Teoría e Hª de las Fiestas de San Ginés

Fuente: Agustín de la Hoz
Lancelot 24 de Agosto de 1985

Teoría e historia de las fiestas de San Ginés
agustin hoz
Este plano escenario que es Arrecife, ciudad y puerto, que se ensancha y se transforma a duras penas, aunque ya inequívocamente disparado hacia el futuro, aún sacando de en medio toda su originaria y peculiar fisonomía, y hasta cortando al vivo su más brillante paisaje marino, no exento de poesía, parece librarse en agosto de sus cinturones urbanos para adquirir, en cambio,…..

límites más amplios, más insulares, más abarcadores, pero, como se sabe, absolutamente diferenciados, sin dejar de estar por ello -ni por aquello, ni por nada- sintonizado con las realidades prosaicas de la edad presente y a la vez, claro está, conservado en su propia e intransferible vitalidad prometedora, y no sólo en su aspecto espiritual y humano, que siempre rindió culto en lo más íntimo de su alma al pasado glorioso esculpido en los arrecifes de dolor y las fortalezas de leyenda… Un castillo, roquero, que habla de tiempos remotos, de vecinos honrados, sencillos, traficantes y pescadores, que, dramáticamente aislados, vivieron y superaron antaño sangrientos episodios de incuria e indefensión. Lo dicho basta para suponer la gran parte de historia que se incubó y deslizó entre el Gran Arrecife y sus islotes, entre sus puentes y restingas, sin necesidad de apelar a otros datos documentales.
Fiestas Mayores. Misacantada. San Ginés. La Naval…, sangineles. En agosto, la catumba del mar y el placer de cambiar las amargas sensaciones de a bordo por las frescachonas sensaciones del ventorrillo, a guisa de riente vergel, con las opulencias del peleón y del adobo, con olor a pueblo llano y color local, que harían definitivamente de los adustos lobos de mar -ésta fue la gran sorpresa averiguada- los hombres más alegres y confiados de la tierra. Este sentimiento, enraizado platónicamente en la roncotería lanciloteña, como patrimonio puramente emocional, venía siendo de siempre desinteresado y, por lo mismo, estéril. Su enorme valor se contabilizaba hasta no hace mucho -digamos, hasta ayer mañana- por su gran desinterés. Evidente y ciertamente inefable. Eso era. Pero, ya digo, llegó el momento en que los hombres descubrieron la nueva ilusión de la vida: el viaje, la visita, la convivencia, la sorpresa de extraños paisajes y de renovados horizontes, y también, cómo no, los dividendos del turismo que siguen siendo, hoy por hoy, los más sabrosos y codiciados del mundo.
Fiestas Mayores. Fiestas de Interés. Misavetada. Misacantada. San Ginés…, sangineles. Arrecife, ciudad joven, siempre en proyecto, queda por entonces subordinada a un mero diálogo de testimonio con el tiempo fugitivo, anacrónicamente, intentando cabalgar sobre la universalidad de la Isla bellísima, única y distinta, a sabiendas de sentirse ya una población marcada por el hierro del hacinamiento anárquico, creciendo, sí, pero a la buena de Dios y con pie forzado de artificio, en mengua peyorativa por el absentismo y la invasión del vértigo de la vida moderna, sin apenas solución de continuidad.

Fiestas Mayores. San Ginés…, sangineles.
Toda una teoría de contrastes, decantados a veces; otras, absurdos y consecuentes los más…, y también un luminoso diorama en el que se puede distinguir, como en cualquier pensamiento trascendente, fórmulas y conceptos abstractos que dan lugar, afortunadamente, a juicios de necesaria objetividad y no de meros hechos consumados. Cierto es que hay fiestas para todos los gustos -incluso fiestas átonas y crueles-, incluso fiestas escandalosas con esa variopinta y testaruda voluntad de sostener amane¬rados prestigios o novedosas rumatelas al socaire de muy calculadas movidas culturales. Todo puede ser aún, y más todavía justificarse sociológicamente, biopolíticamente, según el código de Nerón. Sin embargo, Arrecife sigue siendo una ciudad joven, que, como tal, decayó hace unas décadas en la misma medida que crecían las divinas escorias insulares, como decaen los jóvenes en la mágica edad de su crecimiento. Arrecife sufría, y sufre todavía, dolorosos ataques de clorosis, tan fuertes y descarados, que la ponían más de una vez en trance de muerte, y si resiste ese ataque de avitaminosis ciudadana, coexistiendo con la expansión apabullante de nuestro fantástico poderío turístico, se deberá sin duda alguna al carácter tolerante -mejor, permisividad resignada- del hombre acostumbrado a esperar en su arrecife solitario y no a supuestos desdenes… Esto es todo, y dicho queda.

EL POBRE HUMILLO PRIMERO
Arrecife era una fiesta cuando llegaba agosto y desembarcaba la catumba del mar… Bartolomé García Jiménez, obispo de Canarias, parecía presentirlo aquel lejano 1669, en que acuciaba al pequeño puerto del Arrecife para que restaurara la Fiesta de San Ginés con la solemnidad y alegría con que siempre se había hecho. Sobre todo cuando los representantes de la Compañía Campechana ofrecen, en la Misacantada de San Ginés, una hermosa cruz taraceada con los emblemas del Cristo, en acción de gracias por una nueva cosecha de los frutos del mar y por el arribo feliz de los pescadores intrépidos, que, en sus idas y venidas aportaban riquezas y prosperidad a la isla sedienta. Y esto se convirtió en rito. La ofrenda de los mareantes de San Telmo y de los pescadores de San Ginés, entre músicas, loas, carros enramados y barquillos sobre ruedas por las calles (sic), tomaría desde entonces titulo de vecindad, fundida en el orden exclusivo y supremo de la ciudad marinera.
Y de este rito al rito de La Naval se pasa fácilmente. Una semana de grandiosos festejos con el consabido ceremonial civil y religioso y el consiguiente ajetreo del cambalache comercial. Todo ello alrededor de la ermita de San Ginés, que, por cierto, acababa de reconstruir el capitán Francisco García Santaella, su mayordomo y administrador del Estado de Lanzarote.
Los orígenes del culto a San Ginés, en Arrecife, se pierden confusamente entre el humillo primero de la Conquista franco-normanda, e incluso hay referencias insuficientemente documentadas que atribuyen a la ermita el haber sido una de las más antiguas iglesias de Canarias. Sólo podemos afirmar que fue incendiada y en buena parte destruida por una armadilla de berberiscos hacia el 1569. En cuanto al cuadro que se conserva en San Ginés, pensamos que pudiera ser copia del original supuesto que en 1679 se hace inspección de la Mayordomía por mandato del obispo García Jiménez, testimoniándola con su rúbrica al Beneficiado de la Isla, don Antonio Correa, que, entre otras cosas interesantísimas registra un cuadro viejo, quemado al medio, todo dorado y pintado de San Ginés. Y añade: Está sin culto y no hay otro. Como quiera que Santaella, acaso ya alejado de Lanzarote, no comparece ante el Inspector Beneficiado, se procede al nombramiento de un segundo Mayordomo, a quien se insta para que adquiera una imagen del Santo con el fin de permitir que la ermita continuara usando su antigua licencia para celebrar misas.
Pero no todo era gracia y felicidad encaminadas a la celebración de las Fiestas de San Ginés y sus torneos navales (sic), a cuyo esplendor únicamente contribuía la heterogénea marinería que llegaba para hacer la invernada o, en ruta, para la obligada estadía de víveres y carenas. Los Regidores de la Villa consideraban como peligro grande los estampidos de bombas (sic) por la noche y en medio de la población, que, por cierto, apenas si contaba con media docena de casas y otra media de chozas y barracas instaladas entre el puertito de Guillen Baquín y el islote del Francés o Degredo. Por acuerdo de 24 de agosto de 1634 se hace pregón en la Plaza del Silencio para que “ninguna persona eche ningunos coetes ni otra invención de fuego, de noche, por el dch. Pto., sopeña de ser azotado.” Contra esta drástica medida suben a la Villa los más fogosos mareantes que integraban la Cofradía del Mar, fundada hacia 1630 por el influyente Santaella, que también tenía casa y comercio en la por entonces capital de la Isla. Pero nada se aclaró y todo se redujo a lo mismo: a música, bailes, loas y carros arbolados.
En un primer tiempo, las Fiestas de San Ginés se manifestaban sin mayores aderezos y solamente tenía lugar una pequeña colación ofrecida a la marinería por los Cofrades de San Ginés, cuya efigie aparece en el retablo de la ermita en 1798: una pintura y la imagen actual, que inexplicablemente permanecía embalada desde que fuera importada por el capitán Ginés de Castro Estévez (a) “El Viejo”. Circunstancia notoria que ilumina de alguna manera el fervor debido al cuadro -probablemente restaurado-, cuya piadosa tradición refiere una aparición milagrosa en las aguas de La Caldera (luego, Charco de San Ginés), y sabido es que a todo lobo de mar se le va el alma tras lo taumatúrgico y misterioso.
Sin embargo, el plato fuerte de estas fiestas lo constituía el cortejo naval por el gran número de embarcaciones que participaban en los torneos. Téngase en cuenta que, según testimonio del Capitán de Puerto, don Vicente Romero, Arrecife tenía por entonces “un barco por cada fuego”, es decir, unos 28 entre chicos y grandes, exceptuando, claro está, las naves mayores que venían a invernar o que recalaban por avería, y cuyas tripulaciones pasaban a veces el medio millar. Todo un mundo en Arrecife, gente intrépida, aventurera, que frecuentaba los bodegones y se adueñaba del pobre lugar… Más adelante, la advocación de La Naval, en San Ginés, que, según se dijo la ostentaba la Virgen del Rosario, pasa al culto del Carmen, cuya procesión marítima -suprimida en 1926 de los festejos de San Ginés- recordaba en cierto modo el antiguo y pagano desfile de los Cofrades del Mar.

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