Pregón de San Ginés 2005

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POR    ANTONIO BORGES

Antonio BorgesSer pregonero de la fiesta más importante de la ciudad en la que se ha nacido, es un honor, un gran honor del que puede ser merecedor cualquier ciudadano que la ame y la respete.
En estas Fiestas de San Ginés, la Concejalía de Festejos del Ayuntamiento de Arrecife, creyó oportuno que fuera yo ese pregonero, y a través de una llamada de teléfono me lo hizo saber su concejala Dª Encarna Páez Toledo.


Fue, como es de suponer, una grata sorpresa, pero al cabo de varios días, me llevé las manos a la cabeza exclamando ¡Dios mío!, ¿Cómo voy a abordar esta empresa? Yo no soy periodista, ni escritor, ni historiador, ni alguien que por su interés o profesión tenga un archivo de datos que contengan fechas y estadísticas con evoluciones históricas, sociales, culturales, etc., que sostengan el argumento para hacer un pregón correctamente elaborado, como ya se han hecho otros a lo largo de tantos “Sangineles”. En alguna ocasión he disfrutado de esos pregones, asistiendo a su lectura; perfectamente realizado por sus autores en un acto similar a éste, y otras veces los mismos han llegado a mis manos en su edición impresa, que he leído con ilusión, destacando nuevamente ese buen hacer y rigurosidad de mis antecesores, cuando han pregonado las Fiestas de nuestra ciudad.
La sensación de lucha contra un folio vacío que espera que lo llenes de palabras, oraciones, frases, párrafos….que siga la línea de lo que quiero pregonar,
se fue difuminando, aprovechando algo que me ocurrió semanas antes de saber que yo iba a ser el protagonista de este pregón.
Estaba leyendo un libro de Antonio Gala, en la hora de la siesta, una obra donde cada capítulo es una historia diferente, con unos relatos fechados entre los años 1940 y 1960 y otros de fechas más recientes, pero todos diferentes entre sí, algunos tristes, otros graciosos o casi cómicos, socarrones… Durante la lectura, no sé por qué, se me iba la cabeza, cerraba poco a poco el libro y me iba sumergiendo en otras historias y recuerdos del querido Arrecife de esas fechas, de mi niñez, de mi juventud y la de mis amigos, la de sus “gentes brillantes” y de su “gente pintoresca”, que con tanta gracia solventaban los avatares que les tocó vivir en sus respectivas épocas.
Bueno, volviendo al libro de Gala, me enfadaba conmigo, ¿Por qué me vienen ahora estos recuerdos sin orden ni concierto y a borbotones, que me quitaban la concentración en la lectura? Con esta reflexión terminaba por cerrar el libro y dormirme un poco. Pues miren por dónde, alguno de estos recuerdos me van a servir como homenaje a esta Ciudad y a mis paisanos, que van a disfrutar de nuestras tradicionales fiestas.
Relatar estas personales vivencias son también de alguna manera, las de muchas personas que aquí han convivido, bien porque aquí han nacido o porque por alguna razón han venido, se enamoraron de la ciudad y de la isla y con ese pueblo se han fusionado asimilando sus costumbres, que tomaron como propias, enriqueciéndolas con las que traían de sus tierras, gente de variada catalogación y condición social, que después de una estancia que consideraban pasajera, aquí se quedaron, casi siempre por motivos sentimentales, “Arrecife de Lanzarote los embrujó”. Artistas de circo y variedades que de cuando en cuando aparecían por aquí, soldados, muchos soldados de todas las categorías y graduaciones, soldados rasos, cabos, sargentos, tenientes, capitanes, funcionarios, maestros, licenciados, médicos, farmacéuticos, veterinarios, abogados, jueces, vendedores ambulantes, latoneros y porroneros.
Marineros de los que faenaban en la costa y armadores ya los teníamos aquí. Casi todos los “arrecifeños” de clase humilde, (gentilicio que no sé si es correcto), procedían de familias pescadoras y marineras. Marineros fueron mi abuelo, mi padre, mis tíos y mis primos, incluso mi hermano lo fue por poco tiempo, mis parientes más lejanos y hasta muchos de mis vecinos de “El Lomo”, y de mi pequeño barrio de “La Puntilla”, donde se encuentra la Iglesia del Santo Patrón que ahora festejamos.

La Puntilla
Allí se fue formando mi sentido artístico de la vida, por el ambiente alegre, zarzuelero, farandulesco y divertido que se respiraba, bien por la orilla del Charco o por la Plaza de la Iglesia, en La Recoba, por los rincones de “Los Aguarecidos”, en la Acción Católica y sobre todo en las casas de las familias más populares, unas porque cosían o planchaban, otras porque se hacía teatro, se cantaba o se tocaba el piano. Habían familias que o andaban en estos menesteres, pero conformaban la vida del Charco pescaban lisas o sacándole al mar santorras y pulpos. También había familias de “gente guapa”, sobre todo sus mujeres, tan modernas, atrevidas y con ideas adelantadas para su tiempo, que merecen un apartado en este pregón.
Graciosa y divertida era la familia de “Los Caletas”, en esa casa mucho no se comía pero se bailaba y se cantaba a todas horas se vendían incluso muebles de caoba y restos de su antigua opulencia. Algunos muebles, a veces, cuando no llegaban a tiempo de esconderlos en casa de sus vecinos, eran objeto de embargo por parte de alguien, desconozco el porqué y con qué autoridad lo hacían.
Un día, ensayando la canción “Mirando al mar” y bailando alguna que otra samba, entró por la puerta un macho, cabrío se entiende, y todo el mundo pensando que era una cabra, trató de atraparlo. El animal asustado corría por toda la casa hasta que una señora peninsular, Doña Pepa, esposa del veterinario que se añadió a la fiesta exclamó ¿pero no veis que es un macho?, da igual, respondieron los otros, mientras de leche, y continuaron con la persecución del animal.
Como se puede imaginar, allí nadie trabajaba, pero lo que eran fiestas no faltaban.
Para fiestas las que se organizaban en casa de Las Monjas, en la Plaza de la Iglesia, como le llamamos, aunque su nombre correcto es Plaza de Las Palmas. Allí los muchachos y chicas “artistas” de la Puntilla, representábamos escenas musicales de películas sobre todo de Violetas Imperiales, Pacuca hacía de Carmen Sevilla y yo de Luís Mariano.
Con mi primo Luís, hermano de Pacuca, no sabíamos que hacer, porque el pobre cantaba muy mal y siempre se empeñaba en querer tomar parte en estos espectáculos musicales, La Casa estaba unida a una “Casa de Hospicio” y un hospital. No recuerdo a través de que pasillos y corredores llegábamos a estancias alejadas de donde se encontraba habitualmente la Madre Superiora, de manera que cuando aparecía por allí la monja, cambiábamos automáticamente el repertorio terminábamos tatareando “ Cantemos al Amor de los Amores, cantemos al Señor…” o algún canto gregoriano. Al final de los espectáculos nos regalaban los recortes de la materia con la que se hacían las hostias, que eran elaboradas por las monjas y que nosotros en aquélla época, que fuera de la sencilla comida de nuestras casas no había casi nada, era como si nos regalaran actualmente una Coca-Cola y una hamburguesa en cualquier MC DONALD.
¿Y lo que aprendíamos en los teatros y espectáculos que organizaban las Señoras de la Sociedad de Arrecife para ayudar a cualquier causa? Se actuaba en la Acción Católica, en el Teatro Cine Atlántida o en el Teatro Díaz Pérez, que no entiendo por qué ni en nombre de qué progreso, se derribaron. Esto por desgracia ocurre también en otras ciudades.
“Vamos a ver, Borges ¿Qué vas a ensayar hoy, Granada, Princesita, Estrellita, Amapola o Ay, ay, ay? Al final de darle vueltas al repertorio, Doña Juliana Perdomo, excelente Señora y gran pianista, terminaba por cerrar el piano ante mi indecisión y quedábamos para otro día. Siempre he sido algo retraído, tímido y eso me hacía aparentar como caprichoso, quizás lo fuera, “El es un poco chinchoso…y cuando dice No es que no hay manera”.
No obstante, la gente siempre me trató con especial cariño. Aunque era delgado y poquita cosa siempre me crecía en el escenario, por ello me protegían, me cuidaban y hasta me mimaban.
En una época en la que las diferencias de clases sociales eran considerables, en La Puntilla y sus alrededores todo el mundo se mezclaba, y a mucha gente de bien conejera, las considero mis maestros, porque gozaban de una preparación y una clase que para sí quisieran tener, no sólo en esa época sino actualmente, muchos profesionales de la enseñanza del arte.
Quisiera hacer especial mención a mis primeros maestros de la escuela Don Domingo, Don Pedro, los hermanos Aguilar, Don Antonio Romero, que iba a visitarme a casa cuando enfermaba de la garganta. Mi primer profesor de canto, Don Braulio de León y de solfeo Doña Antonia Cabrera Matallana, Doña María Lorenzo, Doña Juliana Perdomo y Doña María Morales, que me enseñó a cantar “La Perla”, con aquel gusto tan exquisito que ella tenía, y otros más adelante, como mi repertorista del Janubio Don Gerardo Cabrera y los consejos del músico cantante Don Hernán Lorenzo.
Cuando tuve la oportunidad de vivir otros ambientes artísticos que no eran de Arrecife, haciendo estudios, cursillos, actuaciones y relacionándome con otras personas, comprendía el vasto bagaje cultural y musical que había tenido la suerte de adquirir sin moverme de mi pueblo, en un tiempo en el que para cualquier joven, realizarse en cualquier disciplina suponía superar muchos obstáculos, casi todo lo que pude aprender como intérprete de tanto estilo de canciones, lo empecé aquí, con aquellas personas que como artista me educaron, en la pequeña ciudad, capital de mi isla, tan apartada entonces de los planes de cultura y desarrollo en general, que imperaban en esos años.
Cuando por alguna causa alguien recuerda las apuradas situaciones con las que bregábamos años atrás…. mucha gente hace especial mención a la escasez de agua ¡Y es verdad¡, aunque yo no tenía esa sensación de sequedad, pues para calmar la sed siempre había agua en la destiladera, potenciada su frescura por el culantrillo y bañarnos lo hacíamos con el agua salada en unos cuartos que daban a un patio de la parte atrás de la casa limitado por unos muros laterales; la pared de atrás que debería separar la casa de la orilla del Charco no existía.

Cuando la marea crecía demasiado por allí entraba toda aquella agua, pero había bastantes desniveles en el suelo que solventábamos con chaplones y eso protegía de la inundación total al resto de las habitaciones delanteras que daban a la Calle Academia y que más tarde denominaron del Brasil….bueno el nombre pega más si lo cambiaron por considerar su alegría y sus particulares fiestas.
Alguien pensará que mi familia estaba siempre ensalitrada, ¡pues no¡ Después del baño con agua de la marea, que yo no sé como empataba con el jabón, nos enjuagábamos echándonos por encima un cacharro de agua dulce de la que traía el carro de Carlos, que según mi madre me cuenta, venía desde el Barrio de la Vega.
En mi mente la palabra carro va unida a un vehículo de transporte tosco con sus grandes ruedas de madera que arrastraba un burro, llevando los depósitos con el agua que se vendía por las puertas de las casas o cualquier otra mercancía como los listones de madera que se transportaban de la casa del Señor Luís Trujillo, mi vecino, a las serrerías y carpinterías del Puerto de Naos (el motivo de italianizar su nombre cuando decíamos Porto-Nao no se cual era, ni tampoco que al Norte de la Isla allá por Haría, Máguez o la Graciosa coloquen una “i” donde van otras vocales, como si hablaran en italiano).
A Porto-Nao me gustaba acudir a las carpinterías y jugar entre el serrín y las virutas, a la cual los chiquillos llamábamos maravallas. Me llevaba “Seña Rosa” la mujer del Señor Luís. Ella fue un personaje muy singular del que se alimentó mi imaginación y creatividad, escuchándole “sus historias”, que no voy a relatar porque necesitaríamos una semana de Pregón, y tampoco no hay que pasarse.
¡Ahhh¡ volviendo “al carro”, cuando pateando las calles de La Habana, ciudad que visito con alguna frecuencia y alguna de mis amistades cubanas por razones de tener prisas me dice, “ vamos a coger un carro, chico” yo contesto, “sí, el carro de Machado( siempre pensando en los viejos tiempos del querido Arrecife), me parece tan basto llamar carro a un coche pero en verdad no está tan mal denominado, pues en inglés la palabra coche es car; y hablando del inglés, siempre he tenido la frustración de no haber aprendido en su momento esta lengua ……Teniendo yo siete u ocho años, llegaron a Lanzarote unas señoras británicas (ahora supongo que eran misioneras de alguna religión o secta), iban por los barrios convenciendo con no se qué argumentos a las familias para darles clases de inglés a sus hijos, yo tenía mucha ilusión por asistir a esas clases y aprender esa lengua pero para un chico de la Puntilla, que todas sus actividades se realizaban en la Acción Católica y alrededor de la iglesia, era impensable mezclarse con gentes de otra religión, se organizaban por la plaza unos rezos y unos cantos para alejarnos de semejantes peligros, y dirigidos por las “cabezas bien pensantes” cantábamos algo así…….
Fuera protestantes
fuera de esta población
Que queremos ser amantes del Sagrado Corazón.
Para rematar el clavo, ellas vivían en el Barrio de las Rapaduras ¡Imaginemos a las madres decentes, enviando a sus hijos a ese lugar, con la reputación que tenía!, y nunca mejor dicho lo de “Re y putación”. Pero estuvieron allí bastante tiempo, es de suponer que alguien con ideas más prácticas habrá obtenido buenos resultados de esas clases …y yo me quedé sin aprender inglés, pero más adelante, en el Bachillerato, aún asustado de las mujeres protestantes preferí estudiar el idioma francés.
“Cuando se murió el hombre” o “cuando el hombre se murió”, así contaba yo con ese doble título uno de mis Skech conejeros que yo hago por esos mundos de Dios.
Era yo pequeño y no sé quién era ese hombre que vino del campo y apareció muerto en una casa de mi calle Brasil; la dueña de la casa, que tenía alquilada a mi vecina-familia, tenía para ella una habitación reservada y allí se quedaba cuando venía a cobrar el alquiler una vez al mes.. . .y por la noche recibía a su amante que también venía del mismo campo, pero cada uno por su lado…El hombre de madrugada se murió ”de repente” como se decía antes (actualmente yo supongo que le daría un infarto haciendo el amor), y esa mujer que era muy conocida se largó y se fue para el campo y allí dejó a aquella familia con aquel muerto y se formó el tenderete, no voy a nombrar la casa, no sea que rebuscando vayan a denunciarme y tenga yo que aparecer en un reality show de Lanzarote Televisión para contrastar las noticias salir del enredo como en el caso de Ylenia la de Al Bano o en la Pasión de Lola Flores.
Aquella fiesta empezó poniendo al hombre tendido sobre una estera en el centro del zaguán y entre bailes de rumbas, guarachas y mambos, iban vistiendo el cadáver.
Por allí iban pasando las gentes más divertidas de la Puntilla. Se repartían camuezas de la finca de los Bermejos, que son unas manzanas pequeñitas, se tostaban garbanzos se servían remojados en agua y sal, se repartía café hecho con achicoria y cebada tostada.
Mi madre que en esa época era joven y muy divertida no me soltaba de la mano porque yo quería salir ya que tenía ganas de orinar y era tanta la gente arremolinada en la puerta y en las ventanas que me decía: “Orina en el suelo porque aquí el que sale no entra”.
Mi abuela que era una mujer seria y esos jolgorios no le gustaban, asomaba como podía la cabeza entre aquel gentío y daba unos gritos tremendos “Mercedes ten vergüenza y métete en tu casa”.
Como era fecha cercana al Carnaval, la gente más farandulera sacaba las caretas, los antifaces y algo de los disfraces que preparaban en sus casas para lucirlos en el baile del duelo como anticipo y aperitivo de los otros bailes que se avecinaban en la Democracia.
Aquello duró todo un día, debió de ser a finales de los años 40 y no sé cómo se llevaron al hombre…mi memoria no da para tanto. No sé si lo enterraron en
Arrecife o se lo llevaron para el campo. Yo le pregunté a mi madre pero ella no recuerda que hicieron con aquel hombre. Lo cierto es que cuando vino su esposa, entró por el zaguán con aspavientos, llorando, miró para los pies del muerto y empezó a gritar “quítenle los zapatos”, por lo visto eran nuevos los quería aprovechar para alguien; semejantes o parecidos relajos no los he vivido yo sino en los barrios de La Habana, que es una ciudad tan divertida y surrealista como lo fue mi barrio de La Puntilla.

En los agradables y calientes veranos, el mes de Agosto renueva cada año la alegría de celebrara nuestro Santo Patrono San Ginés.
¿Cuándo viene tu marido?…en agosto “pa´la Fiesta”. Comentarios estos que se escuchaban entre las mujeres de los marineros, y “pa´la Fiesta” se retocaban las casas y se pintaban o se barnizaban las puertas y ventanas, se albeaban los muros y las paredes, las estupendas pinturas acrílicas que hoy utilizamos fueron llegando más tarde.
En los primeros días de agosto se despertaba la ilusión que iba creciendo con la llegada de los hombres que faenaban en la “Costa”, con los estudiantes que regresaban de los Colegios o Universidades donde estudiaban, con los familiares o amistades que llegan de Las Palmas, de Tenerife, de La Palma y de otras islas, de la Península y hasta de Venezuela.
Los jóvenes recalaban con todo lo que estaba en boga y Arrecife parecía una población alegre veraniega como esas que estaban de moda en La Costa Brava o en La Riviera.
La tarde-noche del día 24, que pomposamente llamábamos “La víspera de San Ginés”, servía de arrancada para la Fiesta, que haciendo memoria eran tres día, el 25, 26 y 27, que se alargaba un poco si algún año caía en fin de semana…pero no puedo concretar cuando se fueron alargando las fiestas, bueno más correcto sería decir adelantando para completar todas las actividades que configuran su estupendo y actual programa que concluye sus eventos el día 25 con sus maravillosos fuegos a artificiales.

Las mujeres de Lanzarote
Mencionando cosas gratas, quiero destacar la admiración que me causaban aquellas impresionantes mujeres de Arrecife, mayores que yo, porque yo era un muchacho todavía adolescente, cuando ellas brillaban igual que estrellas de la pantalla, que lucían su aureola en los paseos y fiestas de las conocidas sociedades de recreo de la pequeña ciudad, con aquella personalidad que las distinguía, su estilo personal, sus maneras de mirar, sus maneras de caminar y desenvolverse con aquellos tacones, la forma de expresar sus ideas, su vocabulario.
¡Jesús por Dios!, ¡Ay por cuanto!, ¡Yo estoy como acabada!, ¡Ese es medio repugnante!; así decían cuando querían dar a entender que no estaban de acuerdo con algo o con algún pretendiente.
¿Y sus nombres tan rutilantes?, que no voy a citar por discreción, Fulanita de tal, Menganita de cual, eran los suyos, los verdaderos y utilizaban sólo el primer apellido, pero quedaban tan bien puestos que parecía que se los había elegido un representante o un asesor de imagen.
Ellas abrían las puertas de las modas a otras muchachas menos atrevidas que seguían sus pautas.
Estaban por encima de murmuraciones y admiraciones, en todos los barrios y clases sociales sobresalían entre las demás, algunas de estas fantásticas mujeres.

En la Puntilla destacaban varias, que cuando salían a la calle con todo su esplendor o los domingos a misa del mediodía o a los bailes de “Asalto”, si al regresar a su casas las calles se encontraban ocupadas de agua como en Venecia, por las crecidas de las mareas, se quitaban los zapatos y los llevaban en una mano cogidos por los tacones y con la otra mano se arremangaban los cancanes, las faldas de cortes amplios y estrechas en las cinturas, de sedas, rasos, satenes y brocados, y todas las fantasías que actualmente se usan en las grandes ocasiones.
Ellas no necesitaban a Oscar de la Renta, ni a Vittorio y Luchino o Versace, tenían el tiempo y el talento para crear y confeccionar tantos abalorios en sus casas.
Estas mujeres de Arrecife, yo las veía como a las grandes divas de las películas del neorrealismo italiano, que dirigían Antoniani, Fellini o Visconti.
Las de mi generación no se quedaban atrás y lo mismo triunfaban paseando por nuestras calles que entrando o saliendo del “Janubio”.
Viviendo en Barcelona tuve la ocasión de ver a varias muchachas rivalizando en belleza con Raquel Well en la pantalla de un cine; yo no sabía que aquí se había rodado esa película y reconocí en sus paisajes a nuestra querida isla y a muchas de mis amigas que eran bellezas de entonces, con el asombro de mis compañeros catalanes que no me creían ¿Cómo van a ser chicas de Arrecife?, decían, si son estrellas de Hollywood.
En los tiempos actuales he podido comprobar que las nuevas generaciones tampoco se quedan atrás a la hora de destacar como auténticas beldades, pues Tony Orosa, para la fiesta de San Ginés, hacía lo posible para que viniera a cantar en los eventos de las “ Misses”, que gustosamente yo acepté en varias ocasiones, unas veces en Costa Teguise, concretamente en Los Zocos, otras en el Hotel Los Fariones del Puerto del Carmen y varias en el estupendo escenario al aire libre del Parque Islas Canarias, o en el propio Charco de San Ginés y pude comprobar la cantidad de bellezas que hay en Arrecife.
Concluyendo, estoy de acuerdo con mi amigo Miguel Ginory, de ascendencia conejera, que tiene gran capacidad para entender eso del talento, la belleza y la moda, y que si alguna debutante en esos lances en Las Palmas, Madrid, Paris o Barcelona, a él le llaman la atención, dice:
“Esta va a triunfar, parece una mujer de Lanzarote”.
Del hombre de Lanzarote, sencillo, discreto y trabajador, no voy a relatar sus virtudes y su admiración porque más fácil lo hago cantando con un precioso arrorró, que me compuso Sindo Saavedra, donde se resaltan los valores del hombre canario
Duerme
que ya la noche llegó
Duerme
Que ya en los montes oscureció
Duerme, que la isla ya sueña en su cuna de mar
Bajo la suave capa de luna y de soltera
Mi niño duerme, que con el alba despertarás
El pan que amas temprano
El gofito que molí
Las caricias de mis manos
que trabajan para ti
El agua de los pilares
La baifa para jugar
La nanita de tu padre
Yo no puedo darte más.
Duerme que ya la noche llegó
En las Fiestas de San Ginés, paralelos a los actos populares, tenían lugar exposiciones de arte, juegos, deportes, eventos literarios y culturales, y por supuesto las grandes solemnidades religiosas, como corresponde al nivel que tenía y sigue teniendo nuestra fiesta.
Allá, por 1958, más o menos, se enfadó El Santo, y se negó a salir en procesión porque no le gustaba aquello de las diversiones y los relajos (bueno eso decía el obispo de la época), pero esos roces y problemillas de San Ginés con sus paisanos están superados, y ya desde hace muchos años El sale a pasear cada 25 de agosto, por las calles principales de Arrecife y bendice la ciudad que tiene bajo su protección.
A lo largo del Muelle Chico, hoy, llamada Avenida de la Marina, están mis primeros recuerdos de la ubicación del recinto de la Fiesta, desde la esquina con la Calle Real (donde mis recuerdos no se aclaran y me da vueltas en la cabeza los nombres de Anastasio, Florencio, Mariano y el Bar El Parral) hasta el Parador Nacional. Cerrando los ojos y dándole vueltas a la imaginación, empiezo a colocar a ambos lados del paseo, banderas y ornamentos, puestos de tómbolas, ruletas, atracciones mecánicas, terrazas eventuales, donde cantaban las vocalistas que venían de Las Palmas, ventas de potas y pulpos asados, de golosinas variadas, y sobre todo los ventorrillos, donde además de las bebidas y refrescos habituales, se despachaban unos vinos conejeros buenísimos, caseros y sin etiquetas ni marcas, para acompañar las carnes adobadas, cuyo intenso olor lo inundaba todo… por el centro de la calle la gente se paseaba arriba y abajo, luciendo las ropas y los zapatos expresamente estrenados, como en una pasarela, los vecinos se saludaban, los jóvenes se pretendían y por la noche. . . .se iba a los bailes.
Con el tiempo el ferial se fue alargando hacia La Puntilla, por el paseo que es hoy, Avenida de Coll y Avenida de Vargas, y más tarde, al lado opuesto, hacia el Parque Islas Canarias, ya actualmente hacia explanadas anchas y modernas, más allá del Reducto, sin abandonar la orilla, siempre cerca del mar.
Cuando era un muchacho, durante la Fiesta, me gustaba comprar unos crocantes y garrapiñadas, y comerlos sentado en los muros detrás de los ventorrillos, contemplando el Puente de las Bolas y el Castillo de San Gabriel, era un placer que no podía disfrutar en otra época con demasiada frecuencia, pues había muy pocas golosinas, entre ellas, recuerdo unos muñequitos aplastados de azúcar acaramelada, dispuestos alrededor de un palillo para ser chupados, que fabricaba el padre de nuestro querido Ramón Martínez, y que denominábamos “criaturas”.
Tampoco teníamos muchas tiendas ni lugares donde comprar, pues no olvidemos lo pequeño que era el Arrecife que estoy describiendo. De los lugares de venta por los alrededores de La Puntilla, hasta la Calle Real, no puedo dejar de citar la tiendita de la irrepetible Carmen la Majorera, y en eso no quiero extenderme porque ella merece todo un libro.

Pero ahora voy a relatar un poco, de las “Niñas de París”, yo no sé quién bautizó así a dos antiguas sirvientas, que se emanciparon de sus señoras, se pusieron a vivir juntas y montaron su tiendita, en una casa de la Calle Ginés de Castro y Álvarez, pegada al antiguo Cabildo, y miren que casualidad que allí ahora hay una cafetería muy moderna que se llama “El Molino de París”, o no será tanta casualidad, y alguien ha querido hacer honor a sus antiguas inquilinas o propietarias.
En esa tiendita, me gustaba comprar un puñadito de almendras y pasas, cuando hacía un descanso al salir del Instituto, y me ponía a escuchar novelerías.
¿Qué estudia tu hermana?, que la veo “parriba y pabajo” con libros en las manos, le dijo un día a un chico del campo, la más entrometida de las niñas de París, “contrabilidad”, le dijo el muchacho, que quería expresar con su bruto acento, contabilidad, “tú eres bobo, frajilón, y tu hermana en vez de ir a favor de la habilidad va en contra”. Estas anécdotas enriquecían mi repertorio de cuenta cuentos, que yo ejercía por las casas de señoras que me llamaban, por medio de sus criadas, cuando estaban deprimidas, o en reuniones de amigos, y ya fuera de Lanzarote, en fiestas, en Madrid, Barcelona, en Las Palmas
De entre los vendedores ambulantes, quiero mencionar a Paco y a Acuña, dos hombres que nos refrescaban las gargantas con su venta callejera, y a los cuales, en el año 1976, les hice un homenaje, grabando, en Madrid, un disco para la casa RCA, con una canción que contiene una preciosa música y letra, que me hizo Don José María Millares, el autor de Campanas de Vegueta, y que dice así:
El hombre que vende helados que fría tiene las manos
que claros tiene los ojos
El hombre que vende helados anuncia su mercancía,
cantando, siempre cantando Miren niños que alegría,
lleva en su carrillo blanco
Tengo muchos más relatos de mis vivencias y recuerdos de personajes tan originales que merecen ser mentados, pero este es solo un pregón de fiestas, y no hay espacio para tanto.
En mis cuentos he nombrado gente que ya no están entre nosotros, pero viven en mi corazón, que vaya para ellos todo mi cariño y mis respetos, y no me olvido de Andrea, en cuya casa, mientras ella planchaba, se juntaban a conversar, lo mejor de Arrecife, ya fueran pobres o ricos. Allí aprendí muchas cosas, y pasé largas horas de mi adolescencia y los primeros años de mi juventud.
Hoy en Arrecife tenemos de todo y mucho más, pero algunas veces añoro la sencillez con que vivíamos, y la ilusión con la que cada día tirábamos para adelante, en esta ciudad tan pequeñita entonces, pero marcando ya futuros para convertirse en lo que es hoy, con sus paseos marítimos, plazas y jardines, barrios bien urbanizados con modernas calles, lugares de ocio, tiendas, multicines, restaurantes.. . .pero en mi afán de seguir completando todos estos progresos, echo de menos un buen teatro donde se pueda disfrutar una programación de temporada como en otras capitales, y un Auditorio para eventos musicales, y una plaza de mercado, ¡Con la alegría que se respira alrededor de una recoba, mientras se compran los frutos, hierbas, granos y verduras!.

Para terminar quiero expresar que mis anécdotas sólo son dulces recuerdos porque hay que vivir el presente. Lo pasado, pasado está, y quiero suponer que después de tanto jolgorio relatado, se lleven dentro del cuerpo y del alma, el espíritu festivalero, y se lo contagien a todos los conejeros para gozar la felicidad de esta Fiesta de San Ginés 2005.

Muchas gracias.

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