Pregón de San Ginés 2017

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 POR   ELIZABETH DE LEÓN EXPÓSITO

 

Buenas noches señora Alcaldesa, concejal de fiestas, comisión de festejos, autoridades, señoras y señores. Mostrar mi agradecimiento y enorme sorpresa por la designación de ser pregonera de nuestras fiestas patronales de San Cines.

Hace una millonésima de millonésima de segundo, digo esto, porque según dicen los sabios investigadores del origen de nuestra especie, sin comparamos el tiempo que lleva el hombre en La tierra con la existencia de nuestro planeta, apenas representa algún minuto… Como les decía hace una millonésima de millonésima de millonésima de segundo nacía en la calle La Palma número 8 en casa de mis abuelos maternos, situada dicha calle en el barrio de El Lomo, que junto con La Puntilla y Naos bordeaban El Charco de San Cines. Parto, según mi madre, atendida por doña Micaela, partera de formación adquirida por la experiencia, ya que por los años cincuenta nuestra ciudad carecía de tantas cosas… había tan poco. Aunque es verdad que en el comienzo de la década de los años 50 se inauguraba el Hospital Insular en Arrecife.

La primera reseña que hace referencia a la presencia de un médico en la isla, la encontramos en la segunda mitad del siglo XVI que vivía en Teguise llamado Don Diego Carrillo del Castillo que años después se trasladaría a Las Palmas. También tenemos referencia en 1619 de la existencia del hospital de la Santa Vera Cruz en Lanzarote, vinculado a la ermita de la Veracruz situado en Teguise. Según se refleja en el libro de Hernández Delgado F. y Rodríguez Armas M.D. (2010) titulado “Hambruna, epidemia y Sanidad en Lanzarote”.

Durante el siglo XVII continúa el trasiego de médicos que venían y se iban, muchos de ellos ingleses, franceses, etc.. que llegaban a la isla en los barcos que comerciaban, solían quedarse poco tiempo. Otras veces, médicos que venían pagados por el Cabildo General para atender a la población. En épocas de carencia y hambruna se dejaba de pagar estos salarios a los médicos, pocos eran los médicos que permanecían en Lanzarote.

En los archivos encontramos infinidad de enfermedades que afectaban a los lugareños y también de las epidemias de peste, viruela, tifus, fiebre amarilla, etc… que en muchas ocasiones eran traídas por los marineros que arribaban al Puerto de Arrecife, epidemias que junto a las hambrunas padecidas por la sequía y falta de agua diezmaban a la población de la isla.

Ya desde el siglo XVI, aunque se desconocían tos mecanismos de contagio, se adoptaban medidas preventivas entre la población, que lograban disminuir, en parte la posibilidad de contagio, especialmente referida, a aquellos barcos sospechosos de llevar a bordo enfermos que pudieran desencadenar epidemias entre los habitantes de la isla. Incluso en el siglo XVIII, ante la escasez de medio y carencia de hospitales se adoptan normas por las autoridades, prohibiéndose el desembarco de personas procedentes de barcos que portaban enfermos y que estos se dirigieran a Tenerife o Las Palmas donde podían ser mejor atendidos.

Durante los siglos XVII y XVIII se intenta la creación de un hospital donde puedan ser atendidos pobres y necesitados de la isla, pero no va a ser posible hasta finales del siglo XVIII. Es en 1774, según las crónicas, cuando ve la luz el ansiado hospital que se encontraba situado en Teguise, junto a una ermita llamada del Espíritu Santo, con médicos y enfermeras nominados, así como otros trabajadores. El médico don Basileo Podio y la enfermera doña Catalina Rodríguez, según estudios de Bosch Millares y Bosch Hernández, acogiendo dicho hospital, años más tardes una casa-cuna para tos niños abandonados. Es el llamado Hospital del Espíritu Santo, que al final de dicho siglo, al quedar sin recursos para seguir funcionando, fue declarado en ruina y extinto.

A principios del siglo XIX, Teguise contaba con un médico Don Pedro Suárez y barberos sangradores que también asistían en otros municipios. Este médico posteriormente se trasladó a vivir a Arrecife. Al amparo del desarrollo que comenzaba a experimentar Arrecife como capital de la isla.

En Lanzarote, como en todas las sociedades tradicionales, coexistían simultáneamente la medicina popular y la medicina académica. La aparición de esta última, no supuso la desaparición de la medicina popular, basada en creencias mágicas y religiosas y sobre todo porque escasa era la presencia de la medicina académica.

Tenemos que esperar a mediados del siglo XIX, y ya en Arrecife para hallar referencia de un nuevo hospital, el de San Rafael que no llegó a consolidarse. Más tarde, se abriría el Hospital de nuestra Señora de los Dolores, situado en la plaza de la iglesia de San Cines. Mientras Lanzarote, que había superado la quiebra del comercio de la barrilla con el de la cochinilla, este también decae poniendo de manifiesto una alta mortalidad originada por la crisis de la agricultura, comercio y el precario estado sanitario de la isla.

Tenemos que esperar a 1951 fecha en que se inaugura el Hospital Insular para apreciar una mejora en la situación sanitaria de la isla, ¡¡como quien dice ayer!! A mediados de (os sesenta se construye la Casa del Mar, nuestra señora del Carmen situado en Valterra y perteneciente al Instituto Social de la Marina. ¡¡Estamos hablando de mediados de los sesenta!!

En 1974 se amplía dicha casa del mar con una nueva planta, servicio de urgencia, que como tal no existía hasta ese momento y pasa a pertenecer al INSALUD y se llama Residencia Nuestra Señora de los Volcanes, los enfermos que no podían ser atendidos aquí, eran trasladados a tas Palmas a través del Servicio de Salvamento Aéreo Militar. Vaya para ellos mi humilde homenaje con esta mención porque gracias a su servicio se salvaron muchas vidas.

Por fin, en 1989 se termina el nuevo hospital general de Lanzarote, actualmente se llama Hospital Doctor José Molina Orosa, en memoria de uno de nuestros insignes médicos y admirable persona que tanto bien hizo a nuestros vecinos. Dicho Hospital sigue sufriendo ampliaciones porque la bonanza económica originada por el turismo y el crecimiento de la población va haciendo que tas necesidades de camas y profesionales crezcan en progresión geométrica, rápidamente y los responsables sanitarios nos dan respuestas en progresión aritmética, o sea, lentamente con lo cual nuestras necesidades distan mucho de ser cubiertas en tiempo y forma adecuada.

En los recuerdos de mi niñez se juntan un sinfín de olores, sabores y colores. El olor de la tierra cuando jugamos a la soga o al teje. El de las planchas de carbón que las mujeres ponían en las esquinas de las calles para que el carbón prendiera rápido y así planchar las enaguas almidonadas que ponían a las niñas. El olor del petróleo de las cocinas de fuelle o mecha donde se cocinaban los potajes que luego tas familias degustaban como deliciosos manjares. En mi casa había una cocina de hierro con una chimenea que llegaba a la azotea, miraba embelesada el color rojo-amarillo brillante y las pequeñas explosiones que daba la madera al quemarse, desprendiendo chispas de fuego que a veces caían al suelo. A los vecinos que llevaban bizcochos para que mi madre se los pusiera en el horno, esto ocurría en efemérides concretas, San Ginés, porque venían familiares del campo o de otras islas para las fiestas, para bautizos, primeras comuniones, o por la llegada del marido que estaba faenando en la costa.

El olor al mar, a la mar del charco de San Cines, donde en las mareas grandes invadía las casas que se asentaban a su alrededor y el charco era una explosión de risas, gritos y alegrías de los chiquillos bañándose en sus aguas y los mayores tirándose de la “Adelita”, navío varado en el charco y del que ya nunca volvió a salir.

La sirena de las conserveras a media tarde, anunciando a los trabajadores el final de la jornada laboral, trabajadores en su mayoría mujeres, que contribuían con su jornal al sostenimiento de la familia, casi siempre numerosa, mujeres que enlataban atún y sardina, conservas que sabían y olían a gloría, sabor y olor que hoy no encuentro en ellas.

Decía mi madre que yo era una niña muy mala para comer y que lo poco que comía era gracia a que me engañaba dándome trozos de sardinas en lata y cucharadas de potaje, que tragaba esperando el siguiente trozo de sardina, más de una vez le oí decir “tú, tú estás viva gracias a las sardinas en lata”.

Resuenan en mis oídos tas voces de la chiquillería cuando con la marea vacía íbamos al charco de San Cines y en la zona central del morro de la Elvira, había una parte de tierra que nosotros subíamos y bajábamos con los brazos en cruz e imitando con nuestros labios el ruido de los aviones, ladeando nuestros pequeños cuerpos a derecha y a izquierda. Aun hoy siento la sensación de libertad que percibía y como esa libertadme hacía inspirar profundamente absorbiendo los olores de la mar.

Se amontona en mi memoria infinidad de recuerdos, tos pejines que ponían los marineros a secar en las piedras del morro de la Elvira. Las visitas a la Fábrica de las Nieves donde fondeaban barcos que necesitaban arreglo y donde mi padre tenía algún pequeño barco como “El Armando” o un lanchan “La Maricela” que el trataba de arreglar después de su jornada laboral. La Fábrica de las Nieves era una pequeña fábrica de salazón de pescado que principalmente se exportaba fuera de Lanzarote, conservo en mi retina la blancura de aquel pescado, puesto al sol sobre aquellas piedras negras, que junto con la sal hacía resaltar más la blancura del pescado.

Mi infancia transcurría placentera y en medio ibas oyendo historias aquí y allá, historias que hablaban de tesoros enterrados en el charco y que algún vecino había tenido la suerte de encontrar. El hallazgo de San Ginés en el Charco y por eso se le puso el nombre a la iglesia.

Las visitas a Porto Naos, se me antojaba enorme en tamaño y enorme en el número de barcos, sobre todo cuando lo visitaba en Julio, Agosto, muchos marineros aprovechaban para venir en Julio ya que se celebraban las fiestas del Carmen, la patrono de los marineros. Era habitual, oír a las mujeres comentar que sus maridos se habían despachado por tres o cuatro meses, pero que volverían para las fiestas, hacían referencia a los meses que estos pasarían faenando en la mar.

Retengo en mi memoria, como algunas mujeres, cuyos maridos estaban en las faenas pesqueras, se acercaban a casa para mirar desde la azotea, a ver si divisaban el barco donde llegaba su marido, ya que por la onda costera había oído que atracarían a tal o cual hora, y más asombroso era cuando refería que sí, que aquel era el barco de su marido, lo reconocía por los palos, por esto o por lo otro, y por supuesto esta niña que oía tos comentarios escuchaba con asombro y admiración las palabras de aquellas sufridas mujeres.

Y así, entre juegos simples que solo requerían una soga, una piedra o la imaginación, va transcurriendo mis primeros años de niñez, y la madurez entre recuerdos y cosas que te llevan a esa infancia. Este año, en semana santa, viajé con mis hijos a Andalucía y creo recordar que, en Granada, una de las mañanas paseando por la ciudad me emocionó ver a muchas personas portando palmitos para acompañar a la procesión que iba a tener lugar esa mañana. Vino a mi memoria cuando era una chinija y en la procesión del Domingo de Ramos o procesión de la Burrito o procesión del Palmito como le llamábamos en mi infancia. Conté a mis hijos que cuando yo era pequeña, los niños llevábamos palmitos parecidos a aquellos para acompañar a la burrito en la procesión, era una tradición y nuestras madres compraban esos palmitos que nos enseñaban llenas de orgullo, eran verdaderas joyas realizadas a partir de palmeras que luego se colocaban en algún lugar destacado de la casa y se mantenían hasta el año siguiente en que era sustituido por el nuevo palmito.

Los mismos recuerdos y nostalgias que sentía hace unos años cuando visitando Marruecos, el puerto de Esauira donde había una enorme flota de barquillos y barcos desembarcando sardinas y un enorme trajín de gente paseando, portando bolsas con sardinas, hombres cosiendo redes de pesca, la memoria me llevó al recuerdo de nuestro Porto Naos. Yo le decía a mis hermanas “pero mira, si parece que estamos en Lanzarote, en el puerto de Naos de cuando éramos pequeñas”. Tengo que confesar que me invadió un sentimiento que a ciencia cierta no sé cómo definir rabia, pena…, que por los avatares de la política o de lo que fuera nuestro puerto de Naos había languidecido y había servido para que a su costa florecieran otros puertos pesqueros como en el que me encontraba visitando. Me sentí triste, nostálgica, al mismo tiempo que a mis sentidos llegaba el olor del salitre, del pescado recién cogido y mis oídos se llenaban de voces, ruidos familiares y algarabía de la gente que se movía en Esauira.

Después de Semana Santa, llegaba San Juan, como marcaba la tradición nos íbamos a ta playa con el sancocho y la sandía y los refresco que enterrabas en la orilla de la playa para que se mantuvieran fresquitos.

Pasado San Juan, ya empezábamos a suspirar contando el tiempo para llegar a San Cines, te hacías buenos propósitos, buscar una hucha para ahorrar esas pesetillas que te daban por hacer un mandado o por alguna buena obra, que los mayores creían que debían de recompensar. Se blanqueaban las casas, si hacía falta se pintaban puertas y ventanas. Nuestras madres se afanaban en las ropas, zapatos, arreglos por aquí, arreglos por allá, estos zapatos no te sirven serán para tu hermano. Era época de reciclaje que se llamaría hoy, todo se aprovechaba, no olvidemos que las familias solían ser numerosas y tos medios escasos.

El gran auge que alcanzó la pesca en Arrecife hizo que llegaran a convivir diversas conserveras al mismo tiempo, como la de Lamberti, Lloret y Llinares, Garavilla, Ojeda y la pequeña industria de salazón de pescado.

La importante población de trabajadores del mar hizo que el Instituto Social de Marina construyera un grupo de casas que llamó Marqués de Valterra y que con grandes letras negras figuraba en el primer bloque de casas. Allí acudimos a visitar a una prima de mi madre a quien le habían concedido una de dichas casas, al llegar al baño nos mostró la cisterna con su cadenita para tirar de ella, en la demostración tiró una vez y otra vez y mira por donde, se quedó con la cadena en la mano, tenía cisterna, pero no cadena que la hiciera funcionar.

En fin… tengo que reconocer que recién acabada tas viviendas de Valterra, resultaban bonitas con su pequeño jardín que los vecinos se afanaban en adornar con plantas, con el tiempo esa uniformidad se fue perdiendo y algunos aprovecharon los jardines para ampliar la casa y esa estética que hacía bonito y agradable a la vista, la barriada, se fue perdiendo.

Alos8o9 años mi familia se trasladó a vivir al barrio de la Destila, comencé a estudiar en el colegio Generalísimo Franco, hoy llamado colegio de La Destila, en esa época frente al colegio todavía quedaban restos de tas salinas que allí habían existido y que se extendían por la plaza Simón Bolívar, Colegio tas Salinas y llegaban hasta la altura del antiguo cementerio.

Vienen a mi memoria los paseos que un grupo de niñas dábamos después de la misa de diez, caminábamos por las salinas abandonas hasta la hora de comer en que regresábamos a casa para disfrutar la comida de los domingos, que habitualmente solía estar hecha con carne. ¡¡Era Domingo!!

Por supuesto, nuestras conversaciones giraban en torno a las fiestas de San Cines. Por la tarde, acudíamos a la sesión de cine de Don Ramón, cura-párroco de Arrecife por aquella época. Había conseguido que le cedieran un antiguo cine, más conocido por Cine Barracón que llevaba cerrado muchos años. Proyectaba películas para los niños, eso sí, previo corte y censura de aquellas imágenes que consideraba no aptas para niños. La entrada te la daban al terminar la misa de diez, que era una misa para niños, donde a mitad más o menos, de dicha misa, solía contar historias que a mí particularmente a veces me producía miedo y me costaba conciliar el sueño. Al terminar la misa, nos poníamos en fila y se nos iba entregando una entrada para poder asistir a la sesión cinematográfica. El cine estaba en las últimas, echo de madera y techo de uralita, y una casita de albañilería que era la cabina desde donde se proyectaba la película, las butacas de madera estaban bastantes destartaladas y eran incomodas, pero aun así el lleno era absoluto y que felices éramos los chiquillos, cine gratis todos los domingos.

Fuera del cine se ponía Paco y Acuña con sus carritos de helados haciéndose la competencia uno a otro y lanzaba slogan como “niño, no compres helados a Paco porque sabe a tabaco” o “no compres helados a Acuña porque sabe a pezuña”. Genios autóctonos del marketing directo.

Que yo recuerde, era mi padre el que solía anunciarnos la llegada de “los cacharros” de San Cines. Era así como llamábamos a todas las maquinarias de las atracciones, tómbolas, ruletas, y todos aquellos pertrechos que los feriantes desplazaban para nuestras fiestas. Comenzaban las fiestas con la llegada de “Pepito Cañadulce” que con su tambor y megafonía acompañaba a la banda de músicos con los gigantes y cabezudos que los chiquillos llamábamos “papahuevos”, mientras estos pasacalles se celebraban iban tirando voladores, uno aquí, otro allá, te avisaban que los sangineles se habían puesto en marcha.

Se tardaba algunos días en el montaje de las atracciones del recinto ferial. Los chiquillos, en cuanto podíamos, nos acercábamos por allí para curiosear y ver las atracciones que habían llegado, refiriendo nuestro deseo de me quiero subir en esta o en la otra, y comentando si había alguna atracción nueva.

Por fin se abría el recinto ferial y a veces acudías acompañada de tus padres, que normalmente te llevaban a ver la exposición que solía montarse en las escuetas de la marina donde se exponían fotos, objetos relacionados con el mar e infinidad de cosas. Había que ir acompañado de mayores porque a los niños no les dejaban entrar solos.

Cuando ibas con tus padres, tenías la ventaja de que siempre terminabas en algunos de los numerosos ventorrillos que con hojas de palmeras se montaban en tas fiestas y acababas comiendo carne de cochino en adobo que desprendía un olor que despertaba el apetito al más inapetente.

Por la tarde, los chinijos acudíamos a la sesión de Chopito y Chaporro, teatro de marionetas que se ubicaba donde hoy está el quiosco de la música. Las historias que se representaban solían acabar con una hartada de palos al villano y donde tos niños llamábamos a grito a chopito para que socorriera al indefenso frente al malvado.

Infinidad de actividades se desarrollaban a lo largo de los días que duraban las fiestas, carreras de cinta con bicicleta, carrera de saco, de jolatero, etc..

Todo el pueblo salía a la calle a disfrutar de las fiestas. Venían de todos los pueblos y parientes que venían de otras islas. Se elegía reina de las fiestas. La noche de los fuegos artificiales llegaba a ser complicado caminar por el recinto ferial, tal era la expectación y la magia con la que tos niños debidamente acompañados de sus padres acudíamos a ver la explosión de colores y el olor a pólvora que despedía los sangineles.

A todas estas era San Ginés, el protagonista, al que no dejaban salir a la calle porque según decía el obispo consideraba incompatible tos bailes que se celebraban en las sociedades Casino, Democracia y Torrelavega con la salida del santo en procesión. Menos mal que muchos años más tarde esto se corrigió y por fin pudimos ver a San Cines en la calle.

No ha sido mí intención que este sea un pregón nostálgico, cualquier tiempo pasado no fue mejor ni peor. La sociedad evoluciona y en cada tiempo tas situaciones y vivencias que quedan grabadas en nuestra memoria son diferentes. Eso es lo que he querido relatar en mi pregón, vivencias y recuerdos de una niña hija de una modesta y numerosa familia, como había tantas en nuestra ciudad.

Muchísimas gracias.

 

¡VIVAN NUESTRAS FIESTAS DE SAN GINÉS!

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