Pregón de San Ginés 2022

Por la Agrupación Folclórica «Los Campesinos»

Del campo al puerto

Soy lanzaroteño.

Soy campesino y también soy de la mar. Es difícil no ser campurrio y mareante cuando estás rodeado de mar. Sobre todo, en esta isla nuestra, que está cincelada por el malpaís y el siroco. Duras son las jornadas que tengo que vencer, aún hoy en día, aunque mis abuelos lo tuvieron peor. La historia de Lanzarote es la semblanza de la miseria secular, siempre presente en cada surco de nuestros arenados y en cada charco de nuestra costa. Gofio, pejines, el sustento diario; cherne y cabrito, los manjares para las grandes ocasiones.

Y la sed. La sed siempre estuvo, bordeando el misterio mineral de las tegalas, en una tierra de aljibes, maretas y humedad salobre.

Ahora es más fácil. No hay falta de agua. No nos habita la necesidad. Pero la tierra sigue siendo celosa de sus frutos y hay que mimarla, seducirla, comprenderla y respetarla para que nos siga brindando unos dones que no son regalo, sino trueque: tú me cuidas, yo te alimento.

Soy lanciloteño, si evocamos a don Agustín de la Hoz.

Somos Los Campesinos. No todos nos dedicamos al campo. Pero sí nos impulsa a cada uno la tarea de evocar el respeto a nuestra isla a través de sus labriegos, herederos de Zonzamas, Ico y Guadarfía. Aquellos que poblaron el jable y aprendieron que el amor era una brizna de verde asomando por el rofe. Aquellos que sintieron que el peso de ser era su pena, pero que supieron, al mismo tiempo, abrazarse a la esperanza y seguir adelante. Ellos dibujaron, con sensible vehemencia, cejas de basalto en las cenizas, para que miles de ojos verdes miraran al cielo y ofrecieran al isleño sus lágrimas de malvasía. Destilando su historia, el labrador de mi isla mira al suelo, pero saluda al sol con un ademán hospitalario, cargado de una antigua y solemne trascendencia. Y en la desnudez del viento, los ecos de un mar risueño y el susurro de la aulaga se aparean con el canto campesino, plagado de cenizas y futuro.

En los sangineles, los campesinos siempre hemos venido al Puerto. La fiesta es de toda la isla, es nuestra fiesta mayor, la de la capital, de la que todos somos —de alguna manera— hijos.

Nos han pedido que pregonemos esta fiesta. Y nos sentimos honrados de intentarlo.

La historia da a los pregoneros una función variable. Empezaron con los praecones romanos, para hacer público lo que la población necesitaba saber de sus autoridades. En España se conservan en el marco de las fiestas, como arranque de estas, como acto artístico que preludia el alborozo popular y acompañan a la fe religiosa que ampara el festejo.

Pero también fue pregonero el que cantaba su mercancía, vendiendo por las calles aquello que podía ofrecer como representante de su oficio: el panadero, el pescadero, el frutero, la lechera… En Canarias nos quedó algún vestigio en los vendedores ambulantes, en las casetas de feria de las fiestas o en el sonsonete de la flauta de los afiladores. Pero en el resto de España y en otros países pervive como una herencia popular.

Los elementos que los constituyen son, en realidad, musicales: el timbre, la duración, la intensidad de la voz y la entonación, los recursos como el glissando, etc. El escritor Marcel Proust se asombraba de contemplar estos pregones en París y dijo que le recordaban «la salmodia de un sacerdote».

En América, el pregón pervive como un género de literatura oral y canto expresivo que forma parte del folklore de sus países.

En México, por ejemplo, resuenan los ecos de las lecheras que entonan:

Leche purita, leche sabrosa, de la borrosa vaquita.
¡Jazmín y rosa! leche purita de chocolate,
Bate que bate pura espumita.

En Cuba, el pregón se usa como canción, evocando a los vendedores ambulantes. El propio Nicolás Guillén alababa la habilidad de los pregoneros, llegando a decir que «es un arte que no todo el mundo puede dominar».

Todos recordamos alguna estrofa que nos viene a la memoria, como la de los maniseros, que aún venden sus cucuruchos de maní por las esquinas de La Habana:

Si te quieres por el pico divertir
cómprate un cucuruchito de maní.

En definitiva, el pregón —en el sentido de género musical— es la palabra como origen del ritmo, el griterío como sugerencia de la melodía, la necesidad ligada a una forma de expresión publicitaria básica y emotiva.

Es lo que podríamos llamar «marketing folklórico». Y también nuestros sangineles contaban y cuentan con algunos de estos peculiares pregones, que se nos antojan en ocasiones peregrinos y sin sentido, pero que cuelgan imperturbables en la memoria colectiva como parte del patrimonio emocional de la fiesta. La chochona, el perrito piloto, las chucherías de los carritos, los algodones de azúcar… No todos y no siempre, pero alguna vez esos vendedores de ilusión nos brindaron su pregón de venta.

Los Campesinos pregonamos habitualmente el sentimiento del labrador. Por ello, les ofrecemos nuestra pequeña muestra de pregón musical a través de un sorondongo.

¿Y qué hay del sentido marinero de nuestro «Puerto del Arrecife»? ¿Acaso solo un recuerdo? El mar acabó cansado de llevarse tanta miseria. Por sus caminos transitaron los tributos de sangre y por ahí partieron los que protagonizaron pequeñas y grandes gestas, que el reflejo deslumbrante de nuestra aparente opulencia ya no nos permite recordar.

Pero no solo se llevó cosas la mar. También por su piel nos vino el aliento forastero que repartió nueva sangre, rompió el silencio de las piedras y sembró de notas marineras los cantos lanzaroteños.

Arrecife: fortificado refugio, puerto y puerta. Salinas, castillos centenarios y vigías de la memoria como mojones de espuma en el litoral de tu contorno.

Arrecife: puente de nuestras párvulas correrías veraniegas, chapuzones de cabeza en los despreocupados sueños de la infancia. Nuestro punto de partida. Nuestra casa. Y al amparo del patrono San Ginés, el Charco, donde duermen jolateros y falúas; prodigio de remansos y espejo de los luceros.

Por La Pescadería y el Reducto resuena el chapoteo de los barquillos, que anuncian la fiesta del patrono en sus maderas y, presidiendo su quilla, lanza al viento el discurso de los besos. La sal de los recuerdos lleva ecos de relingas y velajes, de regatas y parrandas en ventorrillos escorados a sotavento.

San Ginés de Clermont fue un obispo francés nacido en el 603 y del que no se conocen demasiados datos biográficos. La primera ermita arrecifeña en su honor se erigió en 1574, donde se veneraba una imagen de San Pedro y un cuadro de San Ginés que, según la tradición, había aparecido flotando en el Charco al que dio nombre.

Cuentan los historiadores que las fiestas de San Ginés ya se celebraban desde el siglo XVII. Su templo ha sufrido varias destrucciones y reedificaciones. Pero aquí sigue, como símbolo indiscutible de la ciudad. Entre los vaivenes de las labores de los marineros y gentes de aquí y allá que cruzaban la mar, la parroquia fue siempre el punto de unión de sus épocas, sus luces y sombras.

Algunos anuncios antiguos hablan del esplendor de las celebraciones en el siglo XIX, con animados bailes de la orquesta Unión Musical y de diversas estudiantinas, regatas de barquillos, cucañas y elevación de un globo aerostático.

En un programa de 1895, publicado en Santa Cruz de Tenerife en la Imprenta de A. J. Ramírez, se relata la presencia de una «Danza de Pandorga y enanos. Juego de la ‘Sartén’ y títeres en el kiosko, en el cual estará́ situada la banda de música amenizando el acto con sus tocatas. Terminará este con la corrida del ‘Pavo’». No deja de llamar la atención la alusión a la danza de enanos, que es un conocido número exclusivo de la Bajada de la Virgen de las Nieves de La Palma. Es conocido que, en esos años, el empresario Benigno Ramos realizó una gira por varias islas con la Danza de Enanos palmeros. Aunque no se especifica, ni tenemos noticias certeras de ello, es posible que también recalaran estos enanos en Lanzarote y que la Pandorga a la que hacen referencia se trasladara, en la misma ocasión, desde la capital palmera. Lo cierto es que la tradición oral de los habitantes de Arrecife no guarda memoria de la celebración de la Pandorga como acto festivo que perdurara en el tiempo, aunque habría que ahondar más en esta crónica y saber si se repitió otros años.

Por otra parte, en el siglo XX, sobre todo con el desarrollo de Arrecife como capital, es cuando la fiesta cobra su máxima expresión. Punto de encuentro de todos los lanzaroteños, se ensalzan tanto los valores campesinos como los marineros. A finales de la década de los 60, la fiesta cuenta con un paseo romero, con numerosos camellos. Los ventorrillos, las parrandas, la comida, las regatas, los encuentros en el bar Teide, la ropa de estreno, los guiñoles de Chopito y Chaporro… y, cómo no, los cochitos, que eran la atracción más esperada por los chinijos de toda la isla.

Llegados los tiempos de libertad, la fiesta se renueva y se llena de las «modernidades» propias de finales de último cuarto de siglo XX. La música alternativa, los espectáculos de elección de la reina, los artistas nacionales e internacionales se dan cita en el marco de una celebración que llega a convertirse en una de las más importantes de Canarias. Y en ese marco, durante treinta y tres años se ha celebrado un encuentro de música popular que hemos trabajado con mimo, en el deseo de aportar el poso de la tradición, en una fiesta que siempre se nutrió de ella.

Es un orgullo para nosotros ser artífices del Festival Campesino, que empezó en 1990 y sigue siendo uno de los números obligados en la programación de las Fiestas de San Ginés durante más de tres décadas. Cada año convoca la música tradicional, como puente de culturas, alma de la sangre de los pueblos; sentimiento hecho notas en honor a San Ginés.

Tenemos raíz de volcanes, biografía de alisios y un futuro cargado de ilusiones. Nos gusta la parranda, juntarnos con los demás, compartir el vino, el insomnio de los verodes y la algazara de la noche. Pero también nos refugiamos en la soledad de una magua. Nos gusta la mar, más que el mar, porque la mar es madre preñada y sus olas los senos que alimentan la mirada de todos. Somos del mi niño, échese un vaso vino y te doy una gentina. Pero también de los versos marinos de Tomás Morales, el pincel descarado de Manolo Millares, la espiral de Chirino o la utopía basáltica de Manrique.

Somos fiesta. Seamos fiesta. Una pandemia nos robó dos años de abrazos y jarana. Pero que eso no nos detenga. El Santo aguarda y las añoranzas fermentaron y maduraron en el odre de la espera. Si la existencia se agotara en el trabajo o las calamidades, la historia nunca nos habría dado la música, la poesía, la risa y la sal de los encuentros. El pasado nos convoca y el futuro nos obliga a reinventar la entrega, pues tradición viene de tradere, entrega, y en cada convocatoria del acervo, el rito se hace y se renace, porque eso lo mantiene vivo.

Grandes y chicos, viejos y chinijos, gordos y flacos, guapos y feos, todas, todos, gente de otros países, paisanaje de cualquier lengua y credo, ¡vengan a la fiesta!

San Ginés nos llama a celebrar la vida en este puerto, que se soñó en un bajío del Atlántico y se cinceló entre mareantes y campesinos.

¡Viva Arrecife! ¡Viva Lanzarote! ¡Viva San Ginés!

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