy poco tiempo, y probablemente porque tenía serias dudas sobre mi capacidad para hablar sobre el municipio que me vio nacer hace 52 años, y del que falto hace 35. La insistencia del Concejal de Fiestas me hizo reflexionar y tomé la decisión de aceptar, movido por algunas razones que les comentaré.

La primera es que no he podido devolver a mi pueblo lo que éste hizo por mí hasta que me marché a estudiar a La Laguna, y la universidad me ofreció trabajar en sus aulas. Cierto es que podía haber optado por el regreso y enseñar en el instituto en el que me formé, pero no lo hice, a pesar de los buenos deseos de mi vecino Ramón “Leva-Leva” que, cesto al brazo, me preguntaba con cariño ingenuo si en Arrecife no se podía poner una universidad para que diera clases en ella.
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Una segunda razón, poderosa, es que las Fiestas de San Ginés no me son extrañas. Una de mis citas anuales con Arrecife es la de agosto y, desde que ingresé como componente del grupo de toque de la Agrupación Folklórica Arrecife con 14 años, no he dejado de participar ni una sola vez en su Festival de Música Folklórica, de dar un paseo por el recinto ferial como mozalbete, y de tomar algo en un ventorrillo acompañado por amigos y parientes.

Finalmente, he aceptado el desafío convencido de que no nos vendrá mal, a todos, que reflexionemos conjuntamente sobre cómo era Arrecife hace 40 años, cómo es ahora, y qué futuro le espera, si es que en un futuro estimamos que existirá algo que podamos llamar Arrecife. Y espero que disculpen mi atrevimiento para hablar de algo que a partir de los 17 años sólo conozco como visitante, pero les garantizo que mi propósito es sólo servir de guía, presentar unos hechos, dar unas opiniones, para que ustedes reflexionen sobre mis propuestas, y construyan su propia reflexión.
Es cierto que viví el Arrecife de los años 50 y 60, y que no necesito consultar libros para decirles lo que significaba para mí, pero al mismo tiempo la distancia física, que no afectiva, me permitirá una reflexión más serena, más objetiva, y más tolerante sobre la evolución de nuestro pueblo. Porque no voy a hablar sobre el desarrollo económico o urbanístico, sino que daré mi visión particular del cambio cultural que se ha producido en todos nosotros como individuos, y en la colectividad a la que pertenecemos.

Y permítanme que hable de cultura, y de idiosincrasia, y de identidad en términos tan generales que permita la imprecisión literaria, como vía más segura para hablar sin pretensiones científicas. Porque creo que la cultura o la identidad de un pueblo está constituida por los saberes que compartimos, por las convicciones, las creencias, los valores, por la manera de ser, por las relaciones humanas que practicamos entre nosotros. Y estos elementos no deben vincularse a la apariencia externa, ni a diferencias de sexo o raza, ni a aspectos afectivos, con ser importantes sentimientos como el de pertenencia a una comunidad; yo voy a sostener la hipótesis de que la identidad de Arrecife como ciudad es un hecho intelectual, que ha cambiado más entre 1960 y el año 2000 que en los dos siglos anteriores, y que ese cambio no ha sido tan profundo en su aspecto externo (calles, edificios, coches, barrios, barcos) como en su mentalidad.

Y desde luego, parto del principio de que cualquier tiempo pasado no tiene por qué haber sido mejor. Y estoy convencido que los sistemas culturales no son inamovibles, y responden a la adaptación de los seres humanos a las circunstancias que les ha tocado vivir, muchas de esas circunstancias provocadas por ellos mismos. No creo en el determinismo de las condiciones geográficas, ni siquiera en un lugar tan especial como Lanzarote, porque la isla sigue siendo la misma; ni creo en diferencias genéticas o raciales. Creo en las personas y en la difusión de valores vinculados a la estructura social y productiva de cada lugar; creo en la lucha permanente entre el poder y la ética.

Pero no quiero cansarles más con esta digresión introductoria, y voy a transmitirles mi evocación del Arrecife pasado, el de mi infancia, y trataré de extraer la identidad de ese pueblo, todavía pequeño en habitantes, pero grande a los ojos de un niño, Todavía me asombra comprobar la diferencia de tamaño entre las cosas tal como las veo ahora y cómo las veía entonces.

Quizá la característica más clara del Arrecife de los años 50 era la sed permanente. El carro tirado por un burro que repartía el agua salobre de Famara o del buque-aljibe de la armada, racionadamente. Dos latas por familia y una tercera si eran más de seis miembros, dos veces por semana. La cola en el chorro de la Florida, buscando un garrafón más. Hasta que se instaló la primera potabilizadora, no se generalizó el agua corriente, y la ducha dejó de ser casi una aventura por lo insólito.

Es cierto que esa adaptación a la escasez permanente no se ha olvidado del todo, pero no hay color con las actuales campañas de mentalización ciudadana. Las nuevas generaciones criadas en la época del plástico, difícilmente entenderán la trascendencia social de oficios como el de latonero: con qué habilidad soldaba con estaño aquellas duchas confeccionadas con un cacharro, y que colgando de la pared se llenaban manualmente con cubos, y se rompían casi con la misma frecuencia que había que llenarlas. ¡Cómo calculábamos el orden de la ducha entre los miembros de la familia, para poder enjuagamos sin acabar el contenido, para que el siguiente tuviera que rellenarla! Creo que en el fondo era un truco más para ahorrar.

Y el latonero reciclaba trozos de los pocos envases de productos enlatados que conseguía, para remendar tojios, y una lata de leche condensada se convertía en un jarro para tomar el agua (hoy adornaría una mesa como florero o simpático portalápices). Y lo mismo remachaba un viejo caldero de aluminio, que soldaba el agujero del cuerpo de cobre de una cocinilla de petróleo.

El ingenio combatía la escasez, y a falta de algún producto se imponía el reciclaje, que no es un descubrimiento de los ecologistas de los países ricos. El agua del último aclarado de la ropa servía para la puesta de remojo y el primer lavado de la muy sucia, lo mismo que se lavaba la cara y mojaba el pelo de los niños que iban a la escuela encima de los cajones de las plantas para que se regaran. La paja de los colchones alimentaba a los animales, cuando estaba tan molida que era casi tierra. El saco del azúcar hacía unos magníficos calzoncillos, y existía lista de espera en la tienda (ciertamente al principio raspaban un poco). Cuántos garrafones de boca ancha, de los de aceitunas, cumplían con la maloliente función de transportar el contenido de las bacinillas de las casas sin pozo negro hasta la orilla del mar, con nocturnidad. ¡Qué amaneceres “aromáticos” si la marea estaba bajando, y qué color en los charcos de la Estila o la Pescadería Vieja, hasta que la nueva marea lavaba casi todo!

Cuesta trabajo creer que hubiera un pastor como Rocío que se alquilaba para llevar la cabra del vecino con las suyas, o que un hombre viniera a pie, desde Güime, bajo el peso del sol del mediodía y una enorme cesta de higos picones, para vender a tanto la docena, casa a casa. Cómo nos reíamos los chicos cuando nos decían que en la remota capital, en Las Palmas, en Canaria decíamos, los higos se llamaban tunos y se vendían al peso. Pocos años más tarde, esto mismo sucedía entre nosotros.

Y cuando hoy nos quejamos de Arrecife, siempre sucio, nos olvidamos de los esfuerzos de Realillo y Papaía, modélicos barrenderos municipales, cazando el enjambre de papeles que parecían tener vida propia y se amontonaban en las esquinas estratégicas, y rascando con la espátula adosada al extremo del mango de la escoba de pírgano, los restos que dejaban cabras, burros o camellos de transporte privado o público. Y el viento de Arrecife no sólo era juguetón con los papeles: a veces el noreste nos traía el olor de las factorías de pescado, pero si cambiaba al suroeste era peor, porque ahora nos trasladaba los efluvios del crematorio de basuras de la Bufona.

También era travieso con las faldas de las muchachas, cuando se encajonaba desde la tienda de Domingo Lasso y revocaba en tremolina en la esquina de los Prat, para regocijo de los mirones de la Calle Real. O levantaba tomados de juguete en los polvorientos llanos de Maneje o Argana, levantando las rojas gorras de los regulares de Ifni que hacían la instrucción allí cuando la guerra (los “amapolas” los llamábamos los chiquillos). Ése si era un buen juego: vigilar la trayectoria de los remolinos, y metemos dentro para sentir el azote de la arena en las pantorrillas, en la cara, en los brazos. Más tarde descubrimos que si el remolino era de agua, podía hundir un barco como la Añaza, y empezamos a tenerles respeto.

Pero el viento también aullaba en las noches de invierno, cuando se apagaban los quinqués, y nos acosaban las pesadillas y los miedos, y el fantasma de Teresa la Alta y las luces del cementerio viejo, y el camello caliente que nos perseguía, y el marrajo y la tembladera que nos acechaban en la playa, y el perro rabioso, y el burro mordión….

Arrecife miraba al campo de reojo, con cierto aire de superioridad, y eso que el campo empezaba en el jable de Playa Honda, y en Argana y en el Volcán de Tahiche. Por eso no nos importaba que a los del Puerto nos llamaran gorfines, porque nosotros los llamábamos a ellos maúros. Nos considerábamos gente de mar y eso era algo más: la ayuda en el calafate y la pintura de los barcos, el equilibrio en la chalana, la recogida de cáñamo y tachas de cobre para vender al porronero, el jolatero, la piedra secreta con almejas, el sitio de la santorra picuda.

Éramos chicos y todavía no apreciábamos la solidaridad marinera frente a la necesidad y los años malos, cuando nos mandaban a casa de los familiares y de las vecinas a llevar unas pocas espinas y aletones salados, o un poco de la caraportal para ayudar a pasar la temporada. Y la tendera analfabeta, que llevaba la identificación y la contabilidad de los fiados con marcas, porque desconocía hasta los números, que muchas gracias y dile a tu madre que no se preocupe, que para la pesca chica ya me dará algo si las cosas van mejor.

Esa solidaridad llegaba hasta la escuela. Recibíamos la leche en polvo de la ayuda americana como refuerzo alimenticio (el queso amarillo pocas veces), pero todavía, pobres, nos esforzábamos en llenar el termómetro del cartel del Domund, perra a perra, hasta alcanzar la increíble cifra de cincuenta pesetas. Es cierto que un compañero de la Pescadería donde residían varias familias nominadas año tras año para los premios de natalidad del Gobierno, volvió un día con el recado de su madre de que ella no podía ayudar, porque tenía catorce chinitos en su casa que mantener.

Los que vivíamos entre la Pescadería Vieja y la Estila, hijos de marineros, acudíamos, cómo no, a la Escuela de Orientación Marítima, frente al Parador de Turismo. Más de cincuenta chicos desde los siete a los catorce años, en una escuela modélica para entonces. Hombre, el patio y polideportivo era la muralla vieja, de piso de tierra, cantera del entonces y actual club de fútbol Orientación Marítima, pero que tampoco podíamos llamar con exactitud “la calle”, porque el único coche que pasaba alguna vez era el de Don Andrés. Tener, teníamos hasta cuarto de baño con agua corriente que era la escalinata del muelle de la Pescadería, que a veces servía como piscina escolar si algún turista despistado del Parador echaba una perra chica al fondo, para ver bucear a alguno de los muchachos. Y no digamos nada de la sala de usos múltiples del Grupo Escolar de La Recoba, donde Don Tomás Aguijar nos proyectaba películas mudas del Gordo y el Flaco.

Afortunadamente, Don Pedro Hernández el maestro del barrio entendió que su cometido era formar hombres honrados que pudieran ganarse la vida en tierra o en la mar, y redujo la “orientación marítima” al hecho de dedicar la clase de dibujo de cada dos sábados a trazar barcos de todo tipo sobre la pizarra o el papel. Probablemente, los que fuimos sus alumnos nunca le perdonaremos que incumpliera su promesa anual de alquilar un camión, para llevamos a ver las obras del entonces remoto Muelle de Los Mármoles, pero seguro que tampoco le agradeceremos bastante que jamás nos obligara a levantar el brazo, por encima de nuestros pantalones remendados y cabezas rapadas para cantar el “Cara al Sol”, y que fuera tolerante cuando le pedíamos el “Viva España” porque era más corto, y que nos educara por igual sin distinción de clases.

No había televisión, pero se leían en grupo novelas por entrega mientras las mujeres cosían, o se echaban cuentos en las puertas de las casas esperando que se levantara la brisa del anochecer. No había asfalto en las calles, pero era mejor para el trompo o el boliche. No había mucho, pero sobraba tranquilidad, y a nadie se le hubiera ocurrido llevarse la plancha de carbón puesta en la esquina de la calle, para que el aire avivara las brasas y la calentara.

Si nos paramos en este momento a reflexionar sobre las señas de identidad de ese Arrecife, olvidando la nostalgia idealizadora de la propia infancia, tendremos que concluir que la palabra que la resume es la escasez. Un Arrecife azotado por las sequías, por las malas zafras pesqueras, con mucha tierra y pocas aceras en sus calles, sin futuro claro, con poca esperanza. Probablemente esa situación de carencia obligó a la solidaridad, a la fidelidad a la palabra dada como garantía del fiado. Un talante abierto al exterior y tolerante, desprendido. Y hay que decir que esos valores no eran exclusivos de nuestro Arrecife: casi todos los pueblos de Canarias, especialmente los marineros, responden a este código que podríamos llamar la solidaridad del hambre.

A mediados de los años 60 no existe ni una plaza hotelera fuera de Arrecife. Empieza a hablarse, al igual que en el resto de España, del turismo como porvenir de la isla de Lanzarote, y así lo refleja Guito semanalmente en Antena con la fe del profeta o visionario. El Cabildo se vuelca en el acondicionamiento de los sitios de interés, y César Manrique impulsa el conocimiento de la isla en el exterior: al final no sabemos si César dibuja las casas tradicionales o éstas se construyen siguiendo los bocetos de César. El caso es que algunos compañeros de cuarto curso de bachillerato deciden irse a la Escuela de Hostelería de Las Palmas, y otros se convertirán en promotores. Yo me voy a Tenerife y cada año que vuelvo encuentro novedades asombrosas.

Primero recorríamos las discotecas y los bares nuevos, luego las urbanizaciones; las playas desiertas se iban llenando y apostábamos a que la Playa Grande de la Tiñosa nunca se urbanizaría porque era ventosa. Pero Arrecife queda descolgada del desarrollo turístico, con la honrosa excepción del Lancelot y el tremendo disparate del Gran Hotel. Arrecife se convierte en la ciudad dormitorio de los trabajadores de la construcción y de la hostelería, polo de atracción de la gente que abandona el campo y se establece en Altavista, en Santa Coloma o en San Francisco Javier. Se expansionan, crece, se urbaniza siempre con retraso, y sus carencias de infraestructura se ponen de relieve.

La pesca empieza a decaer y terminan casi desapareciendo las otrora multitudinarias procesiones del Carmen. Las Fiestas de San Ginés intentan de la mano de Juan Brito, reflejar la vida del campo lanzaroteño, con no mucho éxito de público. La serenata tranquila es sustituida por los nuevos modos de diversión en locales cerrados. Cambia la tipología de los lugares y de las sociedades de recreo. El dinero fluye y empieza a importarse mano de obra peninsular para la construcción, la hostelería y o la nueva pesca intensiva de la sardina. Empieza el azote de la droga. El nivel económico sube como la espuma, hasta que empiezan a levantarse voces que denuncian el desarrollismo y el carácter depredador de muchas promociones turísticas.

Quizá la primera voz que se levanta es la del primero que incitó a basar el futuro de la isla en el turismo, la de César Manrique. Y sorprendentemente su protesta tiene dos vertientes: la conservacionista y la cultural. Cuando nadie hablaba de moratorias ni de capacidad de carga del territorio, él denunció que la isla tenía un límite de crecimiento, si no quería entrar en un deterioro irreversible. Él, que vendió el carácter único de la isla, su identidad y sus peculiaridades, protestaba por la terrible influencia de los cientos de miles de visitantes, que estaba despersonalizando la isla, convirtiéndola en una réplica de tantas zonas turísticas del mundo en lo externo y en lo interno, en la gastronomía, en el vestido en las actitudes, en los valores nuevos.

Probablemente, César pensó que se había ido demasiado lejos, y seguramente así fue. Arrecife dejó de ser marinera. Sólo iniciativas como la recuperación del Charco de San Ginés, las competiciones de barquillos, o la labor de la Casa del Miedo nos vinculan todavía a un pasado prácticamente muerto para la mayoría de su población. El campo parece conservar mejor su idiosincrasia y se convierte en el último refugio de la voluntad de diferenciarse, como lo demuestra el éxito de acontecimientos como la Romería de Los Dolores.

¿Cuál es el perfil actual de este Arrecife? Tendríamos que mirar sobre todo a los menores de 30 años, y preguntarnos si estarían dispuestos a vivir en las condiciones que lo hicimos la mayoría de nosotros. Creo que la respuesta es evidente, aunque la añoranza nos ciegue. Probablemente también nuestra generación, si se pusiera la mano sobre el corazón, intentaría recuperar algunas cosas, pero no estaría dispuesta a renunciar a las muchas mejoras conseguidas.

En Arrecife hoy, la palabra parranda se traduce por marcha, el vino y el ron por calimocho o whisky, la pata por hamburguesa, el boliche y el trompo por la playstation. Otras cosas han logrado pervivir si bien adaptándose a las nuevas costumbres, como las fiestas en tanto que expresión colectiva de la identidad: San Juan, los Carnavales y por supuesto San Ginés.

Y en otras muchas se ha mejorado: la drástica reducción del analfabetismo, los avances en educación, el nivel de la producción cultural y artística, la dinámica de permeabilidad entre las clases sociales, las condiciones sanitarias, por no hablar de las condiciones económicas. Hay que reconocer que hace sólo treinta años una gran parte de la población de Arrecife vivía en unas condiciones que hoy identificamos con el Tercer Mundo. Baste recordar cómo vivían los pescadores del salado en un barco de vela, sin aseo ni ducha, sin comida fresca durante meses, hacinados en camaretas infames, en condiciones laborales próximas a la esclavitud. El salto ha sido impresionante.

Lo que ha pasado es que el precio pagado por el bienestar económico ha sido muy alto, y ahora Arrecife no se parece en casi nada al que era. Pero no es un fenómeno sólo nuestro, ni siquiera nos ha afectado más que a otros lugares. Lo mismo le ha ocurrido a todas las zonas turísticas. Las modernas “hordas de Guengis Cook”, como las denomina Julio Cortázar, producen ese efecto nivelador, y los culpables no vienen siempre de fuera. También nuestros empresarios suelen mirar el pan para hoy.

Podremos intentar recuperar el pasado, pero me temo que es una batalla perdida de antemano. Y no estoy convencido de que el cambio haya sido totalmente a peor. Sí que lo ha sido en una dirección distinta a la que solía. Arrecife será peor para unos y mejor para otros, pero seguro que será distinta para todos: el cambio se ha producido en nosotros, y por la aportación de los visitantes, y de los ciudadanos de otras partes del mundo que han venido a trabajar aquí, y por los que se han quedado a vivir. Y esto no es una tragedia.

Yo creo que Arrecife, ahora mismo, no es una ciudad sin personalidad, sino que está en una crisis de identidad, y esa crisis se resolverá con el tiempo, cuando se fundan, como en un crisol, los nuevos valores con lo que queda de lo viejo, y con las aportaciones foráneas. Pero será un proceso largo, probablemente no ausente de conflictos, pero yo soy optimista porque no creo en las sociedades endogámicas, sino en las abiertas y dinámicas, como siempre fue Arrecife.

Sirva como ejemplo lo acontecido en los Estados Unidos de Norteamérica. Este país tuvo una rica cultura autóctona representada por las muchas tribus indias. A partir del descubrimiento de América, recibe influencia francesa desde el norte y en la franja de la Lousiana hasta Nueva Orleans, española por el sur, y anglosajona protestante por el este. Sucesivas oleadas de inmigrantes fueron aportando su cultura: esclavos africanos, centroeuropeos, judíos, hispano-americanos, italianos, chinos, entre otras muchas minorías. Toda esta fusión de culturas ha creado la cultura norteamericana actual, potente donde las haya. Nosotros mismos notamos su influencia en la música, el cine, la literatura, el vestido, el deporte y hasta las costumbres y la política. Por más que sus gobernantes se hayan planteado fomentar una propuesta cultural anglosajona y blanca, el fracaso ha sido evidente, y el resultado, sin duda, mejor.

Arrecife tiene futuro aunque no podamos imaginarlo ahora. Esta sociedad en ebullición, con tensiones con aportaciones de medio mundo, irá asentándose y madurando. Este crisol que es Arrecife, estoy convencido que producirá el bello metal de una nueva identidad. Si las personas que tienen capacidad de influir toman las decisiones acertadas en el campo de la educación, la cultura, la convivencia, la protección del medio ambiente, la difusión de valores humanistas como la tolerancia o el respeto a la diferencia, el cambio que se ha producido en los últimos treinta años no tiene por qué haber sido a peor, sino que será a mejor. Que así sea y todos lo veamos.

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