Pregón de San Ginés 1997

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POR    NICOLÁS DE PÁIZ  PEREYRA    

Nicolás de Paiz Pereyra

Señor alcalde, dignísimas autoridades, señoras y señores:

Permítanme que comience la lectura de este Pregón agradeciendo al Sr. Alcalde y al Sr. Concejal de Educación y Cultura del Ayuntamiento de Arrecife que se hayan acordado de mi modesta persona para acto tan trascendente, como ser pregonero de la fiesta grande de la ciudad que me vio nacer.

Ser pregonero significa que tengo que hacer el esfuerzo de trasladarles «algo que conviene que todos sepan», «hacer notorio lo que se quiere hacer saber a todos».

Hace unos años leí el Pregón de las Fiestas de los Dolores, siendo un gran honor por cuanto se trataba de la Patrona de Lanzarote.

No es menor el honor que supone para mí encontrarme aquí hoy, en el pórtico de las Fiestas de San Ginés de 1997, ya que está a punto de cumplirse el Bicentenario de la constitución de la municipalidad. Este acontecimiento nos va a permitir entrar en contacto con la historia de la ciudad, pero, también con la memoria colectiva edificada desde los hechos cotidianos, desde las pequeñas vivencias de muchos ciudadanos anónimos, personas que no rotulan nombres de calles en esta ciudad.

Quiero hablar desde las vivencias de un porteño que posee memoria.

Pero no quiero hacerlo desde la percepción que todo pregonero tiene por un instante, que es algo así como sentirse alcalde durante unos minutos. Ya lo fue mi tatarabuelo, también llamado Nicolás, según constata Álvarez Rixo, aunque parece que con uno no ha sido suficiente, pues también los fueron mi abuelo y mi padre. Curiosamente, mi tatarabuelo fue la primera persona bautizada en la Parroquia de San Ginés.

Es lo vivido por mí en Arrecife durante algo más de medio siglo lo que se hace presente en estos momentos.

Mis recuerdos conforman la inquietud que me embarga en torno al hoy y el mañana de esta ciudad, lo que no impide que brote en mi interior la esperanza y el optimismo.

Muchos son los recuerdos que se agolpan en la memoria de este pregonero. Unos tristes y otros gratos y agradables, felices.

Los malos ratos, los malos recuerdos se olvidan pronto, gracias a Dios, mientras que los buenos permanecen; pero otro tanto de unos como de otros hemos de extraer enseñanzas porque forman parte de nuestra pequeña y personal historia. Del pasado hemos de aprender para estar mejor en el momento presente, procurando que no nos ate, que no nos esclavice la nostalgia o la falsa idea de que cualquier tiempo pretérito fue mejor. De él hemos de aprender, sobre todo, a despegarnos, lo que sólo se conociéndolo y comprendiéndolo.

Aquella ciudad marcó las vidas de quienes hoy tenemos cierta edad.

Era aquel un Arrecife sin agua, dependiente de los aljibes de la Armada, del Condencister y de los correíllos que socorrían y paliaban la sed no sólo de los porteños, sino de todos los habitantes de la Isla. Me viene al pensamiento el pilar situado en la boca del Muelle Chico, que abastecía agua un poco salobre de Famara.

Un Arrecife a merced del motor de la luz que, a las 12 de la noche se quedaba a oscuras después de hacer dos amagos de tensión. Uno a las 11.30 y otro a las menos cuarto, cuales si se tratasen de los avisos de los timbres de un teatro. A esa hora quedaba la ciudad en penumbra, alumbrada únicamente por los faroles de la pescadería del Muelle Chico y Puerto Naos.

Todo tenía dimensión humana. Al atardecer, don José Duarte, el guardia, mandaba a casa a la chiquillería que nos encontrábamos en los alrededores del Teide, para tranquilidad de nuestras madres. Y no eran precisamente los riesgos del tráfico lo que preocupaba a nuestros padres, porque en aquel entonces eran muy pocos los automóviles que circulaban por las calles y se conocían hasta a sus propietarios. ¿Se acuerda alguien de Los Gildez, la línea de transporte interinsular de viajeros, en las que los chóferes hacían los mandados en el Puerto que les pedían las personas de los pueblos del interior?

Hacía Arrecife causa común con las adversidades. Repicaban las campanas cuando se producía algún desgraciado acontecimiento, como una muerte o un incendio, avisando de que algo estaba sucediendo y convocándonos para intentar ayudar al necesitado con un espíritu solidario tejido en una comunidad pequeña y cercana, en la que no nos éramos indiferentes y nos uníamos como una piña ante las desgracias ajenas.

Era Arrecife respetuosa. Cuando se producía alguna muerte y la comitiva se encaminaba por la Calle José Antonio rumbo al desaparecido camposanto, cerraban bares y comercios en señal de respeto ante el paso del cortejo.

Pero habitaba en el Puerto otro espíritu, que brincaba de alegría en los grandes acontecimientos festivos: San Ginés, Navidades y Carnavales, la celebración enmascarada, como no podía ser de otra manera, bajo el nombre de fiestas de invierno, sin olvidar San Pedro o las que organizaba el Lanzarote en la Calle Cienfuegos o el Torrelavega en la Calle Triana.

Era el momento del estreno. Los zapatos nuevos, que apretaban como condenados y las ropas elaboradas por los pocos sastres que había en Arrecife o por las propias madres y que la mayoría de las veces no eran más que arreglos y adaptaciones de trajes de nuestros padres o hermanos mayores.

Y aquel Sr. que caminaba por la ciudad sin que nadie supiera quien era con un billete de 500 ptas.

El Ayuntamiento le facilitaba y que estaba obligado a entregar a aquel ciudadano que le preguntara ¿tiene Ud. el billete del Ayuntamiento? Menudas fiestas el que acertara.

Y luego, de paseo para escuchar las parrandas en los ventorrillos y olor a carne de cochino impregnando el aire hasta culminar en el amanecer.

Recuerdo las luchadas de San Ginés en la Recova con la participación de unos puntales irrepetibles: Palmero, Garampín, Abel Cárdenes, los Pollos de Arrecife y Tías y tantos otros; las regatas de lanchones y los bares: El Parral, La Esquina Te Espero, El Manco, El Refugio, El Quitapenas en Puerto Naos… y el Quiosco de la Música y los cafés cantantes: Teide, Janubio, Alicantinos… y Arturo y la mona, el circo Toti, el Trío los Huaracheros, Solita Ojeda y Juanita Hernández, Pepe Pérez y Pepita Sarmiento, Marisa Artiles, Pepito «Cañadulce» y la guagua de Los Cuarteles aparcada en La Plazuela… y tantos recuerdos cuya enumeración sería interminable.

Desde el 25 de junio de 1798, fecha en la que el Obispo don Manuel Verdugo crea la Parroquia de San Ginés y siendo su primer párroco don Francisco Acosta Espinosa, vienen a mi mente el nombre de los que yo conocí: don Lorenzo Aquiar, don Ramón Falcón, don Agustín Álamo, don Juan Ayala, don José Alemán, don Miguel Lantigua y el actual, don Agustín Monroy quienes, unos acertadamente y otros no tanto, fueron transformando el templo que acoge el Patrono de Arrecife, hasta configurar la fisonomía que hoy presenta.

Por San Ginés, además del ambiente festivo, tenían lugar las manifestaciones religiosas. A las procesiones asistían gran cantidad de fieles, aunque las Fiestas estuvieron rodeadas de cierta polémica, pues si se celebraban bailes no había procesión, llegando a establecerse entre las autoridades civiles y eclesiásticas un entente que algunas veces se vio roto.

Pasó la Iglesia de San Ginés por muchas vicisitudes. Quizá la más grave fue el derrumbe de la techumbre que originó la clausura del templo durante varios años, entre 1986 y 1989, procediéndose a su restauración con dinero recabado de aportaciones populares, del Gobierno de Canarias y, sobre todo, del Cabildo de Lanzarote, tareas que viví directamente dada la responsabilidad pública que en aquel entonces ostentaba.

Así se fue escribiendo la pequeña historia de nuestra ciudad, la letra menuda.

La niñez se queda grabada en nuestro trayecto. Es lógico que surjan la añoranza y la nostalgia que presi¬dían en un período de nuestras existencias que vivimos con feliz e inocente intensidad. Siempre junto al mar, de cara al mar.

Algunos barcos que permanecen unidos a la historia del Puerto eran los que hacían el cabotaje entre las Islas: el Bartolo, el Rápido, la Astelena, el Capitán Pirez y, después, Rosita So-ler, Lanestosa y tantos otros.

Los de mi generación disfrutamos del Arrecife marinero, el de los barcos de vela, famosos unos por su navegar, otros por su fortaleza y otros por pescadores. Eran los años de la pesca chica y la pesca grande, de la corvina y de las fábricas de salazones, como las Nieves, antes de que se impusiera la conserva.

Por aquel entonces el sabor marinero y porteño regía en la ciudad. Una enorme actividad giraba en torno al Puerto y las pesquerías. Hombres curtidos por el salitre del mar siempre pendientes, como los demás, de los avatares que el mar deparaba.

El Tiburcio, el San José, la Azaña, el Volador, el Faustino, la Carlota… Tantos barcos que, por Navidad o por el Carmen, vimos repiquetear a la entrada de Arrecife para poner rumbo a la bocana de Naos en fusca del fondeo, limpiar fondos, carenar y volver a partir hacia la Costa.

Más tarde llegó el hielo y la fábrica que se instaló en la playa del Carbón, en la explanada situada frente al Castillo de San Gabriel. Y después los motopesqueros, la Motora, el Marino 7, el Ángel Domingo… Los avances náuticos y las nuevas tecnologías trajeron consigo las fábricas de transformación de pescado: Lloret y Llinares, Afersa y Ojeda.

Todo giraba en torno al mar. De madrugada, los bares sintonizaban la frecuencia de la Costera por la que, cada mañana, las diferentes embarcaciones emitían sus partes de capturas cifrados, empleando nombres de ciudades, claves que sólo eran comprendidas por los armadores.

Arrecife da un paso de gigante cuando los hermanos Díaz Rijo instalan una planta desaladora de agua de mar, lo que significó el principio del fin de nuestra sed secular. Resuelta la carencia del agua, la Isla estaba preparada para avanzar por la senda del turismo, cuya importancia y transcendencia había sido vaticinada. El Arrecife Gran Hotel y el Lancelot se unieron al Miramar y al Parador de Turismo, que ya existían, y aquellos nuevos establecimientos hoteleros nos hacen mirar seriamente hacia los turistas.

Recuerdo “Antena”, el periódico familiar creado y dirigido por Guillermo Topham y que, cada martes, aguardábamos ansiosos para devorar sus páginas, desde la primera hasta la última línea. Me viene a la memoria aquellas inteligentes y pacíficas polémicas entre Casiano y Ego Sum que retrataban y ahondaban en el acontecer diario; las peleas de gallos entre el norte y el sur – el Cotorro y el Molinillo, el Isabelita, el Noriega y tantos otros -; los ecos de sociedad que nos informaban de los hechos cotidianos, como quien se iba de viaje los martes en el correíllo de las 12 del mediodía o el viernes a las 10 de la noche; los natalicios; los destinos; o los resultados de los partidos de fútbol entre el Arrecife, Puntilla, el Juventud, el Torrelavega y el Lanzarote.

En cambio, afortunadamente, hoy contamos con numerosos medios de comunicación que reflejan el triunfo de la bendita libertad de expresión. Tantos como para elegir aquel que nos presente una realidad que concuerde con nuestras ideas, casi una distinta por cada uno de ellos. No creo que haya muchos lugares en el planeta que cuenten con tantos medios informativos por kilómetro cuadrado y número de habitantes. Nos forman y nos informan, pero también nos deseducan y nos desinforman. Creo que los medios de comunicación, ahora que estamos en su era, tienen una importante función social que cumplir y que, con demasiada frecuencia, no se tiene todo lo en cuenta que se debiera.

El cambio del sistema económico produjo trascendentales cambios en la ciudad y en la personalidad de los porteños.

Lo demás es sabido por las nuevas generaciones. Del camello pasamos al mercedes casi en un abrir y cerrar de ojos. Es verdad que el cambio fue bueno, porque permitió que muchas familias salieran de las duras condiciones de vida que padecían. Pero soy de la opinión de que es mejor que los cambios económicos tengan lugar pausadamente, sin que se descontrolen, porque puedan dar lugar a la aparición de muchas consecuencias que no deseamos, como de hecho ha sucedido.

Arrecife la percibo desde el optimismo y la esperanza. Creo que la ciudad es mejorable y que tiene la capacidad que se necesita para progresar, un potencial que se encuentra en cada uno de los ciudadanos. No voy a detenerme en las carencias, pues no es éste un momento adecuado. No se trata de intentar recuperar un ayer que nunca regresará. No se trata de eso.

Nuestro reto como ciudadanos responsables siempre es el mismo: contribuir al avance por la ruta del progreso y el bienestar, procurando que aumente la calidad de vida de nuestra gente, alejando la pobreza material y espiritual, y en donde la educación y la cultura juegan un papel central.

Hemos de dotarnos de instrumentos que nos permitan discernir, comparar, reflexionar y participar en la construcción diaria de nuestro presente, adelantándonos siempre al futuro.

Debemos recordar que en el pasado hemos perdido con frecuencia el control de las situaciones, que se nos han ido de las manos, lo cual ha tenido nefastas consecuencias para la configuración urbana y humana de la ciudad. Debemos aprender también de esas experiencias para corregirlas y evitar que vuelvan a darse situaciones como las que se han vivido en el ayer.

Hay algunas cosas que todos sabemos: que Arrecife debe mirar al mar, que siempre ha sido una ciudad abierta y debe seguir siéndolo, que el Puerto fue y es una puerta que nos comunica con el mundo, que debemos movilizarnos para alejar la percepción de que Arrecife es la cenicienta de Lanzarote.

Seguramente no será posible que cada familia atienda su trozo de calle, barriéndola y adecentándola, ni volver a dejar abiertas las puertas y las ventanas de las casas, ni reconocernos familiarmente en un territorio casi íntimo. Habrá que ser imaginativos para conseguir, entre todos, que renazca el cariño de los ciudadanos por Arrecife, pues sólo se cuida y se mima lo que se quiere.

Ello ha de hacerse desde la generosidad y el entendimiento, sellando un acuerdo que nos permita a todos, instituciones y vecinos, trabajar en la misma dirección, con independencia de quién tenga el honor de ostentar la alcaldía. No hay otra manera de hacerlo. Pero hemos de cuidarnos de los peligros que acechan dentro de cada uno de nosotros: el ego o la vanidad distraen a menudo y hace que corramos el riesgo de anteponer el “yo” frente al “nosotros” en el terreno de los asuntos comunes.

Estoy convencido de que es preciso configurar los perfiles básicos del tipo de ciudad que, día a día, lo queramos o no, se está construyendo. Arrecife es como un ser vivo y se hace necesario domesticarlo, educarlo mejor. Eso sólo es posible desde la acción institucional con la ayuda de los ciudadanos; sólo es un proceso en el que los ciudadanos son una pieza fundamental, porque son los que habitan y conforman la ciudad. La constancia, la tenacidad y no dejarse dominar por el desaliento son cruciales para evitar que se imponga el desánimo, y lo digo desde mi experiencia pública y privada.

Creo que Arrecife es posible, pero no veo otra manera de edificarlo que un gran acuerdo político en primera instancia que involucre a todos los habitantes de Arrecife.

La conmemoración del Bicentenario de la constitución de la municipalidades una excelente ocasión para ello, un punto de arranque hacia una ciudad más habitable, más digna y mejor planificada; un punto de partida hacia un Arrecife del que podamos sentirnos orgullosos y en el que podamos reconocernos como parte más de él.

Felices Fiestas y muchas gracias.

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