Pregón de San Ginés 2019

 

POR  CARLOS MANRIQUE CABRERA

Señora alcaldesa de arrecife, señora concejal de Festejos, señoras y señores concejales de Arrecife, señora presidenta del Cabildo, dignísimas autoridades, amigas y amigos:

Muchas gracias por estar presentes en la lectura del Pregón de las Fiestas de San Ginés de 2019, con el que, de alguna manera, recordamos a mi hermano César en el centenario de su nacimiento.

Así me tomo que hayan pensado en mí para leer el pregón, como un tributo a la memoria de un ser humano extraordinario y un artista irrepetible, y estoy seguro de que lo mismo piensan mi hermana, mis hijos y mis sobrinos. Así que, en mi nombre y en el de todos ellos, muchas gracias por este honor.

Les adelanto que va ser un pregón cortito, por lo que no los distraeré mucho tiempo. Nací en 1925, hace casi un siglo, cuando Arrecife no llegaba a los 5.000 habitantes. Vine al mundo en nuestra casa familiar de la calle José Antonio —hoy Manolo Millares—, como mi hermana menor, Juana, pero César y Amparo, su gemela, lo hicieron en el Charco, en donde se encuentra el restaurante Casa Ginory.

Miren, la verdad, con 94 años a mis espaldas, comprenderán que hace tiempo que no estoy para muchos trotes por las Fiestas de San Ginés. Ya disfruté lo mío, no crean, ya que siempre me gustó mucho bailar y los bailes es lo que más recuerdo de las fiestas de mi juventud, en los años cuarenta del siglo pasado.

Con mi edad, se pueden hacer una idea de la cantidad de bailoteos y asaltos prolongados que me pasé en medio de la pista. Recuerdo que, en una ocasión, por San Ginés, llegué a bailar en la Democracia, el Casino y la Sociedad Torrelavega en una misma noche, y me acuerdo de ver bailar a García Escámez en el Casino, donde hoy se encuentra la Casa de la Cultura Agustín de la Hoz.

Eran unos bailes estupendos los que organizaban las tres sociedades de Arrecife, así que no paré mucho por los ventorrillos ni me detuve a jugar en la ruleta de la suerte, por decir algo. Y, siendo sincero, tampoco fui muy devoto de misas y procesiones para honrar al patrono de la ciudad, cuya figura se dijo que apareció, siendo yo un crío, en las “aguas sucias” del Charco y ya ven ahora en qué se ha convertido este espacio, nada menos que en el corazón y el alma de Arrecife gracias a la visión de César.

A veces me pregunto cómo sería Arrecife si le hubiésemos hecho un poco más de caso…

En los años de mis primeras piezas de baile, allá por el 42, César inauguraba su primera exposición individual en la antigua Casa Cabildo. Eran acuarelas, aguadas y dibujos a crayón, y ya veíamos que su camino no iba a ser otro que el del arte. De hecho, se fue a Tenerife a estudiar en la Escuela de Aparejadores, pero al acabar el primer año se plantó y se reafirmó en su vocación de pintor, decisión que no sentó nada bien en mi casa, ya que mi padre no estaba de acuerdo. Menos mal que César se mantuvo firme, por su propio bien y por el nuestro.

Del resto de las fiestas sólo conservo pocos y lejanos recuerdos, como las bandas tocando en el antiguo Quiosco de la Música, en donde después se construyó el parque viejo —otra vez César con Pepín Ramírez de alcalde—, los agradables paseos y las carreras de natación en el Muelle Chico. Mi hermano no participaba, que yo recuerde, aunque era un gran nadador.

Del verano sí me acuerdo de chiquillos estar metidos en el mar todo lo que podíamos, y de bañarnos en la playa del Carbón, delante del Castillo de San Gabriel, en donde había dos gabarras que transportaban a tierra el carbón desde el barco carbonero fondeado afuera.

Parrandero tampoco fui, aunque me gustaba escuchar a los tocadores y cantadores. Mi padre sí tocaba la guitarra, pero mis aficiones eran otras, como la fotografía y todavía hoy me encanta conducir. A veces creo que el anuncio de “¿te gusta conducir?” lo hicieron para mi, ése en el que se ve que alguien está al volante de un coche en medio de paisajes muy bonitos y sacando la mano por la ventanilla.

Mi padre Gumersindo murió joven, en mayo de 1947. Tenía yo 22 años y, animado por mi madre, Francisca, seguí con sus actividades como agente comercial en el ramo de la alimentación, cosa que hice toda mi vida profesional. Al principio continué con la representación de galletas Tamarán, que se vendían una barbaridad, y más adelante cogí otras más, la última una marca de farolas noruegas tan buenas que ni la maresía puede con ellas.

El año que murió mi padre, César realizaba varias pinturas murales en el antiguo Casino de Arrecife, en la que representa la arquitectura tradicional, paisaje, personajes, flora y fauna de la isla, con un estilo cubista. Es lo que hoy se llama Sala Manrique de la Casa de la Cultura Agustín de la Hoz.

Compaginé las representaciones comerciales trabajando en las oficinas de la fábrica de Conservas Ojeda y, cuando me jubilé, hice una casa que tengo en Famara lo que hoy es el restaurante El Risco, cuyo interiorismo es obra de César. Como muchos saben, en 1934 mi padre compró un solar en Caleta de Famara y construyó una casa junto al mar. Esta casa marcó mucho la vida de mi familia, pues en ella hemos vivido momentos inolvidables, y, además, la Caleta fue decisiva en la inspiración y en la obra artística de César, como él mismo dijo infinidad de veces.

De las fiestas de la última época poco puedo decir, ya que hace mucho tiempo que no voy. Los años, que tumban a uno… Sí creo que lo importante es que las fiestas se organicen al gusto de la mayoría y que cada uno encuentre su lugar en ellas.

Para ir terminando, quisiera compartir con ustedes que, pese a la diferencia de edad, mi hermano y yo nos llevábamos muy bien y nos comunicábamos mucho. Siempre fue muy cariñoso conmigo y compartimos habitación en casa durante años. Me hablaba continuamente de sus proyectos y cuando estaba en algo me decía: “¡No se te ocurra ir a verlo hasta que esté terminando y vengas conmigo!”. Como en el Mirador del Río, que es la obra suya que más me gusta por las vistas tan bonitas que tiene de la Graciosa y los Islotes, y por su arquitectura. También me encanta la escalera que arranca del interior del bar del Jardín de Cactus.

En el año del centenario del nacimiento de nuestro hermano, de tío César para sus sobrinos, del Manrique que cada uno lleva dentro, me parece de justicia pedir a las autoridades que cuiden y conserven su obra, y a todos nosotros que sigamos su ejemplo de compromiso con el arte, la cultura, el territorio y la vida. En esto, su Fundación es ejemplar.

En este año del centenario y en adelante, también espero del Gobierno de Canarias, del Cabildo y los ayuntamientos que no abandonen el camino del diálogo y de estrecha cooperación que acaban de emprender con la Fundación César Manrique, porque, con sinceridad, es la única manera que hay de respetar su memoria y su legado, y de afrontar con éxito nuestro futuro en común.

¡Viva San Ginés!
¡Disfruten de las Fiestas!

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