Pregón de San Ginés 2006

volver

POR     DOLORES  SUÁREZ

lola suarez 2006Cuando me llamaron a casa, a La Laguna, para invitarme a leer el pregón de las fiestas de San Ginés, a mi estado de ánimo le pasó algo semejante a lo que les acontece a los ahogados: si a éstos, antes de morir les ocurre que ven pasar ante sus ojos toda su vida como en una película, sin olvidar ningún acontecimiento, o al menos, eso dicen, a mí me sucedió que de pronto, se me colaron de rondón en el ánimo casi todos los sentimientos que hasta el día de autos había experimentado en la más diversas ocasiones y por diferentes causas… Pero ahí estaban todos, a la vez; sorpresa, incredulidad, alegría, gratitud y mucho miedo, todos ellos generando esa sensación de mariposas en el estómago y de nudo en la garganta.


Lo más sensato hubiera sido negarme. Pero… acepté.
Les aseguro que me tomé muy en, serio el encargo y, como había que empezar por alguna parte, me dediqué a prepararme concienzudamente leyendo todo tipo de pregones. A medida que pasaban los días, conocía más pregones ajenos y aumentaba el miedo a no estar a la altura. Porque, ¿cómo estar a la altura de don Luís Benítez Inglott, pregonero de las fiestas de 1960, don Agustín Millares Cantero (año 1982), don Chano Sosa (1974)…? ¡Por nombrar a alguno de tantos como han sido!
Entonces, recordé que, si a pesar del temor a no salir, airosa de este lance, había encontrado razones para atreverme a intentarlo, el más importante argumento me lo habían dado en forma de pregunta.
Cuando me negaba a aceptar el ofrecimiento, la persona, el amigo que me lo hacía, me planteó simplemente esta interrogante: “¿De dónde eres, Lola?” Al conjuro de estas palabras, todo el regusto de una larga infancia, de una adolescencia tantas veces añorada me embargó: ¡soy de aquí! Soy de aquí, como pueden serlo, además, los que quieran y se dejen.
Por eso, desde el mayor de los respetos, con toda mi gratitud y el profundo amor que esta isla, Lanzarote, me inspira, me acerco a ustedes con el afán de compartir recuerdos, en un año que se ha llamado de la “Memoria Histórica”.
Dice Vicente Verdú que…“Hay una memoria de lo sucedido pero también en el seno de la memoria los elementos interaccionan, se cruzan, conversan y crean por su cuenta una segunda existencia preparada para la evocación”,
Sigue diciendo que…“los recuerdos suelen ser obra de otros recuerdos y los olvidos, acaso, también”.
Si les hago esta confesión es porque, de alguna manera, la relación que con mi tierra, con nuestra tierra, tengo no me permite acercarme a ella sino desde la evocación.
Me marché hace muchos, muchos años: fui uno más de aquellos jóvenes que tuvimos la oportunidad de viajar a La Laguna a estudiar. ¡Yo no sabía que me iba para siempre aquel lejano octubre de 1973!
He vuelto, desde entonces, cada año. Formo parte de esa gran bandada que cada mes de agosto busca el viejo nido para contemplar cómo cambia el paisaje, cómo cambia la gente, para entablar la lucha, de antemano perdida, con el paso del tiempo, con el devenir de los acontecimientos…
Volvemos muchos con el secreto afán de hacer que nuestros hijos conozcan y amen lo que nosotros amamos y conocimos, sin darnos cuenta, a veces de que no mostramos, a su más o menos despierto interés, la realidad que tienen delante, sino la que nosotros recordamos: la escuela de doña Mercedes, el cine Díaz Pérez, casa Prat…
Todavía recuerdo, con un poquito de tristeza, la primera mañana de verano en que, recién llegada de Tenerife, salí de la casa familiar en Pasaje Julio Blancas, recorrí la calle Fajardo, la calle Real, el Parque, la Avenida, la calle Coronel Benz y la calle Tenerife, ¡sin encontrar a nadie conocido! Fue una manera algo brusca de caer en la cuenta de que Arrecife y sus gentes seguían viviendo, a pesar de que nosotros nos íbamos cada final de agosto.
Porque hay que reconocer que, a veces, hubiéramos preferido dejar, por estas fechas, las últimas vivencias congeladas, los últimos momentos metidos bajo un fanal para poder retomarlos intactos, para volverlos a la vida con nuestra vuelta a Lanzarote el siguiente verano.
Formamos una particular diáspora canicular e intentamos arrastrar a los amigos y familiares a que nos acompañen por los vericuetos del recuerdo. Los llevamos de la mano al Arrecife de ayer, donde las calles, las plazas y las casas tenían otra apariencia, incluso tenían otros nombres, otros habitantes.
Yo los invito a recorrer, por un momento, un camino que tiene mucho de nostalgia, que aún tenemos al alcance de la mano y por eso me parece tan nuestro, tan de todos…

Porque sé que, al hablar del Arrecife y las fiestas de mi infancia y adolescencia, estoy hablando de territorios que nos son comunes.
A la hora de encarar esta tarea pensé que lo oportuno era encomendarme a San Ginés, aunque no sé hasta qué punto el santo me ha tenido de su mano: si no lo ha hecho, yo lo comprendo A lo mejor, San Ginés no me ha perdonado.
Cuando, de pequeña, venía cada domingo a la misa de niños, aquellas ceremonias interminables oficiadas por don Ramón Falcón, yo me extasiaba contemplando las imágenes vestidas con ropas que me parecían maravillosas por lo inusuales: aquellas túnicas de colores chillones, aquellos mantos orlados con pasamanerías bordadas en dorado y plateado, las coronas que yo creía de oro…
Me perdía en el Cuadro de las Ánimas, que a todos nos causaba pavor y nos produjo más de una pesadilla porque, más que consuelo en la salvación eterna, provocaba un pánico morboso a caer en aquel lago de fuego. Pasaron muchos años antes de que supiera que el cuadro había sido costeado por los marinos de Arrecife, allá por el año 1819.
Me preguntaba por qué el patrón de Arrecife era aquel señor que estaba vestido simplemente de obispo. Si en vez de mitra, hubiera tenido largas melenas rizadas, incluso un simple manto azul o verde, habría dado a mis infantiles ojos un motivo de deleite y, entonces, no le hubiera discutido su rol de patrón de Arrecife… No sabía aún que la relación entre el santo obispo de Clermont Ferrant y Arrecife tenía algo en común con aquellas aventuras que tanto nos gustaba escuchar o ver en el cine. Según cuenta la leyenda, parece que la primera noticia que se tuvo de la existencia de San Ginés, fue a través de un cuadro que allá por el siglo XVI arribó a las orillas del charco que lleva su nombre. Era entonces Arrecife un puñado de casas que dieron origen al barrio de la Puntilla, cerca del que se levantó la ermita de San Ginés, en la trasera de la actual iglesia.
Según don José Manuel Clar Fernández, nada se supo de la vida de nuestro patrono hasta el año 1861, en que un párroco de Arrecife, don Juan Nepomuceno Montesdeoca la encontró en un libro titulado “Vida de Santos” y así pudo redactar una novena en su honor.
Siempre citando a Clar Fernández, San Ginés o Ginesio fue el vigésimo quinto obispo de Clermont y nació en Auvernia aproximadamente en el año 603.

Fue un sacerdote dedicado a santificar las almas, no sólo de su grey, sino la suya propia, hasta el punto de que, según cuenta “La vida de los santos de Auvernia y de Velay”, “…el pueblo, lleno de respeto por él, le rendía homenajes y le temía…” En contra de su voluntad, pero por inspiración divina, fue elevado a la sede Episcopal, desde donde siguió sirviendo a su Dios hasta su muerte. Fue enterrado en la iglesia de San Sinforiano, construida por él, pero después de que descansaran en ella sus restos, se sucedieron tantos milagros, que se cambió el nombre al templo, siendo desde entonces iglesia de San Ginés.
Para explicar la advocación de la ermita a este santo – sigo citando a don José Manuel Clar- hay otra teoría que nada tiene que ver con la leyenda ya mencionada. Según este autor apunta en su libro “La iglesia de San Ginés en el Puerto del Arrecife”, tal vez fuera el capitán don Francisco García Santaella quien la pusiera bajo la protección del santo en 1623, cuando se reconstruye la primitiva ermita, habida cuenta de que ambos eran oriundos de la Auvernia, siendo este capitán quien donaría el cuadro del Santo. Esta pintura fue sustituida en 1798 por la escultura que trajo desde Cuba otro capitán, don Ginés Álvarez de Castro y Estévez.
Pero, a pesar de desconocer el origen del patronazgo del santo, a pesar de lo poco lucida que nos parecía su talla, nuestros primeros años pivotaban alrededor de dos fechas: las fiestas de San Ginés y el día de Reyes. No había más.
Todo el mes de agosto estaba lleno de preparativos que estallaban como fuegos de artificios en los últimos días.
La mayor preocupación de la chiquillería era conseguir dinero: lo que nos pudiera dar la familia de cada uno era siempre poco porque, para nosotros, la fiesta empezaba desde que la noria daba su primera vuelta o se escuchaban aquellos discos de Los Tres Sudamericanos, de Luís Aguilé, de Palito Ortega.
Aún recuerdo el verano de Juanita Banana, la curiosa mezcla de sonidos a que daban lugar, por un lado, la historia de Juanita, empeñada en ser cantante de ópera y por el otro, los retazos de las oraciones del rosario que se rezaban en la vecina iglesia y llegaban hasta nosotros a través de unos altavoces colocados en la fachada del templo.
Como decía, todos empezábamos a reunir las pocas monedas que llegaban a nuestras manos. No sé cómo no las desgastábamos, porque contábamos las medias pesetas, las perras y algún que otro duro a cada momento, como si de esa manera pudiéramos lograr el milagro de la multiplicación de las monedas, Los más afortunados, a la vuelta de un mandado podían quedarse con lo poco que sobraba.
En aquellos días, aumentaban considerablemente las visitas a abuelos, padrinos y madrinas, tíos… ¡cualquier pariente podía ser una fuente de ingresos!
Los chicos organizaban verdaderos negocios. Algunos se dedicaban a recoger por las casas objetos de metal que luego vendían al porronero: ese fue el destino que tuvo una cama de hierro de la casa de mis tías. Estaba de moda entonces cambiar aquellos hermosos cabezales por otros de tubos metálicos, bastante feos, por cierto.
Las mejores santorras que he comido en mi vida, las comí en aquellas semanas anteriores al gran día. Por las tardes, pasaban los chicos con sacos de arpillera, de los que se usaban para las papas, llenos hasta los topes de hermosas santorras que mi tía Angelita se apresuraba a comprar por unas pocas monedas que los improvisados mariscadores guardaban con orgullo…
Pero el mejor oficio de todos los que los muchachos desempeñaban aquellos días estaba sólo al alcance de los más osados, que arriesgaban su dinero perra a perra, media peseta a media peseta, en ruletas que ellos mismos confeccionaban con un puñado de tachas, una rueda de bicicleta, un pedazo de peine y unas barajas. Eran, o así nos lo parecían, idénticas a las de los feriantes. No sé si los propietarios de aquellas flamantes ruletas caseras, con las tachas más o menos torcidas y las cartas bastante estropeadas, conseguían colmar sus expectativas económicas, pero no cabe duda de que su prestigio aumentaba considerablemente entre el resto de la chiquillería, a la que, generalmente, desplumaban.
A medida que se acercaban las fechas claves de San Ginés, 23, 24, 25 de agosto, los juegos a los que nos dedicábamos tan concienzudamente el resto del año -los boliches, el teje, la soga, el viejo, el escondite, las casitas, monta la chica, las guerrillas daban paso a otro tipo de entretenimientos. Una vez más, se cumplía el axioma que padres y educadores tan bien conocemos: los niños hacen lo que ven.
Así, no solamente imitábamos las ruletas, también jugábamos a las tómbolas con tanta trapacería como los mayores, de tal forma, que el mejor regalo nunca tocaba.
Todos queríamos ser el chico que, con aires de importancia, nos recogía la ficha en los cochitos o nos vendía el boleto de la tómbola. Mirábamos asombrados los enormes bastones de caramelo, semejantes a las barras de los tiovivos con sus rayas rojas y verdes y aquellas muñecas que nos parecían maravillosas porque era mucho mejor verlas allí, en las estanterías atiborradas de un sinfín de objetos desconocidos, que en el escaparate de “El Palacio de los Juguetes”. Pero ¡siempre nos tocaba la jabonera de plástico o el bolígrafo que, generalmente, no escribía! Y daba igual: nada, ni siquiera el desencanto momentáneo en que nos sumía nuestra mala suerte conseguía amargarnos la fiesta.
Cambiábamos nuestro paisaje habitual por el pedazo de Arrecife pegadito a la costa, vigilado por el Puente de las Bolas y el Castillo de San Gabriel donde, entonces, se montaba la feria.
El recinto ferial, con todas sus atracciones, las tómbolas, los ventorrillos, los puestos de papas fritas y algodón de azúcar… para la chiquillería, se reducía a “los cochitos de San Ginés”.
¡Vamos a los cochitos! ¡Ya montaron los cochitos! Era como un grito de guerra que nos lanzábamos unos a otros. Las demás atracciones nunca lograron despertar tanto interés. ¡Y qué rabia daba cuando se quedaba tu coche encajonado y veías cómo se te pasaba toda la vuelta sin poder moverlo! ¡Qué rápido se pasaba el tiempo cuando te convertías en un arriesgado conductor! ¡Qué importantes nos sentíamos, conduciéndolos con una sola mano, mientras sonaba la música y nos mareaba el olor a gomas requemadas, mientras sobre nuestras cabezas bailaban las chispas que parecían bengalas, fijas cada una a cada uno de los cochitos!
Creo que nunca nos encontramos tan cerca de la felicidad como entonces, con unas pocas monedas que gastar y todo un mundo de oportunidades frente a nosotros.
Ahí estaban los puestos de papas fritas, que sabían infinitamente mejor que las que comíamos en casa, los churritos, las manzanas envueltas en caramelo, los grandes algodones de azúcar, que te pringaban toda la cara y se pegaban al pelo, los turrones… Hasta la pota seca y los rejos de pulpo de Contrera tenían otro gusto esos días.
La fiesta, para nosotros, empezaba desde temprano, en el parque, con la función diaria de Chopito y Chaporro. Nos dábamos cita chicos y chicas de todas las edades. Los más afortunados conseguían un refresco Royal Crow a cambio de algún alimento que se destinaba al asilo y recogía un títere con forma de angelito hecho por las monjas. Isidro Gómez ponía una voz meliflua entonces, y con la botella de refresco parecía que le entregaba a cada niño un pase para el cielo, a cambio del paquete de galletas o la falta de sardinas…
Pero lo realmente emocionante era la aventura que se desarrollaba en el pequeño teatrito de títeres. Aplaudíamos a rabiar cada vez que Chopito repartía estacazos a diestro y siniestro y nos reíamos con toda el alma cuando Chaporro pedía “un taxi para La Tiñosa”.
Iba cayendo la tarde al término de la función, cuando nos dirigíamos a la zona de las atracciones.
Eran días maravillosos, en que se podían cometer toda clase de infracciones castigadas en otras fechas.
Podíamos estar hasta bien entrada la noche en la calle. Sentíamos, por primera vez, la libertad que da no depender de una hora de regreso. Esos días no teníamos que volver¬ corriendo a casa, después de haber apurado hasta el último minuto con los amigos, en el cine o en el parque…
Los mayores también cambiaban sus horarios y costumbres y se sentaban satisfechos en los ventorrillos, después de haber paseado por todo el recinto ferial y probado suerte en las tómbolas. A veces, teníamos la suerte de que algún familiar nos invitara a comer alguna de aquellas tapas que nos parecían verdaderas exquisiteces… y que. En ocasiones, lo eran; las carajacas, la carne de conejo, de cabrito en adobo, los churros de pescado, los tollos hervidos en mojo y las papas arrugadas, los pulpos… todo olía y sabía de maravilla en aquellos improvisados ventorrillos de los Sangineles, con sus paredes de hojas de palmera, sus mesas cojas y su barra hecha con un tablón asegurado sobre bidones llenos de piedras para conseguir alguna estabilidad.
Nunca faltaban las parrandas. Bastaba con que alguien sacara una guitarra o un timple, para que se les sumaran, poco a poco, todos los que tenían ganas de diversión. Se juntaban las mesas, corría el vino y los enyesques iban cayendo a ritmo de isas y sorondongos, de sureñas y corridos mejicanos, de habaneras y pasacalles. También se oían folias y malagueñas. Los parranderos lanzaban a la noche de fiesta las penas viejas, las coplas cargadas de nostalgia que forman parte de nuestra cultura, de nuestro sentir.
El cansancio de la jornada iba pesándonos más a medida que nos acercábamos a nuestras casas. Era entonces cuando caíamos en la cuenta de que nuestros pies habían crecido desde el día en que nos compraron aquellos zapatos con hebillas y suela de crepé en casa de Pepe Pérez, porque ahora nos apretaban hasta hacernos encoger los dedos y caminar como patos.
Nos metíamos en la cama ya medios dormidos y aún seguíamos teniendo en la cabeza el guirigay de la fiesta que habíamos abandonado en el mejor momento. En la pantalla de nuestros párpados cerrados volvíamos a ver los títeres, el gentío, las luces, aquellas bombillas enroscadas formando dibujos y figuras que recortaban la oscuridad de la noche… Oíamos las canciones y los gritos hasta que, dormidos al fin, seguíamos soñando con la feria.
Siempre me pareció que el gran ausente de la fiesta era, precisamente, el homenajeado, San Ginés, preso en su altar por órdenes de otro obispo, que así son las cosas que, como dijera don Quijote, “¡Con la iglesia hemos topado, Sancho!”
Aunque la orden de suspender la procesión de la imagen en 1952 viniera del entonces obispo, Monseñor Pildain y Zapiáin, realmente fue el párroco de Arrecife, don Lorenzo Aguiar quien provocó y apoyó esta decisión. El argumento impopular y ridículo, tanto entonces como ahora, se basaba en la inconveniencia de organizar actos litúrgicos a la vez que se llevaban a cabo celebraciones de tipo popular y social, como eran los bailes.
Desde su hornacina, eso sí, especialmente adornada, escuchaba la algarabía de las celebraciones que sus fieles organizaban en su honor, pero ajeno a todo. Menos mal que tenía su misa solemne. San Ginés tuvo que esperar 18 años, hasta el 25 de agosto de 1 970, para volver a compartir su fiesta con todos sus feligreses en la calle.
Las mañanas del 25 de agosto eran gloriosas: a pesar del cansancio acumulado, a pesar de las pocas horas de sueño, había que estrenar vestido y pasear por la feria y por el parque. Era entonces cuando los feriantes descendían de los pedestales en que los habíamos colocado por las noches, al verlos dueños y señores de aquellas atracciones que nos maravillaban.
Ahora, los veíamos intentando vivir como cualquiera de nosotros, levantando colchones tendidos sobre las tablas del suelo de las tómbolas, debajo de las estanterías. Sentados en Sillas de tijera. Tomaban café, los hombres en camiseta, las mujeres con batas, como las de nuestras madres…
Solían dejar un festón de cáscaras de papas y sandía en el mar, una tira larga de desperdicios que el suavísimo movimiento del agua empujaba contra los muros de la marina. Alrededor, se amontonaban las lisas y daban buena cuenta de las cáscaras con sus bocas afiladas de pequeños dientes,
Nunca vi sandías más rojas ni más apetitosas que las que comían los feriantes de San Ginés.
Y, como todo acaba, también se terminaban los Sangineles. Siempre nos quedaba la sensación de que se tardaba más en montar las atracciones que en desmontarlas.
Veíamos cómo cargaban en camiones la pista de los cochitos, desarmada en piezas, como un rompecabezas gigantesco, las cajas con los regalos de las tómbolas, las casetas de tiro, con sus maderas llenas de impactos de balines, todo cubierto con grandes lonas.
Dejaban el suelo de la marina manchado de aceite, tapizado de papeletas de colores y regado de balines chatos.
A nosotros se nos quedaba un regusto extraño en el alma. De conocer entonces la palabra, hubiéramos dicho que estábamos melancólicos, que sentíamos nostalgia: durante unos días, no sabíamos qué hacer. Parecíamos convalecientes de una enfermedad, víctimas de una resaca. Aún nos quedaba la posibilidad de recrear en nuestros juegos la magia de los días pasados. Luego, poco a poco, todo volvía a la normalidad: el baño en la playa de El Reducto, el cine de los domingos, el parque… ¡Sólo teníamos que esperar un año para que San Ginés nos volviera a brindar, por unos días, aquella sensación de libertad en que habíamos pasado sus fiestas!
Y es que, no sólo Arrecife: toda la isla sentía, vivía los Sangineles, porque el Santo y los festejos eran un poco patrimonio de todos. Parientes y amigos aprovechaban esos días de agosto para venir de sus pueblos a visitar a los suyos. Se buscaba hueco en las casas, se abrían colchones y se compartían camas, pero los visitantes eran bien recibidos y ayudaban a hacer más gratas las fiestas.
Los más esperados eran los marinos, los costeros. Después de la larga estancia en el mar volvían los hombres: padres, hermanos, hijos, novios, maridos… ¡Y con qué alegría eran recibidos en cada casa, en cada familia! Después de una época de penurias, con los hombres embarcados en las zafras que duraban hasta seis meses, sufriendo por ellos, rezando por la vuelta de todos, pidiendo por una buena pesca, llegaban con la paga en el bolsillo, el cuerpo curtido por los trabajos, el sol y la maresía y con ganas de fiesta. Sin duda, eran ellos los que daban aire marinero a las celebraciones de San Ginés, aquel obispo de la lejana Francia.

Ya entonces, los lanzaroteños que vivían fuera de la isla, aprovechaban también el mes de agosto para volver, como siguen… seguimos haciendo ahora.
Unos y otros daban a las calles un aire de alegría, de gentío que sólo era posible entonces. Se sumaban al ambiente mañanero los sones de la diana floreada, las risas de las gentes, los gritos de los más pequeños ante las embestidas, inocentes, de los gigantes y cabezudos.
Uno de los primeros recuerdos que tengo de San Ginés es el de Pepe Cañadulce pregonando las fiestas por la Calle Real, con una jurria de chiquillos detrás, entre los que me encontraba.
Aquellos días, aquellos años, los evoco como un eterno verano de jornadas largas y gratas, el mar azul y acogedor como marco de la vida tranquila, sosegada que llevábamos en la isla.
Era una existencia regida por una plétora de mujeres. Nuestra infancia y los primeros años de adolescencia transcurrieron a la sombra del ejército femenino que nos cercaba: madres, tías, primas, hermanas y vecinas. Todas parecían tener derecho sobre nosotros, todas eran importantes en nuestras jóvenes vidas.
Recuerdo, con verdadera admiración y bastante asombro a aquellas mujeres, cuyas vidas acababan siendo el reflejo de la de sus maridos e hijos, mujeres de una maternidad generosa, maternidad que ejercían con sus hitos y los ajenos, porque te daban la merienda de la misma manera que te soltaban un pescozón o te echaban un pleito por alguna trastada. ¡Tiempos felices en que la educación de los más pequeños se llevaba a cabo con la participación de todos!
Su mundo, el femenino, era el hogar, la casa familiar y el barrio que lo acogía. Eran pocas las salidas que se hacían no había tiempo ni dinero. Como mucho, una visita a algún pariente que viviera lejos del domicilio propio y la misa de los domingos. Algunas, iban al cine. Pero su verdadero mundo era el barrio, el chaplón de la casa, el postigo con la aldaba puesta, presta a levantarse al oír el menor ruido… la tienda de la esquina y las vecinas. ¡Benditas vecinas con las que compartir alegrías y preocupaciones, a las que, en ocasiones, era tan bueno dar envidia, pero a las que también se echaba una mano en momentos de especial penuria, de estrecheces y enfermedades…! Vecinas con las que sacar la banca a la calle en las noches de calor y estrellas, con las que crear lazos más fuertes que los de la propia sangre.

Sólo unas pocas habían logrado trabajar fuera de casa, ocupando cargos que, casi por definición, tenían que ser femeninos: maestra, enfermera, dependienta, criada, niñera… Las mujeres de los pueblos participaban con sus hombres en las labores propias del campo, a las que sumaban las del hogar, pero en Arrecife los trabajos estaban claramente delimitados: las mujeres parecía que no trabajaban, se quedaban en casa.
En la intimidad de los hogares era donde aquellas mujeres conseguían el milagro diario de alimentar a toda la familia, con pocos medios y mucha imaginación, pero todos reconocemos que nunca nos supo mejor un potaje, una carne compuesta, una simple tortilla de papas que cuando nos la cocinaban en casa.
Ellas, las que se dedicaban a “sus labores”, sacaban agua del aljibe para baldear patios y lavar ropa, restregando las sábanas remojadas con muñequitas de añil, los pantalones del trabajo del marido, las camisas de los hijos…. Sacudían los colchones de paja, de crin, de algodón; lavaban suelos de rodillas, con un trapo jabonoso y un cubo de agua; remendaban una y otra vez la ropa, para que el hermano pequeño la heredara del mayor y aún les quedaba tiempo para prepararnos una merienda de gofio amasado con azúcar y aceite, hacer un bizcochón, unas torrijas o un dulce de tomates…
Probablemente, porque eran pocas las oportunidades que tenían para salir para divertirse a es por lo que me parecía que disfrutaban tanto en San Ginés.
Era entonces cuando había que hacer cuentas, sacar de donde ya no quedaba para encarar los días de fiesta con toda la dignidad que merecía la ocasión.
Las ropas, los vestidos para toda la familia, hacían correr a nuestras mujeres de la ceca a la meca, buscando siempre lo más bonito, lo más barato y apañado… Se reconvertían los trajes de las hermanas mayores y se les recogía el vuelto al pantalón del padre para vestir al hijo, ya mayorcito. ¡Qué milagros se hacían con unos cuantos de aquellos botones tan bonitos que forraban doña Librada o doña Dolores Pérez, con su arandela dorada!
Se compraban a plazos en las tiendas polos y faldas de tergal que acababan de pagarse en Navidades, justo cuando había que endeudarse de nuevo para los Reyes.
Lo mejor de las fiestas eran los bailes en las tres sociedades de Arrecife: Torrelavega, El Círculo Mercantil y El Casino.

En cada casa se sacaban las mejores galas y nuestras madres y hermanas llevaban durante todo el día complicadas simetrías de rulos y pinzas en la cabeza que a la noche convertirían en artísticos peinados la peluquería era un lujo al alcance de pocas.
Siempre me sorprendió la capacidad que tenían algunas para transformar ropas y zapatos viejos, pasados de moda, en prendas con las que lucían en las noches de baile.
Se contaba de una señorita que para no usar medias, se teñía las piernas y se pintaba, pulcramente, la costura.
Al baile, llegaban los grupos de mujeres formados por una o dos mayores y varias jovencitas en edad de merecer. Las unas, pretendiendo vigilar a las otras, que lo que intentaban era escabullirse y divertirse de lo lindo…
Aquellos bailes eran la esperanza de las madres, que veían sus ilusiones colmadas si la niña pescaba novio o se aseguraba una relación que estaba en el aire.
Ocupaban un lugar señalado en los festejos del Santo la celebración de la elección de la reina de tas Fiestas de San Ginés. Realmente, la persona más feliz del mundo la noche de tan magno acontecimiento no era la muchacha elegida: era su madre.
Recuerdo aquellas galas en el Parque, el desfile de las bellezas locales vestidas de fiesta, los aplausos con que los asistentes las recibíamos, según representaran a unos o a otros. ¡Qué importantes se sentían todos los que conocían a las candidatas! Luego, llegaba el momento de mayor emoción, cuando el presentador, que generalmente empezaba el acto soltando aquello de “¡En este marco incomparable…!”, decía el nombre de la reina, cuyos méritos para ostentar el título se pondría, al día siguiente, en tela de juicio en todos los corrillos, donde se comentaría lo acertado o erróneo de la elección.
También para nuestras madres era dura la vuelta al quehacer de cada día, aunque, en su caso, sentían el alivio de haber pasado las fiestas “como Dios manda”. Ahora, a esperar hasta el próximo año.
En esta sociedad nuestra, que llamamos del bienestar y no es más que una espiral de consumismo salvaje, se nos puede hacer difícil entender que entonces una de las mayores satisfacciones fuera hacerse las cosas: confeccionar ropas y adornos, aprovechar y sacar el mayor rendimiento a lo poco que se tenía.

Recuerdo con especial cariño el comedor de la casa de mis tías en las semanas previas a San Ginés: vuelvo a ver a mi tía Ana María, rodeada de paño lency, de agujas, de hilos de colores y pequeños patrones que le ayudaba a confeccionar mi tío Enrique, haciendo los banderines para la regata de chalanistas, para el club de fútbol Marítima.
Me maravillaba la suavidad de los hilos de seda con que mi tía ponía los flecos a las bandas que, días después, lucirían las distintas reinas… Tuve la suerte de vivir esta trastienda de las fiestas, donde las protagonistas eran aquellas mujeres, verdaderas artistas.
Al principio, les traje a colación unas palabras de Vicente Verdú acerca del recuerdo y el olvido, porque, deliberadamente, he querido hacer un recorrido amable por unos Sangineles que muchos de los presentes compartieron conmigo hace ya más años de los que me gusta reconocer Para ello, he obviado algunos aspectos de recuerdo menos grato porque, repito, hoy no quería hablar de penas.
Desde entonces, han cambiado muchísimo Arrecife y sus fiestas. Aquel pueblo se ha convertido en una ciudad grande, moderna, que ha crecido uniendo barrios ayer distantes, con una población tan variada que, a veces, nos hace sentirnos un poco extranjeros en nuestra tierra…
El turismo, que en la década de los años 70 fue el motor que puso en marcha los cambios sociales y económicos, influyendo, cómo no, en los culturales, ha cambiado, sobre todo, la fisonomía de nuestra isla.
Verano tras verano contemplo, a veces con pena, a veces con asombro y siempre con nostalgia, cómo queda cada vez menos de lo que hizo de Lanzarote una isla diferente. Cierto es que hay que adaptarse a los nuevos tiempos; que, siendo nuestra casi única fuente de ingresos el sector del turismo, hay que ofertar lo que esa caprichosa masa de visitantes extranjeros demanda, pero ¿no acabaremos matando a la gallina de los huevos de oro?
El gran reto es mantener nuestra idiosincrasia, nuestras peculiaridades y, por encima de todo, no intentar enmendarte la plana a la naturaleza: conservemos esta isla maravillosa para nuestros hijos, para todos sus futuros visitantes, no hagamos de ella una copia más de tantos lugares turísticos como hay en el mundo, donde se sacrifica la personalidad que diferencia a cada lugar y lo hace único en aras de una globalización banal, peligrosa y mal entendida que tiende a repetir esquemas como si se tratara de abrir franquicias cuya única finalidad es ofrecer el mismo tipo de servicio, para las que el lema parece ser “si da dinero, todo vate”.
Repito: tenemos ante nosotros un gran reto, justo ahora, en que nos toca vivir tiempos difíciles donde, muchas veces, nuestras más profundas convicciones morales chocan con planteamientos prácticos a los que no podemos dar la espalda.
Me atrevo, sólo, a pedir que tengamos en cuenta que los problemas con que nos enfrentamos: desempleo, inseguridad, inmigración… son los mismos problemas que compartimos con el resto del mundo: no somos una realidad aislada.
En estos últimos años hemos oído decir hasta la saciedad que debemos recordar que, nosotros, los isleños, hemos sido un pueblo de emigrantes. Permítanme que yo lo repita una vez más, en un momento tan difícil como el actual, cuando nos sacuden las cifras de ahogados, cuando llegan a nuestra isla tantas historias terribles y nos dejan con esa sensación de impotencia, de incomprensión, con sabor a cenizas en la boca…
Ahora, esta noche, querría compartir con todos ustedes mi confianza en el futuro: creo en nuestra capacidad de trabajo, de ilusión, creo en nuestra generosidad, porque debemos compartir nuestro futuro con los menos favorecidos, pero nunca soltar sus riendas ni renunciar a él y a ser los protagonistas de la historia de nuestra isla.
Los Sangineles también han sufrido transformaciones. Ojalá que nunca pierdan el espíritu de fiesta única y maravillosa que tuvieron para los de mi generación. Ojalá siempre se mantenga un ventorrillo donde pueda brindar por San Ginés y mi gente, cada mes de agosto antes de volver a Tenerife con un sentimiento del que hace ya mucho tiempo conozco el nombre: nostalgia.
Como les decía al principio, no sé si el Santo me ha tenido de su mano, porque un pregón debe ser, ante todo, un reclamo, una invitación a disfrutar de la fiesta y no sé si con la evocación de las que vivimos hace ya algunos años, he logrado animarles a gozar de este San Ginés de 2006.
Es lo que les deseo de todo corazón y, como bien se dice que los pregones deben ser cortos y las fiestas largas, doy fin a mis palabras agradeciendo nuevamente su atención y deseándoles que pasen las mejores fiestas de sus vidas.

Anuncios
Categorías: Pregones San Ginés | Etiquetas: | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: