Pregón de San Ginés 2004

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POR   JOSÉ Mª ESPINO GONZÁLEZ
Jose Mª Esapino Glez.

Queridos conciudadanos, autoridades, querida María Isabel, Encarna, concejala de Festejos, amigos todos: Me gustaría captar el ambiente marinero y amable de nuestra tierra con la emoción profunda de quien como exalcalde de esta ciudad va a intentar transmitirle a todos Vds. El sabor popular de las fiestas de San Ginés, nuestro patrono.

La ciudad de Arrecife

Cuanto me gustaría en estos momentos poseer la técnica del arqueólogo que pusiera ante vuestra vista la disección de los distintos estratos de nuestra historia, descubriendo el verdadero embrión arrecifeño; tener el arte, la pericia, la visión del artesano y del orfebre para poder mostrar cuánto se esconde tras los vericuetos de nuestros humildes callejeros.

Sería verdaderamente reconfortante poder plasmar como el pintor en el lienzo, la quietud, la policromía y la paz de una puesta de sol en una bahía inédita, donde el cristal de sus aguas se rompe en mil pedazos festoneada por múltiples arrecifes que cierran y abren sus puertas al mar entrañable que saben domesticar: Los islotes de Fermina, El Quemado, y el islote del Francés son mudos testigos de la historia de nuestra ciudad.

Me gustaría, como los Buches, como la parranda de Portonao, como las gentes de nuestro folklore, entonar cadenciosas habaneras que nos retrotraigan a épocas donde el sabor marinero de nuestras costumbres nos brinden amables recuerdos.

Quiero cantar con nuestros poetas la quietud y la paz que transmite la visión de nuestra bahía. Así lo hace entre la más tremenda desolación y la más encendida y cándida esperanza nuestra María Morales:

Esta plácida mañana
pálido está el firmamento,
y la mar con sus reflejos
luce un lago semiazul;
lejos en el horizonte
subiendo va por el cielo
como una bola de fuego
el astro lleno de luz;
sobre el espacio infinito
entre la tierra y el cielo
rápidas cruzan el cielo
nubes de aves marineras
que lanzando van
graznidos
más que cantos, son
gemidos
de las palomas del mar!
Allí dentro la bahía
barcazas, botes y lanchas
reposan duras faenas
y reparan su perfil
mientras en la lejanía
surcando va por los aires
como una estela de humo
de una pareja pesquera
que ávidos emprenden
rumbo
con ignorado destino
bajo la égida de Dios.
Al fondo nuestro Castillo
que nos vigila sereno;
las bolas del puente viejo
con sus grandes ojos
negros
por donde rielan las aguas!

Menos mística es la visión que de nuestro puerto de Arrecife nos da en este soneto José Tresguerras, poeta nacido en Arrecife en 1870

Puerto de Lanzarote cercano de arrecifes;
el del Francés de un lado, del otro Juan Rejón,
donde pesqueras naves con sus velas y esquifes
en Puerto Naos encuentran carena y provisión.
Sus casas se reflejan en el lago salino
patrimónicamente “Charco de San Ginés”
que es del mar afluyente y el reflejo marino
con sus altas y bajas, llena y baja después;
las gaviotas se esparcen en sus aguas saladas;
son aves marineras que viven habituadas
al “Charco” que les brinda reposo y amistad;
y a manera de bellas viajeras golondrinas,
regresan confiadas, cuando vuelven, cansinas,
de arriesgados cruceros sobre la inmensidad.

O bien cantar al Puerto de Naos como lo hace Guillermo Topham:

Trozos de mar en ecos de silencio,
llenan de paz la luz de tu ribera,
besándose los dos en la quimera,
de un puro y dulce amor que yo presencio.
En ese lecho azul de agua de cielos
que acarician las sales y las brumas
duermen su noche blanca las espumas
entre foques y jarcias de veleros.
Rompe la luz el sueño de la noche
naciendo limpia y pura la mañana;
siempre de cara al mar sin un reproche
el pailebot despliega su mesana
para poner así brillante broche
a su ventura heroica y sobrehumana.

No podríamos seguir de largo sin mencionar el vanguardista poema acróstico que Agustín Espinosa en su obra “Lancelot 28º 7’ ” dedica al Puerto de Naos retratándolo con doce metáforas que son como doce instantáneas poéticas captadas por el flash de su fantasía:

Pensión de veleros.
Ulcera de débil.
Exposición de mástiles.
Redondel azul-plata.
Taller de Lorena.
Oasis de océano.
Diccionario de jarcias.
Espejito de calle de la Luna.
Niñez de lago.
Aprendiz de puerto.
Oficina de África.
Sabañón endémico del Atlántico.

Podría ser esclarecedor rememorar con ustedes el Arrecife incipiente, magníficamente descrito por Agustín de La Hoz en su libro “Lanzarote”:

“De la belleza litoral de Arrecife poco se ha dicho, siendo, como es, vigorosa acuarela de pura y clásica plasticidad. Su cielo anda siempre sin brumas, con luces sólidas, con reflejos estables en su mar que antoja un puñado de medallas sembradas a voleo sobre la orilla. ¡Y allá el Atlántico tenebroso, veces negros, otras infinitamente azul”.

El intimismo de la incipiente urbe, nos dice Agustín de La Hoz se muestra con gozosa plenitud, como abrazado por esa serena placidez en la que todo relieve se atenúa bajo un sol vertical y limpio.

Sobre los fondos cerúleos surge el caserío, y las embarcaciones parecen envueltas de una luz blanca que las purifica y tranquiliza aunque se haya dicho que Arrecife vive revolucionada por el viento, la tierra y el mar. Sin embargo, es el mar quien crea y embellece al Puerto del Arrecife, colmándolo de historia, romances y leyenda.

La ubicación de nuestra ciudad era inmejorable: dos puertos, el Puerto del Arrecife o Puerto Caballos, y el Puerto de Naos, unidos por un brazo de mar, el pasadizo, que se ensancha en el Charco de San Ginés.

Y hablamos de situación inmejorable porque esta espléndida marina queda abrigada por una tierra generosa, que se abre en forma de anfiteatro alrededor del Charco.

Hacia 1593 sólo había edificadas unas pocas casas y algún almacén, cuando el berberisco Jabán Arráez quemó el expresado Puerto del Arrecife.

El paisaje sigue desolado hasta 1630 en que se funda la ermita o capilla dedicada a San Ginés obispo. En 1733 se lleva a cabo la visita pastoral del obispo Pedro Dávila y Cárdenas por cuya relación sabemos que Arrecife sólo contenía la ermita, 28 vecinos y un castillo, el de San Gabriel, construido en 1598, narrándonos, seguidamente, la amenaza de la lava que en ese año de 1733 llegaba a Naos.

En 1798, en que se establece el curato o parroquia de San Ginés, el número de vecinos era sólo de 55, a pesar del fomento del tráfico de la barrilla.

Hemos de destacar el escaso impulso de nuestra ciudad en su desarrollo primitivo ya que en 1806, según nos dice Álvarez Rixo por boca del capitán Mirón “la presente población de este puerto, son unas callejuelas sin gusto ni dirección, y no hay una sin que deje de encontrarse algún tranco de paredones de piedra seca. Las fábricas que están entre manos son muchas. Las casas son todas terreras a excepción de seis. El vecindario, de 800 a 1000 almas, muchas de éstas, transeúntes. La calle de la marina, que en los pueblos marítimos siempre se cuida sea la más bien formada, era intransitable antes de 1803”.

Don José de Viera y Clavijo en su “Historia de Canarias” dice: “La fundación de este pueblo atestigua evidentemente, que la desunión de los negocios públicos es lastimosa, como ocurre en toda Canarias, y que le faltan ideas, pues, si éstas se hubiesen tenido pudo haberse edificado aquí el pueblo más singular de las Canarias imitando a la ciudad de Ámsterdam o de Venecia”.

El informe que sobre el desarrollo urbanístico de Arrecife en este período nos proporciona el mismo cronista no resulta nada esperanzador: las calles que se van formando las camban, cortan y dificultan y compara a la naciente población con un lugarejo de los que hicieron los moros en España hace seis siglos.

Mil ochocientos cinco fue un hito importante en el desarrollo de la ciudad al conseguirse la parcelación del Yágabo por la acción contundente del alcalde don Manuel J. Álvarez, frente a las pretensiones del coronel don Bartolomé Guerra Clavijo, si bien, es bastante esclarecedora la anécdota referida por el licenciado don Andrés Arbelo, que retornó a Lanzarote en 1811 después de oír hablar de los progresos demográficos del puerto; y, al recorrer las nuevas calles dijo haber reconocido que los ingenieros directores de aquel creciente pueblo habían sido las mismas cabras que tenían formados los atajos y veredas que conducían al embarcadero cuando él se marchó la primera vez.

Álvarez Rixo nos da cuenta de las 16 casas mayores de dos plantas que se construyeron en la ciudad, la creación de la parroquia bajo la advocación de San Ginés, en 1798 y del nombramiento del Párroco don Francisco Acosta Espinosa.

Las dos fortalezas del Puerto del Arrecife, el castillo de San Gabriel levantado sobre el islote del Quemado, que cierra el puerto, lo fue a finales del s. XVI; y la otra fortaleza, el castillo de San José, a finales del s. XVII, en la época de Carlos III, que tuvo por misión proteger la rada de Naos. Ambas formaban parte del paisaje del Arrecife incipiente.

La ciudad de Arrecife; que empezó siendo una humilde aldea de pescadores, se incrementó como puerto exportador de la barrilla primero, y de la cochinilla, después. Se convirtió en la capital de la isla en 1852, y en puerta de entrada y salida de todos los productos de importación y exportación, así como en base de la flota pesquera del banco canario-sahariano.

Arrecife es el centro político-administrativo y cultural con Institutos de Bachillerato y Formación Profesional, Escuelas Náuticas-Pesqueras y de Artes y Oficios, Escuelas de Turismo, de Hostelería, de Enfermería, así como la UNED y los Cursos de verano de las universidad de Las Palmas de Gran Canaria y Menéndez Pelayo, auspiciadas por el cabildo y los ayuntamientos. Surgen teatros, cines y una intensa vida social en la Casa de la Cultura, Casa de la Juventud, en los centros Socioculturales y en las Agrupaciones lírico-musicales y deportivas. Hemos de destacar igualmente la no bien ponderada obra social llevada a cabo por la Sociedad Democracia, el Casino y la Sociedad Torrelavega.

El desarrollo urbano de Arrecife se debe a su crecimiento demográfico, producido por la reactivación del sector pesquero en los años, 60, llegándose a facturar más de 15.000 millones de pesetas (hoy desgraciadamente desaparecido), y seguido por la potenciación del turismo en los años 70 (hoy controlado su crecimiento gracias a la Moratoria, que lo ralentiza).

La inmigración es hoy la responsable del crecimiento poblacional que ha llevado a nuestra ciudad a los 54.000 habitantes.

La actual estructura de la urbe ha dejado de ser litoral para extenderse hacia el interior a ambos lados de las carreteras de Tahiche y San Bartolomé. El traslado del antiguo cementerio y el cierre de las factorías de pescado han hecho que el desarrollo expansivo afecte también al Oeste y Este de la ciudad, surgiendo así las urbanizaciones de La Bufona, El Cable, La Concha, y, al otro lado, al este, las zonas comerciales e industriales, hacia el puerto de Los Mármoles.

De ahí que los barrios de La Ribera del Charco de San Ginés: La Puntilla, El Lomo y Puerto de Naos sean, evidentemente, pesqueros.

El centro comercial tiene como ejes: La Calle Real, José Antonio, Fajardo, Hermanos Zerolo, Cabrera Tavío, La Marina y La Plazuela.

Los barrios del ensanche son: La Vega, Salinas, Santa Coloma o Titerroy, Altavista, Valterra, Los Alonso, Los periféricos son los más recientes: San Francisco Javier, Argana Alta, Argana Baja y Maneje.

Al surgir todos estos barrios sin planeamiento, a excepción de los de La Bufona, El Cable y La Concha, que surgen con sus respectivos planes, han tenido que ser los planes sectoriales del Ayuntamiento y Gobierno de Canarias quienes los han dotado de agua, luz saneamiento, asfalto, construcciones sanitarias, escolares, deportivas y zonas verdes, puesto que nacen sin infraestructuras. Los planes sectoriales convierten en urbanas las construcciones preexistentes.

El nuevo Plan General de Arrecife nos hace albergar fundadas esperanzas en una recuperación del frente marítimo de nuestra ciudad, ya comenzada con las obras del parque Islas Canarias, Islote del Amor, dotación cultural de Las Maretas, el Campus Universitario, el dique de cierre del puerto de Los Mármoles, que acerca el puerto a la ciudad, y otras dotaciones deportivo-culturales.

La Fiesta de San Ginés

Adentrémonos esta tarde, en los prolegómenos de la fiesta de San Ginés 2004, reflexionando con ustedes, como lo hace Manuel Alemán en su libro Psicología del Hombre Canario, acerca de lo que representa la fiesta en la psicología canaria; al fin y al cabo, son las fiestas de San Ginés las que nos concitan aquí y ahora.

Lo festivo es una dimensión de la persona. Nace de la misma entraña antropológica y se dinamiza a impulso de distintas vertientes comunes a todos los hombres: la lúdica, la expresiva, la relacional, la comunicativa…La dimensión es universal pero cada cultura tiñe de su color la dimensión festiva, imprimiéndole matices peculiares por eso, dentro de la dimensión universal de lo festivo, podemos hablar de la fiesta canaria, que implica: movimiento, baile, danza, canto, comida…

El hombre es un ser en expansión. Pero esa fuerza dilatadora del ser psicológico, inherente a la persona humana, se encuentra interferida en la trayectoria existencial del hombre canario: desde la estrechez del espacio físico al control psicológico de los patrones de comportamiento, el hombre isleño se va encontrando cercado, enclaustrado, amurallado…Y en esta situación de aprisionamiento psicofísica, la fiesta canaria significa rompimiento. El rompimiento de lo cotidiano en lo festivo se hace grito, denuncia, contra el tiempo-trabajo.

El hombre canario rompe su secular mutismo en la fiesta canaria, que sólo puede comprenderse en su significación profunda cuando, más allá de su aparato externo de mera diversión, esparcimiento, derroche, logramos captar otra vertiente más honda: la capacidad expresiva del pueblo canario.

El hombre canario vive una triple tragedia: la del poeta (el hombre canario es hondamente sensible a lo bello), la del ingenuo (nuestro pueblo ha sido amaestrado en el silencio de sufrir), y la del oprimido (a nuestra gente no se le ha permitido expresarse).

En síntesis, la fiesta propicia al pueblo: una vía libre a su experiencia íntima, sin el control de la racionalidad, un espacio humano para expresar sus sentimientos a través de unos símbolos y ritos comunes; y, un lenguaje para expresar su identidad.

La fiesta canaria en su significación profunda es un rompimiento del sisterna social estrecho y opresor, una protesta bajo el lenguaje del despilfarro y del derroche contra las penalidades cotidianas, una reivindicación de la fruición y el goce contra un estilo de restricción, de sufrimiento y de penalidades, una valoración de lo gratuito frente a los sistemas utilitarios.

La fiesta rompe el aislamiento de la convivencia y abre las compuertas a la dimensión comunal. Cada pequeña familia agranda su círculo y se convierte en escenario polivalente porque afluyen con motivo de la fiesta, familiares próximos y lejanos, parientes y amigos y conocidos, que, saltando la barrera de la lejanía física, llegan al pueblo para un encuentro interfamiliar. Y el pueblo entero se hace encuentro comunitario en la calle, en circulación múltiple de expresiones, saludos, abrazos, cariño, rememoración de vivencias, intercambio de amistad.

Y más allá de esa acogida a los familiares más cercanas se expresa esta actitud comunal con símbolos de hospitalidad. Las puertas se abren para brindar a las parrandas que recorren las calles. Los asaderos de carne en adobo, los asaderos de pescado, regados con vinos de la tierra son compartidos por quienes quieran sumarse a participar.

La rueda de lo festivo gira a impulso de motivaciones múltiples. Y en la fiesta canaria, la dimensión religiosa es una de las más patentes. El pueblo canario se ha mostrado en su historia como un pueblo globalmente religioso.

La religiosidad popular se convierte en una plataforma de supervivencia. Ha sido el recurso límite que ha proporcionado a la gente un cierto equilibrio y un hábito de sosiego que ha serenado su ansiedad al abrigarle un cambio de esperanza, encontrarle sentido a la vida y sacar fuerzas para sobrevivir.

La fiesta de San Ginés, nuestro patrono, el obispo de Arlés, reúne todos los ingredientes de la fiesta canaria: Arrecife duplica su población, no sólo por la gente que baja de los pueblos, sino, principalmente, porque los marineros, los roncotes, por San Ginés están en tierra, su infantil apego al terruño se hace patente. Ese apego a la tierra nativa cree ser un único derecho a la libertad, su encono y su esperanza.

El engalanamiento de las calles, los pasacalles de gigantes y cabezudos, el tiovivo, las ruletas, los ventorrillos engalanados con hojas de palmera, y que atraen con el tufillo de la carne en adobo a cuantos transitan recorriendo el ferial, son características de nuestras ancestrales fiestas.

Las parrandas, en las que no faltaban el “forito” (acordeón),, recorren las calles y son algo que el arrecifeño no puede olvidar, por más que el Star-Trek, el Master, el Dragón, los Toros, los Cochitos Chocones…, más cosmopolitas, sean hoy el divertimento de chicos y mayores, no nos hacen olvidar tiempos pasados, llenos de emoción y gratos recuerdos.

Por eso, en este día quiero pregonar para chicos y mayores, para residentes y visitantes: ¡Gocemos de estas fiestas de lo antiguo y de lo actual, pero hagámoslo con respeto y generosidad, siendo hospitalarios con quienes vienen a compartir con nosotros días de jolgorio, de paz, de sosiego y de felicidad!.

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